OPINIóN
Futuro presidente

Transición, un shock de realidad para domar al león

Los cambios de gobierno imponen una lógica darwiniana para el político: adaptarse o morir. Esto significa resignar rápidamente los puntos críticos del ideario de cabecera, sólo para ganar gobernabilidad

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“La tabula rasa comienza a tener sentido”: el diario británico que apoya la dolarización | AFP

Las transiciones de gobierno generalmente se asocian con un traspaso protocolar de mando, pero la realidad es que la etapa donde una plataforma entrega el poder a otra es un tramo de enorme aprendizaje para el gobierno entrante. 

En medio de una transición, los pilares ideológicos de cualquier plataforma política suelen temblar con facilidad. Cuando el arribo al poder tiene fecha y hora, el tiempo juega en contra de los idealismos. Sin embargo, la impronta rígida del dogma liberal-libertario que se manifestó durante la pasada campaña sembró algunas dudas al respecto.

En ese sentido, se habría pensado que la transición sería mucho más desafiante, pero en cambio, ha representado un curso acelerado de pragmatismo, donde La Libertad Avanza rápidamente aceptó formas y hábitos propios de aquel enemigo del cual renegó tanto en la campaña, La Casta. 

A pesar de que esto podría pensarse como una traición a sus ideales, o un espaldarazo a su núcleo duro de votantes, el ritmo de la transición que atraviesa actualmente Argentina imprime un ápice de madurez y pragmatismo en el gobierno entrante, una característica que siempre estuvo en duda durante la contienda electoral.

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Aunque resulta teóricamente incorrecto comparar transiciones de regímenes políticos con transiciones de gobiernos, es innegable acudir a las grandes gestas transicionales para entender cómo y por qué la relativización de la lucha contra La Casta es hoy un asset clave para el gobierno de Javier Milei. 

Los pasados días han transcendido las cartas que La Libertad Avanza ha remitido tanto a Xi Jinping como a Luiz Inácio Lula da Silva. Estos dos perfiles eran los “comunistas corruptos” con los que Milei nunca se relacionaría, pero hoy encajan perfectamente dentro de las relaciones que ahora se piensan como estratégicas para el país.

Está claro que el gobierno entrante no desea lidiar con tensiones externas, para no abrir un frente de desgaste extra ante las dimensiones de los desafíos domésticos. Con una situación similar -reitero, guardando las correspondientes diferencias- tuvo que lidiar Adolfo Suárez, quien durante su presidencia del gobierno español (1976-1981) no tuvo reparos en hallar con el comunista Santiago Carrillo y el socialista Felipe González, puntos comunes de consenso para abroquelar el gobierno frente a las tensiones con el establishment franquista saliente.

Otro de los hitos de esta transición de gobierno ha sido el nombramiento de Luis Caputo frente al Ministerio de Economía. Dicha cartera está destinada a ser la meca del gobierno liberal-libertario, pero su conducción estará en manos del mismo perfil que Javier Milei responsabilizaba años atrás como uno de los máximos responsables del declive económico de 2018. 

Este nombramiento, junto a la integración o el coqueteo con perfiles como Bullrich, Randazzo o Scioli, distinguen la búsqueda de una coalición no kirchnerista lo más amplia posible. 

Circunstancias similares vivió la Concertación chilena durante el tramo final del gobierno de Pinochet. El presidente electo Patricio Aylwin (1990-1994) había sido el vocero de esa plataforma durante el plebiscito que habilitó la apertura democrática y fue el candidato que posteriormente ganó la elección ejecutiva bajo ese sello. 

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Sin embargo, durante su gestión no impuso al Partido Demócrata Cristiano -del cual provenía- como el único partido de gobierno, sino que trabajó para hacer de la Concertación una auténtica coalición de gobierno, con la vista puesta en aglomerar todas las visiones disidentes a Pinochet a favor de la estabilidad democrática.

Es inevitable observar que miembros de alto perfil de lo que se pensaba como La Casta hoy están convocados a ser gobierno. No obstante, Milei persiste con ciertas banderas, como las privatizaciones de empresas públicas y la dolarización, augurando que contra La Casta se irá al menos en la medida de lo posible. 

Aunque es conocida la poca estima que el presidente electo tiene por la figura de Raúl Alfonsín, ambos coinciden en este punto. Cuando el líder radical denunció el pacto militar-sindical en su campaña de 1983, no estaba haciendo otra cosa que exponer un acuerdo de intereses a favor de prerrogativas y privilegios entre los principales referentes del establishment, es decir, fue en contra de La Casta de esa era.

La promesa de Alfonsín de impulsar desde el gobierno un proceso de memoria y justicia se cumplió en la medida de lo posible. Las banderas de justicia transicional fueron relativizadas por las leyes de punto final y obediencia debida que el gobierno radical tuvo que generar para ajustar el dogma demócrata de Alfonsín a la realidad de sus posibilidades. 

Está claro que Milei solo está manejando un traspaso de mando de parte de un gobierno democrático, lo que es algo mucho menos complejo y desafiante que las transiciones mencionadas. Pero es innegable que estos períodos deconstruyen como nunca los dogmas con los que un partido llega al poder.

Las transiciones imponen una lógica darwiniana para el político: adaptarse o morir. Esa adaptación amerita obviar rápidamente varios idearios que se han defendido por años, a cambio de ganar gobernabilidad. Al final del día, sí hubo algo capaz de moderar el indomable carácter de Javier Milei, y fue una transición.

*Politólogo