POLITICA
recordando sin ira

“No se toma el poder sin violencia”: Enrico Calamai, el testigo incómodo regresa a la Argentina

Entre 1976 y 1977, mientras Buenos Aires conservaba una apariencia de normalidad, en sus márgenes se desplegaba una maquinaria de secuestro y desaparición. Destinado en el consulado italiano, Enrico Calamai fue testigo de esa violencia y en muchos casos intervino para ayudar a 300 argentinos que estaban en peligro. Décadas después, ordenó sus recuerdos en un libro: “Niente asilo politico”, publicado por el sello Feltrinelli, una memoria precisa, sin énfasis heroicos, sobre lo que se veía, pero no podía nombrarse. De visita en Buenos Aires en ocasión de los 50 años del golpe, habló con PERFIL.

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Calamai. El lunes pasado, aprovechando la visita del exdiplomático a la Argentina, fue entrevistado por Jorge Fontevecchia. | cedoc

Hay destinos administrativos que, por error o por rutina, terminan rozando la historia. Enrico Calamai llegó a Buenos Aires como un funcionario más, joven, más bien inexperto, con la vaga expectativa de continuar una carrera diplomática sin sobresaltos. No vino a intervenir en nada. No vino a salvar a nadie.

Entre 1976 y 1977, sin embargo, le tocó estar en un lugar donde el lenguaje empezó a desmoronarse: lo que se llamaba “orden” era secuestro, lo que se llamaba “procedimiento” era desaparición, y lo que se llamaba “normalidad” era, en el mejor de los casos, una cuidada puesta en escena.

Al principio no entendió. Nadie entendía del todo. El centro de la ciudad funcionaba, los bares abrían, se iba a trabajar. Pero en la periferia empezaban las irrupciones nocturnas, los autos sin patente, la gente que dejaba de estar. No había todavía palabras suficientes para nombrarlo.

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Calamai hizo algo que, en ese contexto, no tenía nada de heroico y sí bastante de incómodo: empezó a ayudar. No por vocación épica, sino por una combinación de responsabilidad, obstinación y una interpretación bastante literal de lo que significaba trabajar para un Estado que decía defender los derechos humanos.

Emitía pasaportes, organizaba salidas, establecía contactos, a veces bordeando –y a veces atravesando– las instrucciones de sus superiores, que preferían no complicar las relaciones con los militares argentinos. El mecanismo era precario: nombres que debían llegar a Italia, intervenciones políticas discretas, presión mediática en casos extremos. Todo dependía de que alguien lograra ser nombrado antes de desaparecer del todo.

Durante meses, ese sistema imperfecto funcionó. Siempre había una salida, dice él. Siempre.

Después se fue. Volvió a Roma en una crisis profunda, convencido durante años de que quizá había exagerado, de que tal vez todo había sido una deformación de su percepción. Solo mucho más tarde, en los años noventa, cuando volvió a encontrarse con quienes habían pasado por el consulado, entendió que no.

Entonces empezó a escribir.

Lo que sigue es la transcripción de esa memoria, ya ordenada por el tiempo, pero todavía atravesada por la dificultad persistente de contar lo que, en su momento, ni siquiera podía pensarse del todo.

—Para empezar quisiera saber cuál es su situación hoy, qué hace hoy, cuál es su vida hoy.

—Yo estoy jubilado desde hace mucho tiempo, mis intereses son la política, soy miembro de un partido de izquierda, extraparlamentario porque tenemos una ley electoral que reduce al máximo los partidos, no es proporcional y por lo tanto aplasta las posibilidades de los partidos de izquierda; entonces la política, los derechos humanos, en mi opinión, son un tema que sigue siendo absolutamente prioritario. Se dice que ya no cuentan porque son pisoteados sistemáticamente, pero creo que esa es la razón para tratar de hacer que cuenten. Y además me gusta escribir, estoy tratando de escribir, aunque con esfuerzo, porque no tengo una vida fácil y por lo tanto me resulta difícil encontrar el tiempo, pero en fin, todos los días trato de concentrarme en la escritura.

—¿Qué está escribiendo?

—Estoy escribiendo sobre algo que ciertamente no es un tema original, pero que estoy viviendo en primera persona: la vejez, pero la vejez como verdaderamente es, no como suele ser mitificada con la retórica. En suma: una vejez neorrealista.

—¿En qué momento siente que el recuerdo de lo que vivió empezó a convertirse en un relato, en una historia?

—Yo volví a Roma en el 77, me habían ya sustituido seis meses antes de que me tocara partir; sabemos que no se cambia el caballo en medio del vado, ¿no? El gobierno italiano no estaba de acuerdo con mi actuación y me tenía que ir. Estiré la situación todo lo que pude y al final comprendí que no podía seguir adelante. Y volví a Roma con grave crisis psicológica, mental.

Para hablar con claridad, porque es inútil, cincuenta años después, tratar de embellecer la realidad, yo estaba muy mal, entre otras cosas porque sabía lo que dejaba, la realidad que dejaba aquí.

—¿Eso fue en 1977?

El 7 de mayo del 77.

—Un año después del golpe...

Un año después del golpe.

—O sea que todo lo que ustes hizo lo logró solamente en un año...

—Sí. Estaba muy mal, Busqué de todos los modos posibles contactos a nivel político del Partido Comunista para decir, ¿miren, ustedes no se dan cuenta que en Argentina hay una caza del hombre? Pero nadie me creía.

Tuve que volver a Italia estando muy mal y encontré un relativo equilibrio olvidando todo. Es más, muchas veces me decía: “¿Pero no será que son todas fantasías mías? Porque todos niegan, todos me dicen que no pasa nada.”

En fin, salí de esa situación mental de crisis olvidando todo, metiendo todo en un cajón cerrado en lo más profundo. Y así fue hasta los años 90, finales de los años 90, cuando me llamaron para testificar en el proceso que se le hizo en Roma a los militares argentinos. En ese momento encontré gente, reconocí gente que había pasado por el consulado. Entonces me dije: “Entonces era todo verdad.” Y poco a poco volví a recordar. Y se me ocurrió la idea de escribir lo que había vivido para encuadrar bien mis recuerdos, sistematizarlos, y sobre todo pensando que quizá era un modo para hacer legible lo que después se convirtió en la parte final del libro Niente asilo politico, que era lo que más me interesaba, la parte política, mi percepción política de lo que había sucedido.

—¿Qué percepción tenía de la Argentina cuando llegó usted aquí por primera vez?

—Ninguna percepción. Era muy joven, era muy, cómo decir, estaba poco preparado. Pero lo que encontré fue una Argentina que se parecía mucho a Italia. No cambiaba nada: gente como la que había en Roma, la misma que yo frecuentaba, una juventud comprometida políticamente y una ciudad muy estimulante desde el punto de vista cultural, con teatros, cine, exposiciones, vivaz, vital. Estaba muy bien, pero no tenía una idea de lo que iba a encontrar.

—¿Siente que a veces la memoria lo traiciona?

—Mi memoria logré cristalizarla en el libro. Creo que no, creo que no me traiciona, pero hay un hecho: cada tanto encuentro a alguien que me saluda, que pasó por el consulado, y no lo reconozco. Entonces... creo que sucede como con el barman. Si usted va siempre al bar, el barman lo reconoce, pero el barman no necesariamente reconoce al cliente, porque tiene muchos. Simplemente es amable, finge que lo reconoce. ¿Entiende?

—¿Qué parte de lo que vivió aquí sintió cuando escribía el libro que no podía narrar?

—Mi esfuerzo era acercarme lo más posible a la realidad que había vivido, evitar la retórica, adherirmde a lo real con la simplicidad de lo real, porque traré de contar las cosas como las recordaba, evitar, ¿cómo decir? los vuelos pindáricos. Limitarme a lo vivido.

—¿Hubo un instanter mientras estaba aquí, un instante preciso en el que sintió que algo irreversible estaba ocurriendo?

—No, no hubo un instante, no. Más bien fue un percibir progresivo. Digo un percibir porque había estado en Chile, poco tiempo, pero el suficiente para entender.

—Cuando los militares chilenos lanzaron sobre el muro de la embajada el cadáver de Lumi Videla...

—Sí, sí. Me enviaron para poner en orden las cosas. Entonces, Italia no tenía relaciones bilaterales oficiales, no reconocía el gobierno de Pinochet, no tenía embajador. Tenía un joven diplomático como número dos que fue expulsado después del asunto de Lumi Videla. Roma no podía acreditar a otro diplomático porque no reconocíamos el gobierno. La opinión pública se habría escandalizado. Entonces me mandaron a mí, que estaba ya en Buenos Aires, en misión, sin siquiera el visado. Es decir no se podía escribir a la embajada chilena en Buenos Aires para pedir un visado para un funcionario que iba en misión. Y en fin, allí en Santiago entendí la violencia que desencadena, que necesariamente desencadena un golpe de Estado. No se toma el poder sin el uso de la fuerza. Sin la violencia. Una violencia extrema. Una violencia de masa. No es ya como en los tiempos en los que había cuatro generales que se telefoneaban entre ellos y decían nosotros tomamos el poder y ustedes se van. Era ya un movimiento de masa, el de Salvador Allende, y había que eliminar a todos. O aterrorizar a todos eliminando una parte suficiente como para infundir el terror.

—¿Entonces esa experiencia chilena le sirvió para reconocer enseguida lo que sucedía aquí?

—No digo reconocer, pero sí entender que aquí no podía no haber violencia. No entendía cómo, pero el mismo día, el 24 de marzo del 76, me encontré con un amigo periodista, corresponsal del Corriere della Sera, Gian Giacomo Foà, que me dijo, mira, en las afueras, en la inmensa periferia de Buenos Aires, no es verdad lo que ves, es verdad que no hay los carros armados, pero hay irrupciones en las casas con coches sin patente, grupos de civiles que agarran a uno y se lo llevan; puestos de control en la periferia, ómnibus que son detenidos, pasajeros que son llevados, entonces el centro era normalísimo, lo recuerdo bien, habían pasado seis días, lo recuerdo perfectamente, fui a trabajar como cualquier otro día, pero había indicaciones de que algo fuerte y duro estaba sucediendo. Después de algunos días vinieron a verme un grupo de chilenos que me dijeron que estaban aterrorizados, porque estaban en un refugio de las Naciones Unidas como refugiados políticos, pero por la mañana habían llegado militares chilenos de civil, que ellos habían reconocido enseguida, a pedir la lista de los chilenos presentes; entonces se asustaron y fueron a la embajada, donde no los habían dejado entrar, y vinieron al consulado diciendo: “Aquí está pasando algo”. Luego llegaron padres de chicos que se habían llevado, que querían presentar el habeas corpus, pero no encontraban un abogado dispuesto a hacerlo, porque habían sido amenazados y asesinados, y entonces nosotros buscamos a alguien que lo hiciera, y luego llegaron jóvenes que decían: “Si nos echan de aquí, para nosotros es el fin”. Entonces, en un lapso de diez días, dos semanas, quedó claro que estaba en curso la caza del hombre. No se sabía claramente qué sucedía, eso no lo sabía nadie, ni siquiera las madres, las madres supieron recién en el 79, en Puebla, cuando el papa Juan Pablo II dijo que había llegado el momento de rezar por el alma de sus hijos, que sus hijos habían muerto, pero hasta ese momento no se lograba entender dónde estaban, había leyendas urbanas en las que nadie creía, algunas voces hablaban de campos de concentración de reeducación en la Patagonia de donde habrían vuelto reeducados. Gian Giacomo Foà, en febrero del año siguiente, encontró una patota en la puerta de su casa, por la noche, y le dijeron: “Volveremos mañana y si te encontramos te matamos a vos y a tu familia”. Cuando me llamó para contarme eso, antes de irse, me dijo que había cadáveres que llegaban a las costas de Uruguay de gente con el vientre lleno de agua, lo que quería decir que estanba vivos en el momento en que habían sido lanzados al agua.

—Me interesa entender los papeles precisos que en esta trama tenían usted, Gian Giacomo Foà y Filippo di Benedetto...

—El Ministerio de Exteriores en Roma, y por lo tanto la embajada, y por lo tanto el cónsul general del que yo dependía, no querían que se ayudara a quien estaba en peligro de vida. Y no lo querían porque daban prioridad al mantenimiento de buenas relaciones con los militares, tutelaban los intereses económicos, seguramente el trigo, por lo tanto para mí era muy difícil moverme, la única posibilidad era que una persona llevara a Italia los nombres, yo tenía un canal de comunicación con el Partido Comunista, que era mi hermano, y el Partido Comunista se movía, es decir aparecía un pequeño recuadro en el diario L’Unità diciendo “este señor está siendo perseguido, ¿qué hace el Ministerio de Asuntos Exteriores para tutelarlo de inmediato? Entonces la Farnesina, la sede del Ministrerio de Asuntos Exteriores, nos escribía diciendo: tutelen al señor tal y tal, porque se quería evitar el escándalo, era muy dañino el escándalo de un italiano expulsado del consulado en Argentina. Entonces nos ordenaban darle una mano a esa persona, pero en toda esa mecánica el punto débil era la transmisión del nombre, y esto lo hacía Filippo. El papel de Gian Giacomo era publicar algo en el Corriere, si el Corriere lo publicaba, denunciando lo que ocurría, era algo tan grave que el Ministerio reaccionaba enseguida. Pero no podíamos hacer eso a menudo: El Corriere pertenecía a la P2.