Casi todas las personas queremos ganar plata; todos la necesitamos. Cuánto necesitamos realmente y cuánto deseamos tener, es algo que oscila entre lo objetivo y lo subjetivo. El deseo pareciera ser una fuerza más potente que la razón. No obstante, pensemos.
La principal actividad que impulsa el crecimiento del Producto Bruto Interno (PBI) en la Argentina actual es la intermediación financiera. Aún en tiempos de morosidad récord y alto nivel de endeudamiento, tanto de personas, familias, empresas y Estados, el sector financiero es el más "dinámico" de la economía nacional. Paradojas de nuestra querida patria.
El menú de opciones para invertir es más o menos conocido para el común de la gente: plazos fijos (la más segura, dentro del sistema bancario, con tasas bajas e inmovilización de dinero por cierto tiempo), acciones (porciones de titularidad de una empresa que tienen un determinado valor en el "mercado de capitales"), bonos (instrumentos de deuda emitidos por diferentes Estados -nacional o provinciales-, o bien por empresas que prefieren financiar sus operaciones con dinero prestado, las que también utilizan Obligaciones Negociables como alternativa), criptomonedas (la ‘novedad financiera’ de la presente década , por cierto muy volátiles en su cotización en el actual contexto mundial), oro y otras monedas (dólar, yenes, euros, etc.) presumiblemente ‘más fuertes’ que el peso, ambas opciones con un derrotero de valorización en el mercado bastante impredecible actualmente, y Fondos Comunes de Inversión.
¿Quiero financiar a una empresa que está destruyendo el medio ambiente"
Los FCI son “paquetes” de inversiones en diferentes instrumentos, gestionados por entidades bancarias o financieras, que supuestamente garantizan rentabilidad a partir de la información y el conocimiento que detentan esos agentes económicos especializados, capaces de anticipar comportamientos “racionales” de otros actores y analizar la evolución de fenómenos económicos.
Sus premoniciones pueden ser exitosas o fallar, pero siempre habrán tenido alguna comisión ganada o la posibilidad de maniobrar con los fondos que administran para asegurar su tajada. Hay otras, mucho menos utilizadas por el público en general, por ejemplo las Cauciones y la más popular hoy en día, las cuentas remuneradas de bancos y billeteras virtuales.
La moral de las inversiones financieras
Cuando las personas -tanto humanas como jurídicas- invertimos dinero en términos financieros (remarcando la distinción con las inversiones productivas), hay otra entidad que se beneficia con nuestro “aporte”. El banco que recibe el dinero para un plazo fijo, por el que “paga” según una tasa de interés que puede oscilar entre el 17 y el 25% aproximadamente, utilizará esos fondos para ofrecer préstamos a una Tasa Efectiva Anual que puede rondar el 170%; la ecuación es simple para identificar quién hace el mayor negocio. Así funciona el sistema, no presentamos aquí ninguna novedad.
El punto al que, finalmente, queremos llegar está vinculado a los bonos y las acciones. Yo puedo invertir en bonos del Estado Nacional y/o de alguna jurisdicción (sea una provincia o la Ciudad Autónoma) pensando solamente en el rendimiento que puedo lograr. Eso estará determinado, primero, por las condiciones originales de emisión del instrumento financiero; sin embargo, el ‘yeite’ pasa por ir viendo cómo evoluciona la cotización de tales bonos en el mercado secundario, es decir, en el terreno de la compra-venta de bonos entre particulares.
Con buena data y sensibilidad para manejar los tiempos, se puede hacer una buena diferencia. El tema es determinar si yo quiero ganar plata financiando a tal o cual administración gubernamental. ¿Quiero darle mi dinero a un gobierno con el que no comulgo? ¿Aporto mi dinero, aun en tiempos de baja rentabilidad de los bonos, para ayudar al gobernante al que quiero apoyar?
El común de las personas, que tienen poco para apostar en la timba financiera, difícilmente miren las cosas desde esta perspectiva. Las grandes fortunas sí se pueden dar el lujo de poner unas fichas allí donde quieran brindar apoyo moral o ideológico, ora por propia convicción, ora por asumir que, tarde o temprano, quizás en esa misma ventanilla o, más probablemente en otra, recibirán el merecido premio.
Con la inversión en acciones de empresas, tanto nacionales como extranjeras, en las “bolsas” locales o en las que operan en otras “plazas”, se puede hacer el mismo planteo. ¿Quiero financiar a una empresa que está destruyendo el medio ambiente? ¿Quiero darle mi dinero, para que expanda sus operaciones, a una empresa que piensa sólo en su rentabilidad y no en el bien común?
¿Hay empresas que piensen en el bienestar general como marco de desarrollo de sus propias actividades económicas para obtener rentabilidad? ¿Quiero financiar a empresas que intervienen, directa o indirectamente, en acciones éticamente cuestionables? ¿Hay una moral que atraviesa las inversiones financieras? ¿Hay una valoración ideológica?
Sería buenísimo que hubieran instrumentos de inversión financiera que ofrecieran rendimientos razonables y, a la vez, contribuyeran con el verdadero desarrollo nacional con una perspectiva estratégica y no sólo con el crecimiento ficticio fundado en la especulación.
Algo emparentado con esta idea se usó para justificar uno de los más resonados fraudes cripto que aún espera sentencias judiciales aquí y en el exterior; no obstante, estaría bien pensar un poco más en el contexto que rodea nuestras inversiones, mirando más allá del ombligo propio.
* Profesor de Economía
1. Si bien las criptomonedas fueron creadas en la primera década del siglo XXI, se empezaron a masificar a partir de la pandemia de 2020.