Con la aparición de pintadas en establecimientos escolares donde se anunciaban tiroteos con fechas precisas alteraron las dinámicas escolares pero también, el modo de acercarse a la escuela, a partir de las amenazas. Estos hechos se deben entender partiendo del punto de inflexión que significó el episodio de San Cristóbal (Santa Fe), donde un estudiante de 15 años disparó contra sus compañeros, asesinando a uno de 13 años e hiriendo a otros.
Estas manifestaciones —en baños, paredes, redes— han puesto en vilo a la educación. Pero reducirlas a un fenómeno escolar o un desafío viral o un mero acto juvenil es pretender encorsetar una problemática social. Esta violencia en la escuela se apoya en una historia de agravios sobre el trabajo docente, la caída salarial, la pauperización del estudiantado y sus familias; es decir, que las paredes gritan una amenaza al espacio escolar, que viene siendo dañado desde diversos ángulos.
Esto no les gusta a los autoritariosEl ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.Hoy más que nunca Suscribite
En este sentido, la violencia en la escuela ya no puede ser pensada como un hecho sancionable circunscrito al espacio escolar. Se inscribe en un escenario más amplio, atravesado por una dinámica internacional que está condicionada por la guerra y donde la violencia opera como factor de estructuración de las relaciones sociales. La escuela, lejos de quedar al margen, se vuelve un espacio donde estas tensiones se condensan.
Tiros, amenazas y protocolos en las escuelas
Frente a las amenazas, los gobiernos han respondido con la activación de protocolos; se ha promovido la intervención de las fiscalías, la presencia policial, se han difundido allanamientos a menores y se ha informado del monitoreo de las redes sociales. Ante el acto disruptivo en el espacio escolar, observamos el despliegue de una red de control y patrullaje que, lejos de resolver el problema, lo traslada al terreno penal y represivo. De tal modo que la violencia no se aborda, se aprisiona.
Se incrementan las responsabilidades de docentes a quienes se les exige garantizar la continuidad pedagógica en un contexto donde la propia vida escolar aparece amenazada. Al mismo tiempo, se promueve la sospecha al interior de la comunidad educativa, familias, estudiantes y docentes; todos configurados por políticas y discursos que dejan a la escuela bajo sospecha.
Aulas bajo amenaza: La radiografía de una violencia escolar que ya no se puede ocultar
De manera sostenida se ha impulsado una campaña sistemática en torno al “adoctrinamiento” que harían los docentes. Impulsada por el gobierno actual, pero elaborada en resoluciones preexistentes, esta política instala la sospecha sobre la docencia y promueve la denuncia como práctica. Esta política busca introducir una cuña entre docentes, estudiantes y familias; actúa como una política orientada a romper vínculos, a erosionar alianzas, a enfrentar a sectores de la población entre sí. En definitiva, es un aspecto de confrontación civil.
La política que motiva las denuncias por adoctrinamiento es, además, un ataque a las libertades democráticas y de expresión. Los efectos de esta campaña recaen en la docencia como una espada de Damocles toda vez que sobrevuela la presión de ser denunciados por adoctrinamiento. La docencia tiene así un cuestionamiento sobre sus propias palabras, sus reflexiones y sobre sus expresiones en el aula.
En este marco, la promoción de políticas que invocan a “conversaciones responsables” o jornadas de reflexión aparece como un gesto que no alcanza. Se convoca al diálogo en un contexto donde los estudiantes ingresan con armas, donde docentes son agredidos por familias, donde el propio Estado incentiva la denuncia y la sospecha. La escuela se ve sin posibilidad de reacción en un contexto de ruptura.
El “joven peligroso” en la escuela
En paralelo, se consolida una narrativa mediática que construye la figura polisémica del “joven peligroso”, donde se los coloca como usuarios de redes que glorifican la violencia; como sujetos que desprecian la vida social y encarnan una amenaza fatal, pero difusa.
Esta figura, como otras en la historia (“subversivo”, “narco”), es un modo de construcción de la figura de otredad negativa, funciona como estereotipo y toda construcción de esta índole es un paso en el camino de la disgregación social. El “joven peligroso” permite culpabilizar a una población amplia sin necesidad de identificación precisa.
Mientras tanto, el poder político se muestra indignado frente a la violencia escolar, pero omite toda referencia a las condiciones sociales que las decisiones políticas y económicas generan en la población.
De esta manera, concentrar el foco de la violencia en la escuela mirando a la escuela, quita la responsabilidad de los gobiernos precedentes y presentes. La violencia aparece así deshistorizada, como si emergiera de un vacío moral o de algún equívoco comunicacional. En lugar de interrogar las condiciones que producen estas manifestaciones, se individualiza el problema y se legitima la intervención punitiva.
Una mirada de conjunto a los vínculos que estallan en la escuela muestra que no hay protocolo posible para evitar estas situaciones de violencia toda vez que sus causas están en condiciones estructurales. La escuela, en este contexto, pierde hasta su propia cualidad de educar si no es capaz de señalar los límites que tiene frente a la situación que atraviesa.
La violencia de la que hablamos abre una tendencia hacia un régimen de excepcionalidad en el espacio escolar que evidencia cómo el escenario de guerra internacional organiza los modos de la vida social. El medio escolar comienza a ser reordenado en la perspectiva de dejar de ser un espacio de escucha y contención, para convertirse en un lugar inestable e inseguro, como el mundo en el que vivimos. La ruptura aparece como una necesidad de la historia. ¿Qué queda después de una ruptura?
Dónde puede ser alojada la escucha de las necesidades con las que cargan docentes, estudiantes y sus familias cuyo horizonte sea fortalecer el proceso de enseñanza y aprendizaje confiable, quizás se trate de tomar las palabras del Indio Solari cuando expresó que a los jóvenes “hay que escucharlos; porque en sus nervios hay mucha más información del futuro”. Desandar estos interrogantes podrá hacer surgir un modo distinto de orientarse y de organizarse fortaleciendo lazos y capacidades colectivas, un común vivir.
Una escuela en un mundo roto
En un contexto de drama social, precarización y guerra que actúa como medio organizador, la violencia irrumpe en el espacio escolar con una intensidad creciente. Pretender resolverla con más control, más protocolos o más responsabilización individual es un camino sin salida; es como una olla en ebullición a la que se le pretende sellar la tapa, como si esto impidiese la explosión.
De este modo queda en soledad la escuela y se cercena (se abstrae) el alcance del proceso violento. Vivimos en un mundo donde el derecho internacional ha quedado despreciado y depreciado; vivimos en el mundo donde todas las regiones geográficas están involucradas (directa o indirectamente) en la guerra; el conflicto internacional se inmiscuye en todos los poros de la sociedad.
Mirar el mundo de este modo, nos permite asumir desafíos en la educación en los marcos de un realismo educativo. La tarea que se abre es política y pedagógica en un sentido amplio porque los acontecimientos evidencian que la violencia se está convirtiendo en el reorganizador de las relaciones educativas.
Un contrapunto implicaría desafiarnos a promover una reorganización de las condiciones de vida, de trabajo y de enseñanza que hagan posible otra experiencia escolar, fraterna y humana. En otra columna, en este mismo medio, hemos hablado sobre el realismo educativo y la importancia del señalamiento en la enseñanza para interpelar al mundo. La escuela es vital para señalar los acontecimientos y los desafíos, por eso debe ser cuidada y tener asegurada su libertad de expresión.
Afrontar la violencia en la escuela requiere de una reflexión sin limitantes, que no condicione las demandas de las necesidades educativas bajo el concepto de “costo”, porque cuando la vida misma entra en riesgo al ir a la escuela ya no alcanza con administrar la crisis.
Se trata de intervenir sobre sus múltiples causas, para lo cual la escuela puede empezar planteando reconstruir formas colectivas de organización, que hoy están siendo erosionadas.