El Halftime Show del Super Bowl no fue un espectáculo inocente. Fue una clara señal de alarma para Donald Trump. No porque un artista haya cantado en español. Estados Unidos es una nación con millones de hispanohablantes que trabajan, producen y defienden esa bandera. Por cierto, en las elecciones de 2024, el 42% del electorado latino votó a Trump, una cifra récord para el Partido Republicano.
Por eso, la señal del Super Bowl no fue un simple show. Es la utilización de los grandes escenarios culturales para instalar una agenda ideológica, en este caso asociada al progresismo contemporáneo, lo que en el debate público se denomina “woke”, como si fuera el nuevo estándard moral obligatorio de Occidente.
La reacción presidencial, entonces, no fue estética. Fue política y cultural. Expresa la sensibilidad de millones de estadounidenses conservadores, cristianos y patriotas que perciben que la disputa ya no se libra solo en el Congreso, sino en la cultura.
El Super Bowl y la identidad nacional
El Super Bowl -junto a la celebración del 4 de julio- es el ritual cívico más potente de Estados Unidos. Es el momento en que una nación diversa se reúne en torno a símbolos culturales compartidos. Para el americano más conservador (obrero, veterano, pequeño empresario, padre de familia cristiano) el fútbol americano encarna mérito, disciplina, sacrificio y comunidad.
No es aquella marginalidad rebelde de la contracultura americana cómo sucedió en Woodstock"
Cuando ese espacio es percibido como plataforma para otras agendas que cuestionan los valores tradicionales, la reacción no es intolerancia, sino defensa de su herencia cultural. La discusión no es contra el latino trabajador ni contra la diversidad real del país. Es contra la instrumentalización ideológica que ataca los símbolos comunes. No es aquella marginalidad rebelde de la contracultura americana cómo sucedió en Woodstock contra la guerra de Vietnam. Es un mainstream implantado por corrientes radicales.
Entonces, la intervención cultural ya no surge desde los márgenes de la sociedad, sino desde el centro del sistema. La industria del entretenimiento, de los Gramys, de los Oscars, de las plataformas globales, y también de una narrativa coordinada bajo una lógica gramsciana y global.
Bad Bunny deslumbró en el Super Bowl 2026 junto a Lady Gaga y Ricky Martin
Muchos conservadores señalaron desde hace tiempo éste fenómeno que busca redefinir por completo el sentido común Occidental. No es casual que Giorgia Meloni haya sintetizado esta disputa con una fórmula que resume el corazón de nuestra herencia cultural: identidad, Dios, patria, familia. Y al grito de "¡Somos Roma!". Es mucho más que un conflicto musical. Se trata de la defensa de viejos valores judeocristianos y greco romanos.
Occidente enfrenta hoy un fenómeno que China y Rusia no padecen en igual magnitud, que es la fragmentación interna promovida desde su propia esfera cultural. China no utiliza su principal evento nacional para cuestionar su identidad civilizatoria. Rusia no convierte sus símbolos estatales en espacios de deconstrucción permanente.
Ambas potencias pueden ser tildadas de autoritarias, pero no cargan con el lastre permanente de una “quinta columna cultural” que erosione sistemáticamente sus fundamentos simbólicos desde dentro. En cambio, Estados Unidos y Europa viven una tensión permanente entre tradición e ingeniería cultural.
Argentina: no satélite sino plataforma Atlántica
Los argentinos conocemos este proceso. Durante décadas, la colonización cultural en manos del Socialismo del Siglo XX, generó y financió una horda progresista que se presentó a sí misma como modernización inevitable camino al Socialismo del Che Guevara y la Patria Grande en clave Castro-chavista.
El resultado fue lapidario para la cultura argentina, tanto en el debilitamiento institucional como también con polarización crónica e infinita del anti-kirchnerismo estructural y la pérdida de un horizonte común para la totalidad de los argentinos que nos permita ver más allá de "la grieta".
Por eso la discusión estadounidense no es anecdótica. Si el corazón del Mundo Libre pierde cohesión cultural, el impacto no será solo doméstico. Será hemisférico. Y aquí emerge una oportunidad estratégica. Argentina, si decide reafirmar su identidad occidental y su alianza estructural con Estados Unidos, puede convertirse en plataforma hemisférica de reafirmación civilizatoria. No como satélite. Sino como socio consciente del eje atlántico.
La disputa cultural en el Super Bowl no es un episodio aislado. Es un síntoma de una tensión mayor: ¿Occidente reafirma su núcleo identitario o continúa diluyéndolo? El debate no es sobre un cantante, sino sobre quién define el alma de la nación.
Para el conservadurismo americano, la respuesta es clara: debe haber diversidad, pero debe existir un núcleo cultural innegociable. Sin ese núcleo no hay cohesión. Sin cohesión no hay poder. Y sin poder no hay libertad que defender. China y Rusia no discuten su identidad en cada espectáculo. Occidente sí. La cultura, hoy más que nunca, es el primer frente de la geopolítica. Y en esa batalla se define algo más profundo que un show de medio tiempo: se define la fortaleza espiritual del Mundo Libre.