Dentro del orden monacal que reina en el despacho de Aníbal Fernández aparecen (como desde el tiempo y el espacio) diferentes pantallas de televisión que cubren todos los canales al mismo tiempo, objetos religiosos que atesora en una mesita, algunas fotos familiares y otra de Néstor K con una alegre sonrisa.
Sobre su mesa escritorio (que lo ha acompañado al Palacio del Congreso) sólo una computadora en la que caen mensajes en forma constante. Y muy discretamente algún ejemplar de Zonceras argentinas y otras yerbas, su primer libro con el que niega emular a Jauretche.
—¿Cuándo escribe usted?
El senador Fernández ama la literatura, pero es la pregunta lógica que surge frente a una actividad desbordante.
—Bueno, nosotros somos un equipo pero yo siempre menciono a Carlitos Caramello. Porque es el que lleva el 5 en este equipo de fútbol imaginario. Cuando se trata de relatos míos, grabo.
—¿En serio?
—Claro. Es mucho más fácil contarlo grabándolo y, después, tenemos un equipito que investiga, trae la cosa en bruto. Hay cosas que se desechan. Otras que nos gustan y marcamos más o menos el formato. Carlitos se sienta, escribe y, finalmente, pasa a mi máquina y me pongo yo a hacer la corrección completa, cosa que me lleva varios días, hasta que ya no ardan las velas, pero estoy contentísimo. No soy un escritor. Yo soy un político que vio la oportunidad de decir cosas a través de un libro y que hay gente a la que le gusta tener ese libro para charlar.