Una de las tecnologías más vanguardistas en la lucha contra el cáncer ha comenzado a romper las fronteras de la oncología. Se trata de la terapia con células CAR-T, una técnica altamente personalizada que extrae las propias células inmunitarias del paciente, las rediseña genéticamente en un laboratorio para capacitarlas para reconocer objetivos específicos y las devuelve al organismo para combatir la enfermedad.
La terapia CAR-T requiere generalmente sólo una infusión de células reprogramadas, pero puede generar reacciones inmunitarias extremas que, incluso, pueden llevar a la muerte. De ahí que requiera ser personalizada y suministrada por un equipo médico multidisciplinario.

Un “fármaco vivo”
Tras cosechar notables remisiones en cánceres de la sangre como leucemias y linfomas, un equipo de la Escuela de Medicina de Yale (YSM) y del Yale Cancer Center ha comenzado a ensayar esta herramienta en pacientes con autoinmunidad severa, incluyendo lupus, esclerosis múltiple y esclerodermia.
A diferencia de los tratamientos tradicionales de mantenimiento que deben administrarse de manera continua para contener los síntomas, la terapia CAR-T suele aplicarse en una sola vez.
“La terapia CAR-T es lo que llamamos un fármaco vivo”, explica Michael Hurwitz, profesor asociado de oncología médica en Yale.. “Cuando funciona bien, esas células no solo atacan a su objetivo una vez: se expanden, persisten y continúan funcionando dentro del cuerpo.”
En las enfermedades autoinmunes, el sistema de defensa del cuerpo se desorienta y ataca por error a los tejidos sanos del propio paciente. Por ello, los médicos buscan ir más allá de la supresión constante de los síntomas y aspiran a limpiar las células defectuosas.
“Muchas enfermedades autoinmunes son causadas por un sistema inmunitario que se vuelve rebelde”, señala el Dr. Hurwitz. “Si se lograra identificar y eliminar las células responsables, podrías reiniciar la enfermedad en lugar de simplemente reprimirla”

¿Qué es la terapia con células CAR-T?
La terapia con células CAR-T o la terapia CAR-T (abreviación de terapia con células T con receptor quimérico para el antígeno) es un tipo de terapia genética basada en células que modifica los genes de las células o los linfocitos T (un tipo de glóbulo blanco) de una persona para que ataquen las células cancerosas.
Este tipo de tratamiento puede ser muy útil para tratar algunos tipos de cáncer, incluso cuando otros tratamientos ya no funcionan.
El sistema inmunitario reconoce sustancias extrañas en el cuerpo al identificar proteínas llamadas antígenos en la superficie de esas células. Las células inmunitarias llamadas células T (a veces llamadas linfocitos T) contienen sus propias proteínas llamadas receptores, las cuales se unen a los antígenos extraños y ayudan a activar otras partes del sistema inmunitario para que destruyan la sustancia extraña.
La relación entre los antígenos y los receptores inmunitarios es como la de una cerradura y una llave. Así como una cerradura solo se puede abrir con la llave correcta, cada antígeno extraño tiene un receptor inmunitario específico que puede unirse a él.
Las células cancerosas también tienen antígenos, pero si las células inmunitarias no tienen los receptores adecuados, no pueden unirse a los antígenos ni ayudar a destruir las células cancerosas.
En la terapia con células CAR-T, las células T se extraen de la sangre y se modifican genéticamente en un laboratorio para que en la superficie externa contengan un receptor llamado receptor quimérico para el antígeno (CAR, por sus siglas en inglés). De esta manera, las células T pueden unirse a un antígeno específico de células cancerosas. Luego, las células CAR-T se devuelven en la sangre.
Dado que los distintos tipos de cáncer contienen antígenos diferentes, cada receptor quimérico (CAR) se diseña para el antígeno específico de un tipo de cáncer. Esto significa que las terapias con células CAR-T son monoclonales: cada una está diseñada para reconocer un solo objetivo.
Por ejemplo, en ciertos tipos de leucemia o linfoma, las células cancerosas contienen un antígeno llamado CD19. Muchas de las terapias con células CAR-T para tratar estos tipos de cáncer están diseñadas para unirse al antígeno CD-19, y no funcionarán en un cáncer que no contenga el antígeno CD19.

Atravesar barreras invisibles: el reto de la esclerosis múltiple
En enfermedades como la esclerosis múltiple (EM), las defensas atacan la capa de mielina que protege el cerebro y la médula espinal. Aunque los fármacos actuales basados en anticuerpos monoclonales ayudan a reducir los brotes- al limpiar células B de la sangre-, no consiguen eliminar a las células B alojadas profundamente en los tejidos ni logran penetrar en el cerebro.
Las células CAR-T reprogramadas (diseñadas para buscar el marcador CD19) no presentan estas barreras físicas. Erin Longbrake, profesora asociada de Neurología e investigadora principal de un ensayo clínico en Yale, destaca este punto crucial. “Los anticuerpos monoclonales que usamos actualmente hacen un excelente trabajo limpiando las células B de la sangre, pero no eliminan eficazmente las que están en los tejidos ni llegan al cerebro. Una célula CAR-T no tiene esas barreras”
A pesar de las grandes expectativas que despierta en pacientes resistentes a terapias convencionales, la especialista hace un llamado a la prudencia: “Las grandes preguntas ahora son si esto realmente cambia el curso de la enfermedad y en qué pacientes. Son números muy pequeños, pero hasta el momento el perfil de seguridad ha sido alentador. Aún necesitamos entender a quién puede ayudar este enfoque y a quién no”.
Más allá de la estabilidad en la esclerodermia
Un reto similar enfrenta la esclerodermia (o esclerosis sistémica), afección en la que la disfunción inmune desencadena inflamación, daño vascular y cicatrización (fibrosis) en la piel y en órganos vitales, como los pulmones. Los tratamientos actuales pueden frenar el deterioro pulmonar, pero rara vez devuelven la función perdida.
“Si logramos darte medicamentos que mantengan tu función pulmonar tal como está, ya es una victoria. Pero ¿no sería fantástico ir más allá y prevenir el deterioro de la función pulmonar en pacientes con esclerosis sistémica y alto riesgo de enfermedad pulmonar progresiva?”, pregunta Monique Hinchcliff, directora del Programa de Esclerodermia de Yale.

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Promesas extraordinarias con supervisión rigurosa
El enorme poder de la terapia CAR-T exige un control médico exhaustivo debido a posibles efectos secundarios como el Síndrome de Liberación de Citocinas (CRS) —una reacción inflamatoria que causa fiebre y presión arterial baja— o síntomas neurológicos temporales.
“Se requiere un programa integral, no solo un médico aislado, para administrar estos tratamientos”, advierte Stuart Seropian, director del Programa de Trasplante de Células Madre del Yale Cancer Center.
No obstante, el Dr. Seropian aporta un dato optimista: en cáncer, la gravedad de los efectos secundarios suele relacionarse con la cantidad de carga tumoral, algo que difiere en las patologías autoinmunes. “En éstas, esa carga no existe de la misma manera”, lo que explica por qué el perfil de seguridad ha resultado más tolerable en los primeros ensayos fuera de la oncología.
“Son terapias extraordinarias, pero exigen que seamos muy precisos sobre a quién tratamos, dónde lo hacemos y qué riesgos están dispuestos a aceptar los pacientes”, concluye Michael Hurwitz.
Además, hay que tener en cuenta que se trata de una terapia muy costosa. En promedio, en los Estados Unidos, el costo de las células CAR-T por sí solas puede variar entre 300.000 y 475.000 dólares debido a la complejidad del proceso de obtención y fabricación de las células. En estas cifras no se incluyen los costos de hospitalización, pruebas, procedimientos ni otros gastos, lo que pueden hacer que el costo total supere con creces los 500.000 dólares.
Pero aunque la ciencia básica para la terapia CAR-T se desarrolló en Estados Unidos y Alemania, un informe de Boston Consuting señala que hoy es China la que está al frente de los mayores avances. Según la revista Nature, de los 140 estudios CAR- T que se llevan a cabo en el mundo, 82% están siendo desarrollados en China. Sin embargo, también muchos pacientes han fallecido en sus ensayos, lo que subraya los riesgos que todavía tiene esta terapia vanguardista y la necesidad de regulaciones sociales.