Si el deterioro de la democracia mundial y el auge de la extrema derecha tienen que ver con que los sistemas democráticos no logran mejorarle la vida a la gente y no se concentran en el día a día del ciudadano de a pie, Lula tuvo un enorme acierto de campaña. Dejó de plantear, como en la primera vuelta de esta elección, que la democracia estaba en riesgo, para tomar medidas concretas para defenderla: acortar la semana laboral, incrementar la Bolsa Familia y hablar de los problemas de inseguridad que preocupan a los brasileños. Lula dejó el eslogan “Democracia o barbarie” para hablar de la vida de los brasileños, del trabajo, de las ayudas, de la seguridad. Lula no explicó las bondades de la democracia, hizo política para preservarla. La política, el arte de lo posible, de transformar millones de vidas y de ideas que mueven montañas. Y esta no es la primera vez que Lula logra lo imposible.
Para quienes no saben su historia, hacemos un breve repaso. Nació en 1945 en el estado brasileño de Pernambuco, en una familia de campesinos pobres. A los siete años emigró con su madre y sus hermanos a San Pablo, como tantos nordestinos que escapaban de la pobreza. Trabajó desde chico como lustrabotas, vendedor ambulante y empleado de una tintorería. A los 14 años ingresó a una fábrica y se formó como tornero mecánico en el SENAI. Un accidente laboral le hizo perder el dedo meñique de la mano izquierda.
Fue en las fábricas del cordón industrial del ABC paulista donde Lula descubrió la política. En 1975, con apenas 29 años, fue elegido presidente del Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema. En plena dictadura militar, se convirtió en una figura nacional al encabezar las grandes huelgas obreras de fines de los años setenta, que desafiaron al régimen y reclamaron mejores salarios. En 1980, durante una nueva oleada de conflictos, fue detenido durante 31 días.
Ese mismo año fundó el Partido de los Trabajadores (PT), junto con sindicalistas, intelectuales, militantes de izquierda y movimientos sociales. La apuesta era construir una fuerza política nacida de los trabajadores, independiente de las élites tradicionales. Lula también participó de la campaña por elecciones directas y, en 1986, fue elegido diputado constituyente con la mayor votación del país.
En 1989 disputó la primera elección presidencial directa tras la dictadura, pero perdió en segunda vuelta frente a Fernando Collor de Mello. Volvió a presentarse en 1994 y 1998, y fue derrotado ambas veces por Fernando Henrique Cardoso. Con el tiempo, moderó su discurso económico y amplió sus alianzas hacia sectores empresariales y del centro político. En 2002, acompañado por el empresario José Alencar como candidato a vicepresidente, ganó finalmente la presidencia con casi 53 millones de votos. El obrero que había surgido de las huelgas contra la dictadura llegaba al poder por las urnas. El triunfo de Lula fue siempre abrazar al diferente, a quienes antes lo rechazaban. Antes, los empresarios; luego, quienes lo metieron preso. Lula siempre tiene espacio para ampliar su política.
Ahora, Lula, con esta remontada histórica, se transformó en uno de los políticos más importantes del siglo XXI. No solo fue el político que, junto con Fernando Henrique Cardoso, transformó a Brasil en la octava potencia mundial, sino que es el dirigente más eficaz a la hora de frenar a la extrema derecha, siendo el fenómeno más importante de la actualidad. Es decir, Lula fue clave en la primera ola progresista de gobiernos latinoamericanos y en la creación de los BRICS, como bloque económico alternativo a Estados Unidos. Pero también es fundamental como freno a la segunda ola política, la de la extrema derecha. Derrotó en 2022 a Bolsonaro padre, aliándose con la extrema izquierda y con la centroderecha en un frente democrático, y luego resistió contra la embestida de Bolsonaro hijo. En el medio, tuvo que enfrentar un intento de golpe de Estado.
Si la historia la hacen los individuos o hay fuerzas y tendencias que se imponen es un debate que lleva cientos de años. En este caso, evidentemente hubo una reacción democrática al fenómeno de la extrema derecha, encarnado en Flávio Bolsonaro, pero encontró a un dirigente de la talla de Lula, que pudo encararlo. Lula tuvo la grandeza política para notar el error de la campaña de la primera vuelta y revertirla. Eso es un político: alguien que tiene ideales, pero logra interpretar el sentir popular para adaptar su táctica, con el objetivo de que sus ideas den respuestas a las demandas sociales. Lula, de 80 años, representa a un hombre que luchó toda la vida por la democracia y los trabajadores y, a su vez, representa que el fenómeno de reacción a la extrema derecha no logra dotarse de nuevos dirigentes, de nuevas generaciones. La barrera contra el bolsonarismo no está madura; tuvo que recurrir al mismo dirigente, que debe cargar en su cuerpo octogenario nuevamente el peso de la historia.
Ahora bien, la talla política de Lula se mide porque hizo un esfuerzo que muchos dirigentes del progresismo no logran encarar: no se enojó con la época, trató de entenderla para operar sobre ella.
Así fueron las primeras reacciones de los presidentes del mundo al triunfo de Lula en Brasil
La historiadora y politóloga Ana Iparraguirre, en este mismo programa, había planteado algo interesante. Si en la primera vuelta la pregunta era si Lula sí o Lula no, y la respuesta fue Lula no. Luego, tras el triunfo de Flávio Bolsonaro en primera vuelta, la pregunta que cruzó el balotaje fue si Flávio sí o Flávio no y, evidentemente, triunfó Flávio no.
En ese proceso, Lula operó y tuvo aciertos en el debate, en el que mostró a Bolsonaro como alguien agresivo y sin ideas. Lula lo acorraló con las acusaciones de corrupción y señaló que tenía el mismo plan de ajustes de Milei, un personaje evidentemente en caída mundial de popularidad. Muy evidentemente, las leyes de esta época no son en las que Lula se mueve con mayor soltura. No obstante, hizo un giro en su trabajo de redes, entró en el cruce de acusaciones con Bolsonaro y se midió en un terreno en el que la derecha es ágil.
El cambio más significativo de la campaña de Lula se produjo en el terreno digital. Después de terminar la primera vuelta detrás de Bolsonaro, el presidente comprendió que no alcanzaba con defender su trayectoria ni con advertir sobre los peligros de la extrema derecha: debía disputar el lenguaje, los ritmos y las formas de comunicación en los que el bolsonarismo había demostrado mayor eficacia. La campaña, que hasta entonces había privilegiado los actos tradicionales, la distribución de materiales impresos y una comunicación más institucional, aceleró su inversión en publicidad digital. Según un relevamiento de Folha de S.Paulo, Lula pasó de destinar menos de tres millones de reales a publicidad paga en plataformas de Meta antes de la primera vuelta a unos siete millones para el 13 de octubre. Más del 68% de los anuncios difundidos desde julio se concentraron después del primer turno.
Pero la transformación no consistió solamente en poner más dinero. El diputado André Janones convirtió el canal de WhatsApp Exército do Lula, que antes de la primera vuelta tenía alrededor de 50.000 integrantes, en una central de movilización digital que superó los diez millones. Desde allí se distribuían videos, audios y consignas para que los simpatizantes reprodujeran los contenidos en sus propias redes. La campaña buscaba multiplicar su alcance mediante una militancia activa, capaz de disputar cada conversación, responder a los adversarios y hacer circular sus propios argumentos. Lula, que tradicionalmente había sido reacio a las redes sociales, también comenzó a grabar videos verticales, en formato selfie, para mostrarse de una manera más directa y cotidiana.
Los resultados en las plataformas acompañaron el cambio. Según la consultora Quaest, el Índice de Popularidad Digital de Lula pasó de 70,7 puntos el día de la primera vuelta a 82,6 entre el 4 y el 15 de octubre, mientras Flávio retrocedió de 80 a 76,4. Otro relevamiento, de HypeAuditor, contabilizó 136,5 millones de interacciones en las publicaciones de Lula después del primer turno, frente a 39,4 millones de su adversario. Son indicadores de atención y participación, no una medición directa de votos, pero muestran que la campaña consiguió modificar la dinámica de la conversación digital.
La enseñanza es política antes que tecnológica. Lula no necesitó convertirse en un influencer ni renunciar a su identidad: necesitó comprender que sus ideas ya no podían circular solamente a través de los canales tradicionales. En lugar de enojarse con una época que parecía favorecer a sus adversarios, adaptó su táctica para intervenir en ella. La democracia dejó de ser únicamente el tema de sus discursos y se convirtió también en una disputa por la atención, la participación y la capacidad de movilizar a millones de ciudadanos.
Ahora, el futuro que Lula tiene por delante es desafiante: un Congreso de mayoría bolsonarista y los gobernadores, mayoritariamente opositores. En su discurso, adelantó que se sentará a negociar con todos porque respeta la elección del pueblo brasileño y adelantó que se ocupará de los grandes temas de la época. Quiere una inteligencia artificial brasileña y un país que pase de la periferia al centro del mundo.
Un hombre sobreponiéndose a todo. Eso fue su discurso, casi sin voz, con el semblante cansado y, aun así, el discurso con más contenido que se ha visto en muchos años.
Por parte de Flávio Bolsonaro, su discurso reflejó el triste legado de su padre. Planteó que no respeta los resultados y que va a pedir su anulación. Si el discurso de Lula, ya vencedor, planteó que el bolsonarismo era un peligro para la democracia, el discurso de Flávio lo confirmó al instante.
Ya habrá tiempo para evaluar el impacto de las elecciones de Brasil en Argentina. Por lo pronto, esta es una obvia derrota para Milei. Los gobernadores que se sentaban para evaluar suspender las PASO seguramente tendrán menos incentivos para hacerlo. Pero hoy quería dedicarle esta columna a ubicar la figura de Lula y su peso en el escenario político del país vecino y su contribución a la defensa de la democracia brasileña y mundial.
Si Alfonsín había planteado que con la democracia se come, se educa y se cura, Lula le dio una vuelta a la máxima del padre de la democracia argentina. La democracia solo logra sostenerse si con ella se come, se educa y se cura. Si esto no sucede, lamentablemente se prepara el terreno para que populistas de diferentes colores traten de avanzar sobre ella.