La noticia es que Cristóbal López quiere entrar a la Unión Industrial Argentina (UIA). El empresario que sembró de casinos y tragamonedas el país desde que los Kirchner llegaron al poder ahora trabaja para despegar del resto de los hombres de negocios que cobraron notoriedad en los últimos siete años. López aún reporta al esquema oficial pero afirma que hace mucho que no visita al ex presidente en la residencia de Olivos.
Su ingreso a la central empresaria se da en un momento en que el establishment se debate entre secundar al Grupo Clarín en la guerra contra el Gobierno o preservar el vínculo con el matrimonio presidencial, y en el que los empresarios alineados con la causa K ventilan por primera vez las diferencias que los separan. ¿A qué juegan hoy Cristóbal López y los demás pingüinos del mundo de los negocios?
El pasaporte. Hace dos semanas, López –dueño de Casino Club y la petrolera Oil M&S– almorzó con el titular de Fiat, Cristiano Rattazzi, en el restaurante Mancini, de Recoleta. Y ya tiene agendada una cita con otro peso pesado para la semana próxima. Tras el encuentro, Rattazzi dijo que le encantaría tener a alguien como Cristóbal en la UIA. López cree que puede aportar mucho al debate empresario. Dice haberlo comprobado al participar del coloquio de IDEA en el 2009. “Nadie está pensando a cinco o diez años”, se queja. Su cambio viene de la mano de la consultora que contrató para blanquear su imagen. Ahora son pocos los que lo comparan con Alfredo Yabrán, por aquella obsesión de ocultar el rostro.
Cristóbal no está convencido de que el poskircherismo sea inminente pero se mueve como si así fuera. Precisamente esa ambigüedad es la que le asegura su pasaporte a las grandes ligas. Es que hoy ningún empresario de peso quiere aparecer ligado a los Kirchner pero –aun en lo que se anuncia como el eclipse pingüino– todos desfilan con gusto por la residencia de Olivos. En la lista figuran Gerardo Werthein, Carlos Miguens, Alfredo Coto, Eduardo Escasany, Jorge Brito y hasta Carlos Pedro Blaquier, quien logró una fina sintonía con Cristina Fernández de Kirchner. La mayoría se escuda en que las supuestas bondades de la oposición atentan contra la “seguridad jurídica” más que las probadas maldades del oficialismo.
Internas. Cristóbal López se lleva tan bien con Ernesto Gutiérrez, titular de Aeropuertos Argentina 2000, como mal con Enrique Eskenazi. El dueño de Casino Club recela y mucho del santafesino que se quedó con una parte de YPF –el CEO es su hijo Sebastián– y que además es propietario de los bancos de Santa Cruz, San Juan, Santa Fe y Entre Ríos. Es que en los primeros años del kirchnerismo, el ex presidente consultaba sólo a Cristóbal en materia petrolera. López, que repite que hoy su prioridad es el oro negro, nunca entendió el cambio. “Ahí está el petrolero”, dice con sorna cada vez que alguno de los Eskenazi aparece en público junto al matrimonio presidencial. Cristóbal considera que su competidor no conoce a fondo ese rubro. Con todos ellos, Kirchner mantuvo siempre un esquema radial que incentiva celos pero afianza lealtades.
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