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OPINIóN / Internacional
viernes 28 febrero, 2020

La nueva tecnoguerra fría: novedades del frente europeo

La crisis del coronavirus ha eclipsado en estas semanas la lucha sin cuartel entre los Estados Unidos y China por la hegemonía tecnológica, que no es otra cosa que un gran conflicto geopolítico.

Carlos A. Scolari

El coronavirus -que ahora cuenta con 80.000 infectados, habría surgido en el concurrido mercado de mariscos “Huanan” del distrito de Jianghan -Wuhan- a menos de un kilómetro de la estación ferroviaria de Hankou. Foto: XINHUA
viernes 28 febrero, 2020

Vivimos en un tiempo replegado sobre sí mismo donde, en un único presente, coexisten el pasado y el futuro. En un libro publicado en 1972 dedicado a la “nueva Edad Media”, Umberto Eco imaginaba cómo podría presentarse una epidemia en la sociedad contemporánea: “(se) comenzarán a propagar epidemias (como) la peste negra, que en el siglo XIV destruyó dos tercios de la población europea. Surgirán psicosis ‘de contagio’ y se afirmará un nuevo maccartismo mucho más cruento que el primero…”. A este escenario neofeudal, marcado por el peligro al contagio, se le superpone otro hipertecnológico donde la gran cruzada es digital y empuña antenas de telecomunicación en lugar de lanzas.

Con sus mascarillas blancas, pueblos en cuarentena y controles fronterizos termómetro en mano, la crisis del coronavirus ha eclipsado en estas semanas la lucha sin cuartel entre los Estados Unidos y China por la hegemonía tecnológica, que no es otra cosa que un gran conflicto geopolítico a escala global por ver quién mandará durante el siglo XXI. Parafraseando a Winston Churchill, esta batalla se combate en los mares y océanos digitales, se lucha “con creciente confianza y fuerza” en el aire de las frecuencias, y se pelea con ardor en las playas, las pistas de aterrizaje, los campos, las calles y las colinas, o sea, en cualquier lugar donde se pueda colocar una antena 5G. La nueva tecno-guerra fría involucra a empresas tecnológicas, universidades, centros de investigación, estados nacionales y organismos internacionales como la Comisión Europea e incluso la OTAN. Cualquier parecido con la lucha contra el coronavirus, no es coincidencia: la metáfora bélica es flexible, se comprende fácilmente, identifica amigos y enemigos, y permite poner orden en un mundo caótico y multipolar.

Como el coronavirus, el origen de este conflicto también proviene de China. Si tuviéramos que explicarlo en pocas palabras, podríamos decirlo así: el ecosistema sociotecnológico chino está evolucionando más rápido que el de otros países. En China se aceleran las relaciones e intercambios que mantienen entre sí los actores humanos, institucionales y tecnológicos, dando lugar a proceso innovador como el que se vivió en algunas zonas del Reino Unido a comienzos del siglo XIX o en California a finales del siglo XX. Al posicionarse en la vanguardia tecnológica, China ya no puede copiar productos diseñados en otros países: ahora son ellos los que abren el camino de la innovación. China ha dejado de ser una copy-cat nation que hacía ingeniería inversa de los productos creados en Occidente para reproducirlos a bajo coste. Este pasaje del “made in China” al “designed in China” pone los pelos de punta a la industria estadounidense en general y a su presidente en particular.

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¿Qué lugar ocupa Europa en esta tecnoguerra fría? Como siempre, las discusiones y toma de decisiones en Europa van a su ritmo. La necesidad de generar acuerdos entre tantos Estados no les pone fácil llegar a posiciones consensuadas. Por un lado, hay actores europeos muy bien colocados en el campo de batalla y que compiten palmo a palmo con las empresas asiáticas. A nivel mundial, cuatro empresas se dividen el 90% del codiciado pastel 5G: Huawei(32%), Ericcson (24%), Nokia (20%) y Samsung (11, 6%).

Por otra parte, no podemos dejar de la lado la presencia de Huawei en el mercado europeo (mientras escribo de estas líneas se está inaugurando el nuevo store en pleno centro de Barcelona). Si en algo se especializó el gigante chino es en llevar telecomunicaciones a los lugares más extremos del planeta, desde el Everest hasta los desiertos africanos o el Polo Norte. Sin abandonar la metáfora bélica, podemos decir que Huawei sigue el modelo de la Coca-Cola durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la empresa de Atlanta se propuso que “todos los hombres de uniforme reciban una botella de dondequiera que estén y cualquiera que sea el coste para nuestra compañía”. Entre los militares estadunidenses, el personal de la empresa era conocido como los "Coroneles de Coca-Cola", ya que usaban ropa verde oliva y tenían rango militar de acuerdo a su categoría dentro de la empresa.

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En este contexto de expansión global, Huawei participa en el despliegue de la red 5G de países europeos como Suiza, Rumania, Alemania y Reino Unido. ¿Y qué hay de las denuncias sobre posibles fugas de datos? Nunca pudieron ser demostradas. Desde la Administración Trump se escudan en la necesidad de tomar “medidas preventivas” pero hasta ahora las grandes filtraciones y manipulaciones de datos -como la de Cambridge Analytica- afectan más a las empresas de San Francisco que a las de Shenzhen. Mientras, Huawei se defiende con argumentos típicamente estadounidenses: “las acusaciones reiteradas y sin fundamento por parte de la Administración de los Estados Unidos van en contra de los principios de libre mercado y competencia leal”.

En el frente científico,Huawei participa en numerosos proyectos internacionales de investigación, muchos de ellos en el campo de la tecnología 5G y la inteligencia artificial, financiados por el ambicioso programa H2020. Desde 2015 la empresa está involucrada en la realización de pruebas de alta conectividad en Alemania, Reino Unido y Países Bajos, y en estos meses ha firmado más de una decena contratos con operadores móviles europeos (Vodafone, Telecom Italia, Monaco Telecom, etc.). En breve: el gran actor chino no es un “virus” extraño en el ecosistema científico y tecnológico europeo sino un actor importante de ese entorno.

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La nueva tecnoguerra fría también se combate en los despachos y reuniones al más alto nivel. Y, cada tanto, alguna llamadita telefónica de los amigos, como cuando a principios de febrero Donald Trump interpeló enfurecido a Boris Johnson y le reprochó haber autorizado la participación de Huawei en las licitaciones británicas de la nueva red. Pero Trump no descansa: hace unos días su administración advirtió a los países europeos que abran la puerta a la empresa china de que están infringiendo una “amenaza” a la OTAN, la alianza militar intergubernamental que lleva muy mal los 70 años que cumplió en diciembre del año pasado. La ministra de Defensa de España, Margarita Robles, ha reconocido que es un asunto que está abierto y tendrá que ser abordado “con muchísima prudencia” porque “no es momento de tomar decisiones”. O sea, ya se verá.

A medida que el eje geopolítico del mundo se desplaza de Occidente a Oriente, podría decirse que se está perfilando una nueva división internacional del trabajo: si a Europa le toca envejecer y defender como puede los valores democráticos, y a Estados Unidos hacer el ridículo gracias a su presidente tuitero, los países orientales están tomando las riendas estratégicas del tecnocapitalismo. Es difícil que la crisis del coronavirus termine afectando este imparable reacomodamiento a largo plazo de las placas tectónicas de la geopolítica mundial. Mientras, en el corto plazo, nos tendremos que acostumbrar a vivir en un tiempo replegado sobre sí mismo donde el pasado neofeudal y el futuro hipertecnológico conviven en nuestras pantallas.


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