BRUSELAS/FLORENCIA – En medio de la escalada de tensiones geopolíticas, el mundo se encuentra cada vez más atrapado entre Estados Unidos —una superpotencia extractiva— y China, una "superpotencia de la dependencia" cuya influencia global se basa en hacer que otros países dependan de sus exportaciones. Ante la falta de una resistencia significativa, es probable que ambos sigan su curso, obligando a las potencias medias a cumplir sus exigencias o enfrentarse a represalias.
Pero, como argumentó el primer ministro canadiense, Mark Carney, en su emblemático discurso en la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos el pasado enero, este desenlace no es inevitable, especialmente si las potencias medias se unen. En un "mundo de rivalidad entre grandes potencias", señaló, "los países intermedios tienen una opción: competir entre sí por el favor de los grandes o combinarse para crear un tercer camino con impacto".
La cuestión es cómo construir este tercer camino. Hacerlo requerirá identificar áreas concretas de cooperación entre las potencias medias, construir alianzas capaces de ofrecer resultados y acordar cambios institucionales y políticos —particularmente dentro de la Unión Europea— que hagan más efectiva la acción colectiva.
Destacan cinco prioridades clave, algunas de las cuales Carney subrayó en su discurso. Primero, las potencias medias deben desarrollar una nueva red de acuerdos de libre comercio, como el que acaba de alcanzarse entre la UE e India. Los vínculos políticos y económicos podrían reforzarse ampliando los acuerdos existentes, profundizando la cooperación entre grandes bloques comerciales —especialmente la UE y el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico— y estableciendo asociaciones estratégicas integrales como la que existe entre la UE y Canadá.
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Segundo, la diversificación de las cadenas de suministro debe ser una prioridad absoluta. A medida que EE. UU. recurre al proteccionismo para relocalizar la producción (reshoring) y redirigir los flujos de inversión lejos de sus aliados, las potencias medias tienen un interés compartido en construir cadenas de suministro más autónomas, incluso en sectores actualmente dominados por EE. UU. y China, como la infraestructura digital y la IA. Con el tiempo, estas cadenas de suministro deberían depender cada vez más de la demanda interna, reduciendo la dependencia de los insumos chinos y de los mercados estadounidenses.
Tercero, la reconstrucción del orden multilateral debería comenzar con la reforma de la Organización Mundial del Comercio. Ante la próxima conferencia ministerial de la OMC en Camerún, los estados miembros de la UE —en coordinación con otras potencias medias— deberían convocar una conferencia internacional destinada a configurar una agenda post-Estados Unidos y presentar una propuesta compartida para garantizar un comercio libre y justo.
Cuarto, la legitimidad de cualquier coalición de potencias medias depende de su capacidad para apoyar a las economías más vulnerables del mundo. La UE debería liderar los esfuerzos internacionales para cerrar la brecha de financiación de 60.000 millones de dólares creada por el desmantelamiento de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) bajo el presidente Donald Trump. Team Europe —una iniciativa de ayuda humanitaria y al desarrollo que agrupa a las instituciones de la UE y a los estados miembros— podría comenzar reasignando una parte de su presupuesto de aproximadamente 90.000 millones de euros (107.000 millones de dólares), mientras insta a países como Canadá, Japón y Australia a hacer lo propio.
Por último, la agenda climática global debe ser revitalizada. Con la administración Trump negando abiertamente el cambio climático y librando una campaña contra la energía limpia, las potencias medias tienen la responsabilidad de liderar la transición verde.
Dado que una alianza de potencias medias buscaría restringir a EE. UU. y China en lugar de confrontarlos directamente, podría mantenerse flexible y adoptar un enfoque pragmático de "geometría variable". Como dijo Carney, tal disposición se basaría en "diferentes coaliciones para diferentes temas, basadas en valores e intereses comunes". En consecuencia, el grupo de potencias medias que aborde las presiones geopolíticas no tendría por qué ser idéntico al enfocado en diversificar y fortalecer las cadenas de suministro.
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Esa flexibilidad, sin embargo, no puede darse a expensas de la coherencia y la solidaridad, especialmente cuando un miembro es injustamente atacado por una superpotencia. Cuando la administración Trump castigó a Brasil con aranceles del 50% en respuesta al juicio del expresidente Jair Bolsonaro por su intento de golpe de Estado en 2023, la mayoría de los aliados de EE. UU. guardaron silencio, lo que subraya la necesidad de unidad como defensa contra la coacción económica flagrante.
Una alianza unida de potencias medias tendría un apalancamiento considerable, ya que sus miembros ejercerían individualmente una influencia desproporcionada en dominios específicos. La UE, por ejemplo, es una potencia económica; India y Japón son la cuarta y quinta economías del mundo, respectivamente; Canadá es una superpotencia energética; Brasil y Australia tienen vastos recursos naturales; y el Reino Unido sigue siendo un centro financiero de primer orden. Por sí solos, estos países tienen un peso muy inferior a su potencial colectivo; juntos, podrían rivalizar con la influencia de EE. UU. y China.
Pero para ser eficaces en una futura alianza y abordar la "ruptura" en el orden internacional liberal destacada por Carney, las potencias medias deben reconsiderar su "modelo de negocio".
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La UE, como hemos argumentado anteriormente, sigue siendo una superpotencia "incompleta". Su historia, naturaleza y arquitectura institucional le impiden convertirse en una superpotencia de pleno derecho. Pero aún puede aprovechar sus fortalezas.
A precios actuales, el PIB y el gasto militar de la UE superan a los de China, mientras que su poder blando —medido por la ayuda al desarrollo— sobrepasa tanto al de China como al de EE. UU. Para convertirse en una superpotencia "menos incompleta" y asumir un papel de liderazgo en la alianza de potencias medias, la UE debe emprender reformas institucionales de gran alcance, como abandonar el requisito de unanimidad, eliminar las barreras restantes para un mercado único plenamente operativo y emitir un activo seguro común. Por encima de todo, debe establecer una auténtica unión de defensa.
Como señaló Carney en Davos, el viejo orden internacional "no va a volver". Pero si las potencias medias se organizan, las fracturas actuales podrían crear las condiciones para un nuevo orden en el que los valores e instituciones liberales puedan prosperar.
(*) Moreno Bertoldi es investigador asociado sénior en el Instituto Italiano de Estudios de Política Internacional (ISPI). Marco Buti ocupa la cátedra Tommaso Padoa-Schioppa en el Centro Robert Schuman del Instituto Universitario Europeo y es miembro externo de Bruegel.