La revista Noticias le subió la temperatura al arranque de este fin de semana con un número imperdible, de esos dignos de guardar. El título de tapa promete un golpe tremendo al eje central del discurso oficial: “La relación de Kirchner con los militares del Proceso”, dice. Y la nota (resultado de un simple pero hoy por hoy poco frecuente trabajo de hemeroteca), lo concreta. En síntesis:
* El actual Presidente de la República, autorreivindicado paladín de la lucha por los derechos humanos, mantuvo en los 80 excelentes relaciones con las autoridades militares de Santa Cruz.
* Promovió un acercamiento con las Fuerzas Armadas “por cuanto forman parte del cuerpo social de la Nación”, según las crónicas de los diarios santacruceños de entonces.
* Mantuvo reuniones con el jefe militar de Río Gallegos, general Oscar Guerrero, para acercarle el “amplio apoyo de las fuerzas vivas” a “la gesta” de Malvinas. Hasta su traslado a Santa Cruz, Guerrero había comandado la temible Policía Bonaerense.
* Defendió, incluso con la publicación de solicitadas, la “vigencia del estado de derecho”... en plena dictadura.
* Y hay más: su estudio de abogados defendió al jefe de la Policía santacruceña, de apellido Gómez Ruoco, acusado de varias violaciones de menores.
Hoy, Néstor Carlos Kirchner soporta las tensiones de sus peores días como presidente, fruto de la sobreexposición de las malas compañías que fue adoptando en la estructuración de su esquema de poder. Barrabravas, pistoleros sindicales y gobernadores tan ambiciosos como él, sólo le sirvieron durante las últimas semanas para amasar su circunstancia política más turbia. Claro que, ahora, los bravos pingüinos deberían empezar a preocuparse por las malas compañías de otros tiempos, los mismos tiempos a los que aseguran estar combatiendo y, por lo visto, no combatieron en su momento, cuando eran tan mansos...
El Proyecto K, desde un principio, supo ir saliendo ileso de las múltiples cuerdas que lo ataban a los 90 y al propio Carlos Saúl Menem. Pero nunca como hasta este fin de semana se habían podido comprobar –con fotos y textos periodísticos de la época– que el Kirchner que todos vemos no sería más que una reinvención antojadiza de sí mismo. El hombre que increpa a casi todo el mundo echándole la culpa de los innumerables fracasos y bestialidades argentinos, no resiste un archivo.
Como George W. Bush (salvando todas las distancias, desde luego, porque allá las guerras promovidas son guerras de veras), Kirchner ha diseñado una estrategia basada en su propia versión del “eje del mal”, colocándose en el pedestal de salvador de la Patria y la nacionalidad. Su combate contra “los malos” se publica en la prensa oficialista y sale por la tele en capítulos diarios. Sin embargo, según se va sabiendo a cuentagotas, fue socio o muy amigo o aliado momentáneo de aquellos “malos” cuando estaban en pleno uso de sus facultades mentales y políticas.
El filósofo norteamericano Richard J. Bernstein, alguien muy de moda actualmente en los Estados Unidos por los debates que plantea, escribió en su reciente libro El abuso del mal: “Para ser franco, tanto discurso sobre el mal me deja muy consternado, ya que creo que el nuevo discurso sobre el bien y el mal, que divide el mundo según esta dicotomía simplista y absoluta, constituye un abuso del mal”. Se lo dice a Bush, se entiende. Pero tal vez también valga para el principal habitante de la Casa Rosada.
Por lo demás, se va entendiendo por qué los bravos pingüinos de hoy eligieron al periodismo como uno de sus rivales predilectos: todo se archiva.