01 dic 2020
OPINIóN |Emergencia del coronavirus en China
jueves 6 febrero, 2020

Guerra Mundial V

Pareciera que las narrativas contemporáneas nos estuvieran preparando para un escenario internacional en crisis que exige discursos a gran escala capaces de procesar esos cambios.

Carlos A. Scolari*

China Foto: AFP
jueves 6 febrero, 2020

Hace un par de años, el escritor y crítico cultural Jorge Carrión publicó en The New York Times (edición en español) un sugerente artículo donde pasaba revista a una camada de novelas que se proponían “abarcar al mundo contemporáneo”. Obras como la Trilogía de la guerra de Agustín Fernández Mallo, donde los personajes se pasean por una isla en Galicia, la América del Norte profunda, Uruguay o la costa sur del canal de la Mancha, o Fractura de Andrés Neuman, que cuenta la vida de un japonés que trabaja en una multinacional que lo traslada por medio planeta, son buenos ejemplos de este espíritu global en la literatura actual. Fernández Mallo y Neuman no están solos: en la misma serie están Carlos Fonseca (Museo animal), Alicia Kopf (Hermano de hielo), Gustavo Faverón Patriau (Vivir debajo) y el infaltable Roberto Bolaño (2666).

Las novelas globales enumeradas por Carrión pueden ser puestas a dialogar con una serie paralela en la gran pantalla: largometrajes como Independence Day, El día de Mañana o 2012 también juegan en la misma liga. En todas estas producciones el apocalipsis alienígena, climático o geológico golpea más allá de Manhattan. Ningún superhéroe urbano puede hacerse cargo del problema: las estrategias de supervivencia deben ser transnacionales. Incluso en la última película de la saga Jurassic World los peligrosos reptiles abandonan definitivamente su paraíso tropical para iniciar la conquista del tercer planeta del sistema solar.

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Pero no sólo largometrajes. Un videojuego como Call of Duty – Modern Warfare 2 incluye misiones en territorio afgano, ruso, brasileño y estadounidense, por no hablar de la saga FIFA, donde se enfrentan equipos de los cinco continentes. La joya de la corona (¿virus?) es el videojuego de estrategia Plague Inc., una simulación en la que el jugador debe simplemente infectar y matar a toda la población de la Tierra. Sin embargo, la obra clave que habla en nombre de todas las demás es Guerra Mundial Z, la novela global de Max Brooks publicada en 2006, llevada al cine en 2013 (con un Brad Pitt trotamundos encargado de salvarnos de la plaga zombis) y convertida en videojuego en 2019. Apocalipsis transmedia.

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Pareciera que las narrativas contemporáneas, ya sean sofisticadas novelas, videojuegos de última generación o blockbusters californianos, nos estuvieran preparando para un escenario internacional en crisis, sumamente complejo,que exige discursos a gran escalacapaces de procesar esos cambios y darles un sentido. Be global, myfriend.

La emergencia del coronavirus en China está forjando un storytelling global que no tiene nada que envidiar a las novelas, películas y videojuegos antes mencionados. El guión es perfecto: el mal viene de China (la gran potencia a vencer en el siglo XXI), se difunde por el mundo al ritmo de los tuits y no perdona a nadie. Todos, ya sea que vivamos en Seattle, las islas Canarias o estemos de vacaciones en un crucero por el Pacífico, somos potenciales víctimas del coronavirus. Los medios y las redes nos machacan a cada segundo con noticias de último minuto provenientes de todo el planeta, mientras las infografías con mapas negros y puntitos rojos que se multiplican exponencialmente florecen en nuestras pantallas interactivas.Los discursos informativos se acercan peligrosamente a ese género que Ricardo Piglia definió como “ficción paranoica”.

Ningún superhéroe urbano puede hacerse cargo del problema: las estrategias de supervivencia deben ser transnacionales.

 

Michel Foucault, el gran historiador y filósofo francés que desmontó con precisión los mecanismos de control social de la Modernidad y analizó en detalle el biopoder, ese "control total sobre los cuerpos vivos", se la pasaría genial auscultando los discursos mediáticos de esta semana. Si la red discursiva post-11S nos llevó a mirar con recelo a los Otros y aceptar infinidad de controles (en las calles, en los aeropuertos, en las fronteras), no es para descartar que la narrativa del coronavirus esté inaugurando otra fase, mucho más obsesiva, en las formas de control social a escala planetaria.

¿Nos tendremos que acostumbrar a que nos midan la temperatura –además de hurgar en nuestros bolsos, zapatos con taco y frasquitos- en los controles aeroportuarios?¿O será suficiente con que los dispositivos de reconocimiento facial detecten si tenemos un estado febril al pasar frente a la cámara? ¿Incluirán los pasaportes información en tiempo real de los lugares que acabamos de visitar para evidenciar posibles contagios? ¿Exigirán certificados de “libre virus” antes de darnos una visa o permitirnos entrar en un espacio nacional? ¿Reemplazará la cuarentena a la prisión preventiva? Si miramos hacia el pasado reciente, la experiencia post-11S nos enseña que una vez instaladas, estas narrativas y formas de control no tienen marcha atrás. La industria de la seguridad es un viaje de ida.

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El control social debe sostenerse en una red discursiva que lo justifique. Esa narrativa se construye en las noticias pero también en la ficción, ya sea en la mejor literatura, en los videojuegos de alta definición o en la peor película catastrófica de serie B. Dice un personaje de Neuman: “Nada pasa en un solo lugar, todo pasa en todas partes”. Retruca otro de Fernández Mallo: “Todos los humanos, por lejanos y desconocidos que seamos, estamos unidos por alguna guerra”.

* Profesor de la Universitat Pompeu Fabra - Barcelona. Twitter: @cscolari


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