El escenario político de América Latina atraviesa una de sus etapas más complejas y desafiantes de las últimas décadas. En un contexto marcado por el estancamiento económico, la demanda social por la inseguridad y el crecimiento de la polarización, las democracias tradicionales enfrentan dinámicas inéditas. Para desentrañar este panorama, dialogamos en Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190) con Gabriel Salvia, especialista en derechos humanos, institucionalidad y director de la Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL).
A lo largo de la entrevista, Salvia traza un paralelismo entre el surgimiento de figuras ajenas a la política tradicional en el continente y analiza con preocupación el desvanecimiento de los espacios de centro. Asimismo, evalúa la delicada situación humanitaria en Cuba tras las protestas que marcaron un punto de inflexión en la isla, advierte sobre los peligros de una eventual intervención exterior bajo la administración de Donald Trump y cuestiona con dureza la "complacencia" y la falta de firmeza de los líderes regionales frente al quiebre democrático del régimen de Nicolás Maduro en Venezuela.
Es el fundador y director general del Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL), una fundación privada y apartidaria cuyo objetivo es promover los derechos humanos, el desarrollo institucional y la solidaridad democrática internacional. En su rol de periodista, trabajó en medios gráficos, radiales y televisivos, especializándose en temas políticos, económicos y parlamentarios.
Tu trabajo histórico dentro de la región con respecto a los derechos humanos, la política y la institucionalidad dentro de América Latina me permite preguntarte: ¿cómo ves lo que está ocurriendo en Colombia a partir de una nueva polarización y de una nueva instancia con el surgimiento de un marginal de la política con posibilidades reales de ser presidente?
Viéndolo desde Argentina, la verdad es que es un escenario más polarizado que el nuestro. No recuerdo el escenario del balotaje ahora en Argentina, que era una disyuntiva para muchas personas que somos defensores de la institucionalidad democrática, de la transparencia y de la defensa de los derechos humanos. Viendo la situación de Colombia, la veo mucho más polarizada que la nuestra y, en particular, me preocupa básicamente la desaparición de los espacios moderados del centro, que son un poco los que gobiernan los países a los cuales les va mejor en el mundo.
¿Esto es similar a lo que sucede en la Argentina? Es decir, ¿puede ser una expresión de cansancio de lo establecido o es una idea de ir hacia un lugar desde el punto de vista político e incluso económico? Colombia siempre fue, "más liberal" desde lo económico comparado con varios países de la región, más allá de este tiempo de Petro, pero tiene ese perfil comparado con países como los nuestros.
En principio, aquí la situación era más previsible. En el caso de Colombia, su situación interna es mucho más compleja que la nuestra, y de ahí que haya una polarización mayor que hace que vayan oscilando distintas posiciones, aunque el gobierno actual que está terminando fue, de alguna manera, una novedad. Obviamente uno imagina, dado lo que pasa en otros países, que es un poco previsible lo que puede pasar si gana (Abelardo) De la Espriella, aunque también nos comentaban que tampoco es estrictamente un outsider. En ese caso, Javier Milei sí venía como un outsider, alguien que no tenía antecedentes en la política con un discurso muy disruptivo. Pasó de integrar la Cámara como diputado durante dos años, con dos miembros de su partido, a saltar a la presidencia rompiendo lo que uno siempre había entendido: que se necesitaba tener un partido a nivel nacional, fiscales y toda una estructura. En su caso, ganó en lugares que ni siquiera visitó ni tenía partido; fue algo más insólito. Aquí, al parecer, sin ser un experto en Colombia pero por la información que uno tiene, pasa a representar una suerte de "uribismo XL".
Es un poco lo que pasó también en Bolivia, donde se muestra al actual presidente como alguien que surgió en poco tiempo, pero viene de una familia que estuvo en el poder dentro del país; es decir, había antecedentes. Quizás el de Milei sí sea el caso más extraño dentro de este escenario, al no tener un vínculo directo con el poder y llegar a la presidencia. Desde tu punto de vista, Gabriel, ¿esto se impulsa más dentro de las sociedades latinoamericanas por la política o por la economía, o no es igual en todos lados?
Generalmente tiene que ver con la economía, pero depende de los contextos. En este caso parecerían las dos cosas: la gente no está conforme con el desempeño económico y, básicamente, por la situación de inseguridad, que hoy es lo que está demandando la mayor cantidad de personas en distintos países. En este caso, esta idea de seguir la política de (Nayib) Bukele de "mano dura", que mucha gente en Colombia dice que es irreplicable por la dimensión que tiene El Salvador comparado con casi cualquier país de América del Sur, y en especial Colombia, que tiene un territorio geográficamente muy heterogéneo y diverso. A simple vista suena más populista que otra cosa. Vivimos un momento increíble en la región donde la democracia, como la conocíamos, enfrenta una situación bastante desafiante, y yo diría que los derechos humanos aún más. La democracia es parte de los derechos humanos, las libertades civiles y políticas que conocemos, pero también está la idea de sociedades inclusivas donde se promueva el bienestar para todas las personas por la cuestión elemental de que no todas parten de la misma situación social. Ahí está el rol del Estado de tratar de ayudar a los más desfavorecidos y brindar oportunidades para todos.
También es interesante que, por más que haya matices, el sistema democrático dentro de la región está dando respuesta porque no se ha salido de él. Quizás lo de El Salvador está en una línea crítica, pero no se ha salido de las reglas de juego de la democracia occidental. Lo vivió Chile de derecha a izquierda y ahora a la derecha, o el caso de Brasil. Veremos cómo termina la historia de Bolivia, que quizás es el país con más diferencias, incluso étnicas, lo que plantea una crisis distinta para América Latina, pero no pasamos a un sistema que nos llevó a romper con las reglas de juego del sistema institucional. Por lo menos así lo veo yo desde la distancia.
Mayormente es así. Yo creo que El Salvador ya se salió. Ahí habría que preguntarle a los colegas periodistas, pero yo digo que ahí ya se salió. Pero bueno, tampoco refleja la realidad de América Latina por su dimensión territorial. América Latina tiene dos cuestiones muy importantes: es mayormente democrática si uno la compara con otras regiones del mundo, principalmente África y Asia; y después, que es mayormente pacífica. Siempre lo digo para que uno no sienta tanto cuando se queja de muchas cosas: por aquí no pasa ningún misil no piensa en Europa: Berlín está a 800 kilómetros de donde hay una guerra. A 800 kilómetros nuestros tenemos a Córdoba. No tenemos esos dramas de una guerra de agresión de Rusia a Ucrania y toda la expectativa del resto de Europa, especialmente los que están más cerca, de que eso se salga de las manos. Nosotros no tenemos ese problema y, siendo América Latina mayormente pacífica, debería enfocarse más en las cuestiones sociales. Creo que ahí hay dos grandes desafíos: uno es la transparencia, bajar los altos niveles de corrupción que atraviesan a los distintos gobiernos, como lo estamos viendo en Argentina. Y también, el salto al desarrollo.
La presión de Trump golpea a Cuba con el retiro de cadenas hoteleras extranjeras
Uno piensa en un país como Uruguay, que tiene una institucionalidad democrática muy alta pero no da el salto al desarrollo. No es que la gente diga que la situación está mal en un país y se va a Uruguay, sino que muchos dicen: "Miren, en Uruguay hay posibilidades de crecer y prosperar". Muchas veces los uruguayos buscan compararse con Corea o con otros países, y no con Argentina, porque comparados con Argentina siempre van a estar mejor. Luego tenemos el caso que, desde nuestro punto de vista, siempre había sido el más auspicioso de América Latina: el de Chile. Desde el retorno a la democracia gobernó una coalición de centroizquierda, moderna económicamente e inclusiva socialmente, con presidentes que iban cambiando. Con los gobiernos de Piñera tampoco cambió mucho en ningún sentido. Eso colapsó con las protestas del 2019, donde se cuestionaba a toda esa dirigencia que uno veía como la más moderna de América Latina, y a la cual ahora hace referencia el propio José Kast desde otro lugar político diciendo que eso fue lo que funcionó. Vivimos una guerra compleja, sobre todo con la irrupción de las redes sociales. Creo que es un factor clave tanto para los procesos electorales como para la comunicación y la formación de la opinión pública.
Gabriel, quiero aprovechar la parte final para llevarte a un tema que sé que seguís muy de cerca a través de tu organización: Cuba. Está en el centro de la escena dentro de la región, con intereses y necesidades políticas con los latinos en Estados Unidos, sobre todo en el sur de aquel país. ¿Cómo ves lo que está ocurriendo, con una situación extrema desde lo económico y sanitario, y con un proceso que puede llevar a una operación similar a la de Venezuela? ¿Qué visión tenés sobre lo que ocurre en la isla?
Hay dos cuestiones. Una es la situación interna, que es desastrosa desde todo punto de vista: político, económico y social. Es un mismo gobierno hace más de seis décadas. A veces nuestros líderes quieren perpetuarse en el poder para continuar reformas; esta gente continuó en el poder pero no ha dado nada de bienestar a su población, ni siquiera infraestructura. Básicamente es un sistema que combina la represión política con la restricción a la iniciativa privada. Por eso Cuba básicamente no produce nada. Frente a esto, hubo un inicio de transición con las protestas de 2021 que, para un país tan cerrado y con un miedo importante en la gente —porque la desafección a la revolución implica ir a prisión o al exilio forzado—, fue masiva y todos escuchamos los reclamos políticos, económicos y sociales. Eso dejó un indicador de que algo estaba cambiando en la sociedad cubana mientras el gobierno se mantiene siempre igual. Sabiendo que no hay elecciones libres, no le importa garantizar servicios y bienes a su población porque sabe que no va a perder la elección como pasa en un país democrático. Ante esto, emerge este segundo gobierno de (Donald) Trump y la posibilidad de una intervención, algo con lo que uno no está de acuerdo. Tengo muchísimas ganas de que se acabe la dictadura cubana, pero no me gustaría que fuera mediante esa forma.
No repetir lo de Venezuela.
Claro, que aparte son contextos distintos porque Venezuela tenía una oposición. Sería largo hablar del rol de América Latina frente a Venezuela y Cuba, pero en el caso de Venezuela hubo una elección donde ni siquiera intentaron un fraude; es una vergüenza. Maduro ni siquiera hizo como Lukashenko de decir "gané por tanto", aunque sea mentira; ni siquiera lo dibujaron. El rol de la región ha sido muy cómplice, siendo Venezuela un país con una larga tradición democrática que incluso nos ayudó a nosotros en nuestra dictadura. Todo el mundo vio el declive; es un ejemplo de libro de cómo mueren las democracias. Desde el cierre de RCTV en 2006, ya uno veía cómo terminaba la película. América Latina —líderes de centro, derecha y sobre todo de izquierda— fueron muy complacientes con la instauración de un régimen autocrático. Cuando llegó este momento de la elección donde no muestran las urnas, uno hubiese esperado algo más. Una persona como Lula (Da Silva), con llegada al gobierno venezolano, tenía que tomarse un avión, ir a Caracas y decir: "Mira, Nicolás Maduro, muestra las actas y, si perdiste, te tienes que ir porque esto va a ser una tragedia para la región". Es muy fácil echarle la culpa a Estados Unidos porque violó el sistema internacional; no estoy de acuerdo con eso, pero también hay que entender a la gente. ¿Qué más quieren que hagan? Salieron a protestar, los reprimieron, los encarcelaron, desaparecieron gente; van a la elección, la ganan y se la roban. Situaciones como esta hay en 60 países del mundo, y algunos son aliados del gobierno de Trump, pero no es lo que uno quiere: que una dictadura caiga de esa manera. La comunidad democrática internacional, especialmente en América Latina, tendría que hacer mucho más. Con Cuba es lo mismo: es el único sistema de partido único constitucionalizado de América Latina y recibe apoyo de sectores políticos que participan en espacios plurales. Si alguien me dice que defiende al gobierno cubano, me tiene que decir que quiere para su país un sistema así. Si defendemos un sistema en el cual no viviríamos, me parece que es muy hipócrita. Lamentablemente se da esta situación frente al gobierno de Trump, que es totalmente imprevisible. Más allá de cuestiones que se vienen hablando hace tiempo, como que Cuba está a 90 millas y a Estados Unidos le conviene algo pactado porque no desearía tener inestabilidad social tan cerca.
MEG / EM