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OPINIóN
sábado 4 abril, 2020

¡Un burócrata a mi derecha!

El papelón del viernes frente a los bancos que abrían por primera vez desde el inicio de la cuarentena desnudó como pocas veces una carencia de la política argentina: la orfandad de una burocracia profesionalizada.

FILAS. La gente empezó a formar a la medianoche en zonas del Conurbano. Hubo tumultos y enojo de los clientes, en su mayoría adultos mayores que forman el grupo de riesgo frente al Covid-19. Foto: Juan Obregón - Néstor Grassi - Marcelo Silvestro.
sábado 4 abril, 2020

¿Qué tienen en común los presidentes franceses Valéry Giscard d'Estaing, Jacques Chirac, François Hollande y Emmanuel Macron? El mismo hilo conductor que los expremier Laurent Fabius, Michel Rocard, Édouard Balladur, Alain Juppé, Lionel Jospin o Dominique de Villepin. Todos ellos lucen orgullosos su condición de egresados de la Escuela Nacional de Administración (ENA), el semillero de las élites francesas. Creada por Charles De Gaulle en 1945 y conducida por el exlíder de la Resistencia y del Partido Comunista Francés Maurice Thorez, se convirtió muy pronto en el punto de referencia para la conducción del Estado independiente de su color político. Para sus creadores, era imposible tal voluntad de cambio sin un cuerpo profesional que supiera ejecutar en tiempo y forma el lineamiento elegido.

El papelón del viernes frente a los bancos que abrían por primera vez desde el inicio de la cuarentena desnudó como pocas veces una carencia de la política argentina: la orfandad de una burocracia profesionalizada, con horas de vuelo en la conducción de los estamentos de gobierno que pudiera poner en marcha un operativo bajo condiciones de estrés como el que necesita una emergencia sanitaria como la actual.

Mientras los protagonistas se sacaban las responsabilidades para otro lado la gravedad del episodio, un gesto contradictorio con la proclamada política de minimizar los riesgos para la población vulnerable, las luces de alarma deberían haberse encendido en el tablero de comando. Es un llamado de atención para el Gobierno porque las medidas económicas que surgen como viables para paliar la inactividad y el desplome de la oferta, siempre cruzan por una intervención estatal oportuna y eficaz. Si en la primera acción de envergadura para amortiguar el impacto social del parate se anotaron casi 11 millones de personas para el Ingreso Familiar Extraordinario (IFE), la danza de cifras continuará con créditos blandos, moratorias fiscales, excepción de pagar cargas sociales, subsidios por caída de ventas, postergación de vencimientos, etc. Todo esto cruza siempre por la ventanilla (real o virtual) de una oficina que debe dar una respuesta rápida y alineada al surgimiento de nuevas necesidades y las respuestas que la comunicación centralizada emite casi instantáneamente.

El mes de marzo iba a constituirse en un hito, un antes y un después en la política económica de la gestión de Alberto Fernández. La crisis global por la pandemia redujo a su mínima expresión su impacto interno y la intensidad de las negociaciones. La decisión de pagar los servicios de los bonos con jurisdicción Nueva York anunciaron que la decisión del default no es la primera opción del Gobierno. Y hasta la caída de las cotizaciones de todos los activos financieros volvieron más atractiva la oferta que antes se consideraba agresiva por los mismos acreedores. Pero mientras el equipo negociador sigue su tarea artesanal, la trinchera local requiere aún más esfuerzos coordinados que vuelven a cuestionar la decisión de los últimos cuatro mandatos de “balcanizar” la conducción económica. Las idas y vueltas con la operatoria bancaria que terminó en el desaguisado del 3 de abril, muestran que con las presiones empresarias y sindicales que crecerán y la demanda de la población por paliativos urgentes, la coordinación y la gestión de los salvatajes, ahora, y los efectos monetarios de la expansión por la crisis, en pocos meses más, requerirán como nunca de una sintonía fina de la economía y una administración entrenada.

El modelo de la ENA francesa fue introducido en la Argentina como un aspiracional durante el gobierno de Raúl Alfonsín y reflotada en el de Carlos Menem por el actual hombre de confianza presidencial Gustavo Béliz.

El líder de Chascomús apelaba en su campaña presidencial a interrumpir su discurso pidiendo un médico para alguna persona desvanecida en el mitin. La imperiosa necesidad hace que hoy el político de raza pida la ayuda profesional de un burócrata profesional, tantas veces desdeñado, para sacar adelante sus iniciativas. La épica de la gestión.


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