La marca ciudad y país no deben quedar sujetas a un impulso de liderazgo político, desde una perspectiva económico política y cultural, si pensamos en el desarrollo turístico, artístico y comercial en este contexto y momento de las relaciones exteriores en la región.
Que no deba, como declaración de principios, supone pensar en que no es lógico un determinismo ni un punto de partida o limitante en la gestión territorial de una marca ciudad, por ejemplo, si pensamos en el nivel municipal y lo propio que pueda ofrecer en materia productiva, cultural y turística.
Lo mismo se aplicaría a una marca de provincia o regional, en donde también la política puede acompañar pero no determinar. Y en el nivel federal, la marca país, tendría el mismo correlato si se piensa estratégicamente y a largo plazo en donde se priorice el interés concreto y real conforme las dimensiones más importantes de la producción del territorio o región dentro del mismo.
De ser esto así, la imagen de marca ciudad o país generada en una instancia solapada, con interdependiente, o integrada entre espacios territoriales debe tener un sostén que, paradójicamente, pueda ser comunicada sin ser impulsada desde arriba hacia abajo sino desde el punto mismo de la creación económico-cultural: una persona, una organización, un hecho o evento, lo cotidiano en cada ciudad.
Podríamos pensar en el soft power, en el realismo periférico, o constructivismo, como reflectores y marcos interpretativos para esta perspectiva. O quizás, desafiarnos a pensar en un mix: una suerte de realismo cultural para el constructivismo de una marca ciudad o país sin que se circunscriba a liderazgos temporales.
Por esto, esperar que un liderazgo político cree las condiciones para la creación, sostén, ajuste y nuevo lanzamiento de una marca ciudad o país es no haber entendido hasta aquí que las únicas causas reales de la emergencia de marcas con valor están dadas en la diversidad y particularidad de cada cohesión: ciudadana, territorial, tradición o innovación local.
Es desde abajo hacia arriba, o entre pares, con el mismo sentido de pertenencia y un acompañamiento de organizaciones privadas, sin fines de lucro, y finalmente estatal, lo que pueda dar lugar a una verdadera marca real de identidad de ciudad o país.
En la dimensión diaria, cotidiana, lo que se sostiene como hábito, como innovación, como el acto en particular de la vida social es lo que da lugar al reconocimiento de valor intangible de cada ciudad que puede ser de alto valor al punto que trascienda las fronteras y que lo haga en un momento particular o sea atemporal.
Por esto, debemos pensar realmente que cada vez que se anuncia la creación o generación de una marca ciudad o país desde el Estado, estamos empezando por el final y no el inicio. Y quizás, no debamos siquiera iniciarla para no perder recursos que son parte de los impuestos que conforman el erario público.
A donde debemos apuntar si, es correlacionar, cohesionar, desde la sociedad civil aquellos hitos y momentos que nos den identidad cultural y que naturalmente emergen desde el orden espontáneo que va desde la tradición a la innovación y viceversa.
La marca ciudad o país nace en la vitalidad ciudadana, las relaciones memorables entre ciudadanos de diversas localidades y países y no en una consultora como diseño publicitario y de mercadeo que crea pero no sostendrá o activará realmente en el largo plazo dimensiones de la cultura social. Esto, nuevamente reitero, sería una última instancia operativa de soporte, sólo eso.
Cuando nació la identidad de marca de una ciudad o país que tiene valor propio no determinado por la política con un realismo en el desarrollo social, económico y cultural puede que en verdad nos estemos dando cuenta de ello mucho tiempo después (décadas) de la gestación.
Recontextualizando: necesitamos pensar y animarnos a dar espacio al realismo cultural que surge sin direccionamiento en cada contexto que da identidad a una marca, ciudad o país. Sólo después, podrá darse sostén a la identidad de la marca desde instancias estatales y los liderazgos políticos serán parte eventual de la misma sin que su suerte sea atada a la misma para que no los afecte negativamente.
La marca debe trascender y estar alineada a las culturas económicas y artes de las ciudades o el país.
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Javier A. Cubillas
Analista de Asuntos Públicos