El Día Mundial del Cáncer de Ovario, cada 8 de mayo, busca poner luz sobre una de las patologías ginecológicas más complejas. En Argentina, el panorama es de alerta: según datos del Instituto Nacional del Cáncer, se diagnostican anualmente unos 2.300 casos, convirtiéndose en el tumor ginecológico con la mayor tasa de mortalidad en el país debido, principalmente, a la demora en el diagnóstico.
Sin embargo, a diferencia de otros tumores, el cáncer de ovario no suele causar dolor en sus estadios iniciales. El cuerpo envía señales que frecuentemente son subestimadas o confundidas con malestares gastrointestinales.
Así, la Dra. Valeria Valko, ginecóloga de OSPEDYC, señala que la clave reside en la persistencia de los síntomas. Entre los principales indicadores se encuentran: hinchazón abdominal constante, saciedad rápida al comer, necesidad frecuente de orinar y dolor pélvico que no desaparece.

El riesgo aumenta después de los 60 años, pero existen factores determinantes que exigen una vigilancia estrecha. La genética ocupa un lugar central: poseer antecedentes familiares directos de cáncer de ovario, mama o colon — relacionados con las mutaciones de los genes BRCA1 y BRCA2— incrementa las probabilidades.
Algunos de los factores influyentes incluyen:
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No haber tenido hijos.

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Haber cursado el primer embarazo después de los 35 años
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Sedentarismo y tabaquismo.
El control anual
En este momento, no existe un test de rutina equivalente al Papanicolaou (PAP) para el cáncer de ovario, lo que hace que la consulta médica sea irremplazable. “La mejor defensa es el control ginecológico anual. El examen clínico, la ecografía transvaginal y los análisis de marcadores tumorales son las herramientas fundamentales para actuar a tiempo”, remarca la Dra. Valko.
Además de los controles, mantener un peso saludable y prolongar la lactancia materna son hábitos que ayudan a reducir el riesgo. En pacientes con antecedentes genéticos de muy alto riesgo, la medicina actual incluso permite evaluar cirugías preventivas.
MV