OPINIóN
Agenda pública

Sin salud cerebral no hay desarrollo

“¿En qué estado están los cerebros con los que pretendemos construir nuestro porvenir?”, pregunta el autor. “La pérdida de capital cerebral podría representar para la Argentina un costo equivalente a 1,4 puntos del PBI por año hacia 2050”, dice. El futuro de la nación depende de su capital humano y éste, de la salud neurológica de la población.

Unicef confirmó que bajó la pobreza infantil en Argentina.
Unicef confirmó que bajó la pobreza infantil en Argentina. | REPERFILAR

La Argentina lleva años discutiendo cómo estabilizar su economía, aumentar la productividad, generar empleo de calidad y volver a crecer. Son debates indispensables. Pero hay una pregunta previa, más silenciosa y más profunda, que casi nunca nos hacemos: ¿en qué estado están los cerebros con los que pretendemos construir ese futuro?

Durante demasiado tiempo, la salud cerebral fue tratada como un asunto de especialistas, consultorios y hospitales, como si perteneciera solo al mundo privado del sufrimiento individual y no al núcleo de los problemas públicos. Ese enfoque ya no alcanza. Y los números lo demuestran.

Los principales referentes internacionales que estuvieron en Buenos Aires convocados por la International Alliance on Brain Health, en conjunto con The Lancet Commission on Brain Health y Fundación INECO, fueron contundentes: los trastornos neurológicos, mentales y del neurodesarrollo representan una de las mayores cargas sanitarias, sociales y económicas de nuestro tiempo.

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1 de cada 7 argentinos tiene un problema de salud mental

En Estados Unidos, un análisis de la American Academy of Neurology publicado en JAMA Neurology en 2025, mostró que más de la mitad de la población vive con alguna enfermedad o trastorno neurológico. En Europa, la European Academy of Neurology advierte que las enfermedades neurológicas constituyen una carga creciente para los sistemas de salud, el trabajo y las familias.

Salud cerebral, prerrequisito del desarrollo

Reconocer el costo económico de la pérdida de salud cerebral interpela a los gobiernos, a las empresas y al ciudadano de a pie. Para entenderlo, es necesario detenerse en un concepto que empieza a ocupar un lugar central en la conversación global y que el Foro Económico Mundial y el McKinsey Health Institute han denominado “capital cerebral”.

Capital humano
Capital humano. La salud cerebral debe ser prioridad en la agenda pública, si se espera desarrollo económico en el país.

No es simplemente otro nombre para el capital humano que la economía estudia desde hace décadas. El capital humano clásico mide conocimientos, habilidades, educación y experiencia. El capital cerebral alude a las capacidades cognitivas, emocionales e interpersonales que permiten que ese conocimiento se active, se aplique y genere valor.

La pérdida de salud cerebral interpela a los gobiernos, a las empresas y al ciudadano de a pie"

En otras palabras: el capital cerebral es un prerrequisito del capital humano. Sin él no hay aprendizaje sostenido, ni trabajadores capaces de rendir plenamente, ni innovación que haga crecer a las economías. La salud cerebral no compite con la agenda productiva: la sostiene desde abajo.

Aritmética económica, no metáfora médica

¿Cuántos años de vida productiva podrían recuperarse si interviniéramos a tiempo? A partir de la evidencia global sintetizada por el McKinsey Health Institute y el Foro Económico Mundial, y de estimaciones locales preliminares, sabemos que una parte significativa de la carga asociada a condiciones neurológicas, mentales y del neurodesarrollo podría reducirse mediante intervenciones costo-efectivas de prevención, tratamiento, rehabilitación y cuidado.

Nuestros primeros cálculos sugieren que la pérdida de capital cerebral podría representar para la Argentina un costo equivalente a alrededor de 1,4 puntos del PBI por año hacia 2050. No se trata de una promesa mágica ni de una solución aislada para los problemas estructurales del país. Se trata de algo más concreto: mostrar que la pérdida de salud cerebral tiene consecuencias macroeconómicas reales.

El capital cerebral alude a las capacidades cognitivas, emocionales e interpersonales que permiten que ese conocimiento se active, se aplique"

A escala global, el Foro Económico Mundial y el McKinsey Health Institute estiman que invertir en salud cerebral podría generar hasta US$ 6,2 billones acumulados en ganancias de PBI hacia 2050. En América Latina y el Caribe, la Organización Panamericana de la Salud advierte que más de tres de cada cuatro personas con trastornos mentales no reciben atención adecuada. La brecha no es solo sanitaria: es educativa, laboral, social y económica.

En la Argentina, el contraste es evidente. Tenemos una fuerte tradición cultural y profesional vinculada a la salud mental, una red científica reconocida internacionalmente y capacidades clínicas relevantes. Pero, al mismo tiempo, según análisis presupuestarios independientes, la inversión pública identificable en salud mental continúa muy lejos del piso del 10% del presupuesto sanitario previsto por la Ley Nacional de Salud Mental.

Más de la mitad de los chicos en Argentina son pobres y persisten fuertes desigualdades estructurales

Esta discusión se vuelve todavía más urgente en la economía que viene. En la era de la inteligencia artificial, la pregunta no es solamente quién está enfermo: también es qué capacidades estamos desarrollando —o dejando perder— como sociedad.

La inteligencia artificial automatizará cada vez más tareas rutinarias, pero hará todavía más valiosas las capacidades específicamente humanas: el juicio crítico, la creatividad, la empatía, la colaboración, la flexibilidad cognitiva, la regulación emocional y la capacidad de aprender durante toda la vida. Todas ellas dependen, en su base, de la salud del cerebro. La inteligencia artificial no reemplaza la salud cerebral: la vuelve más valiosa.

La inversión pública identificable en salud mental continúa muy lejos del piso del 10% del presupuesto sanitario previsto por la Ley Nacional de Salud Mental"

La Argentina debería prestar atención a esto con urgencia. Nuestros problemas no son solo macroeconómicos. También son humanos. No hay crecimiento sostenido en una sociedad agotada, ansiosa y fragmentada. No hay educación de calidad cuando millones de chicos crecen en contextos que afectan su nutrición, desarrollo cognitivo y emocional.

La pobreza produce un impuesto cognitivo. No hay productividad robusta cuando aumentan el malestar psíquico, el burnout, los consumos problemáticos, los trastornos del sueño y las dificultades de concentración.

Invertir en salud cerebral no significa solamente tratar mejor las enfermedades. Significa intervenir temprano en la infancia —nutrición, sueño, juego, lenguaje, vínculos, regulación emocional—; abordar a tiempo la ansiedad, la depresión y los consumos problemáticos; prevenir el deterioro cognitivo; promover el envejecimiento saludable; y diseñar entornos laborales menos tóxicos y más compatibles con el bienestar mental.

No hay educación de calidad cuando millones de chicos crecen en contextos que afectan su nutrición, desarrollo cognitivo y emocional"

El bienestar cognitivo y emocional incide directamente sobre la competitividad, el desempeño y la innovación. No es un lujo de sociedades ricas: es una condición para que una sociedad pueda progresar.

Esto no implica reemplazar las prioridades clásicas del desarrollo. La Argentina necesita estabilidad macroeconómica, reglas claras, inversión, infraestructura, educación de calidad e instituciones confiables. Pero ninguna de esas transformaciones será plenamente sostenible si no cuidamos el cerebro de nuestra población.

El desarrollo no ocurre en abstracto. Ocurre en personas concretas: chicos que tienen que aprender, jóvenes que necesitan proyecto, adultos que deben trabajar y adaptarse, mayores que merecen envejecer con dignidad y familias que sostienen cuidados invisibles.

La Argentina tiene en este campo algo que no siempre tiene en otros: capacidad instalada real. Cuenta con científicos, profesionales, instituciones, experiencia clínica y una tradición cultural que reconoce la importancia de la vida mental. También ha comenzado a incorporar la salud cerebral en la agenda legislativa y pública.

En 2025, la Cámara de Diputados de la Nación dio media sanción a un proyecto vinculado a la promoción de la salud cerebral y a la creación del Programa Nacional de Lucha contra la Enfermedad de Alzheimer y otras DemenciasPLEA—, que ahora deberá ser tratado por el Senado.

De aprobarse, la Argentina podría avanzar hacia uno de los primeros marcos legales nacionales orientados a prevenir enfermedades neurológicas y mentales, fortalecer el diagnóstico temprano y mejorar la atención de pacientes y familias.

Lo que falta es decisión política para llevar esta agenda al centro de la estrategia de desarrollo. Eso implica financiamiento acorde, integración entre salud, educación, trabajo y desarrollo social, y también indicadores que permitan medir el estado cognitivo, emocional y neurológico de la población con la misma seriedad con que medimos el PBI, la inflación o el desempleo.

Durante décadas discutimos el capital físico, el capital humano y el capital institucional. Ha llegado el momento de entender que existe algo más básico y decisivo: la salud cerebral y las habilidades cognitivas y emocionales que sostienen la capacidad de aprender, innovar, cuidar y convivir.

Una nación no progresa solo por lo que produce. Progresa por la calidad de las mentes con las que piensa, crea, trabaja y convive. La gran ventaja comparativa de un país en la era de la inteligencia artificial no será solo tecnológica: será humana.

No hay desarrollo posible sin desarrollo cerebral. Cuidar el cerebro humano dejó de ser solo una prioridad médica: es una estrategia de país.

Para la Argentina, cuidar esas capacidades podría evitar pérdidas equivalentes a alrededor de 1,4 puntos del PBI por año hacia 2050. No es una metáfora médica: es la diferencia entre seguir perdiendo capacidades o empezar a construir una década de recuperación.