Jorge Julio López escribía en un cuaderno una y otra vez los recuerdos de sus días de cautiverio en los cuatro centros clandestinos donde estuvo durante dos años y medio. Sus relatos comenzaban el 27 de octubre de 1976, cuando un grupo de tareas comandado por Miguel Etchecolatz lo secuestró. Cuando llegaba al día de su liberación, volvía a empezar. “Era su manera de no olvidar”, aseguran sus amigos.
Treinta años después, este albañil de 77 años se convirtió en uno de los testigos clave en el juicio contra Etchecolatz. Pero el pasado 18 de septiembre, antes de poder escuchar que a su victimario lo condenaban a perpetua, desapareció. Se manejaron muchas hipótesis sobre su ausencia: que podría estar perdido en un estado de shock, o que estaba amenazado y escondido. Con el correr de los días, la sospecha que se impone es la del secuestro.
Se cumplen dos meses y los gobiernos nacional y provincial siguen dedicados a su búsqueda. Se han realizado más de 300 rastrillajes, el último en La Pampa, a raíz de un anónimo que denunciaba que allí podía estar sepultado su cuerpo. Se ofrecieron $ 400.000 de recompensa para quien aporte información. Se organizaron varias marchas en reclamo de su aparición. Pero aún no hay novedades.
CASO: JOSE LUIS CABEZAS
* TESTIGO CLAVE: Ricardo Manselle
* QUE PASO: el 25 de enero de 1997 el fotógrafo apareció muerto, con dos tiros en la cabeza, en General Madariaga.
* CONDENA: Gregorio Ríos, custodio del empresario Alfredo Yabrán, fue condenado a prisión perpetua y los ex policías Gustavo Prellezo, Aníbal Luna y Sergio Camaratta a reclusión perpetua. La “banda de los horneros”, integrada por Horacio Brava, Gustavo González, Héctor Retana y José Luis Auge, recibió la misma condena que los policías. Hoy Luna, Camaratta y “los horneros”están en libertad. Gregorio Ríos está en prisión domiciliaria. Prellezo es el único en prisión.
Ricardo Marselle: "El testigo termina siendo otra víctima"
A juzgar por su apariencia y sus modales, Ricardo Manselle parece una de esas personas que están ajenas a casi todo lo que sucede a su alrededor. Nada hace sospechar que es una de las piezas clave en el caso del crimen del reportero José Luis Cabezas. El día que decidió declarar, pensó que todo seguiría igual. No fue así. “El testigo es otra víctima. Si te empiezan a amedrentar y amenazar por teléfono, si tenés que pagar a los abogados de tu propio bolsillo y si encima te pueden acusar de falso testimonio, terminás transformándote en una víctima más.” A pesar de ello, asegura que no se arrepiente de haber testimoniado: “Colaboré para terminar con el famoso ‘mejor no te metas’ que nos inculcaron en los años 70. En definitiva, el silencio te hace cómplice”.
Haber dicho que el ex custodio de Alfredo Yabrán, Gregorio Ríos, los entonces policías Gustavo Prellezo y Aníbal Luna y el propio Yabrán se habían reunido en su local de comidas de Martínez marcó su suerte. “Inmediatamente vinieron las amenazas. De hecho, tuve que cerrar el negocio porque me decían que iban a poner una bomba. El personal trabajaba temeroso y no me quedó otra. Cerré”, cuenta hoy sin inmutarse.
En ese momento, se sintió muy solo. “Nunca nadie se acercó a ayudarme. Al contrario, muchos se alejaron”, dice el empresario. La poca asistencia que recibió por parte de las estructuras gubernamentales no mejoró demasiado su situación: “El Estado lo único que me puso fueron dos policías. Eso no es protección. Además, la incongruencia es tal que yo denuncio a Prellezo y Luna que eran de la Bonaerense, y me cuida la Bonaerense”.
Manselle jura que el miedo no lo asaltó. Ni siquiera lo hizo dudar: “No sólo hay que pensar en uno sino también en lo que se deja. Si no después no se puede salir a la calle a decir ‘basta de inseguridad’. ¿Y qué hice yo para cambiar las cosas?”.
El único temor que sintió fue por su hija: “Ella tenía cinco años cuando sucedió todo esto. Cada vez que venía de su casa a la mía, usaba chaleco antibalas e iba acostada en el asiento trasero del auto. Permanentemente estaba con dos custodios. Y cuando mataron a uno a 20 metros de ella, hubo que explicarle lo que había pasado. Hoy, con trece años, recién está entendiendo las cosas”.
La libertad de la mayoría de los responsables del crimen del fotógrafo no lo asusta. Tampoco cree que testificar haya sido en vano. “Sirvió para que dejen de ser policías y para que estén algunos años presos, aun cuando no estuvieron el tiempo que les correspondía.”
A partir de su vivencia, decidió crear la Fundación Protección al Testigo (Proaltes) para que otros no pasen por su calvario. No obstante, piensa que el Estado es el que debe brindar la cobertura necesaria: “Si se hubiesen hecho las cosas bien, tal vez López no habría desaparecido. Con todo esto no me agarró miedo sino preocupación e indignación. El mensaje detrás de todo esto es: ‘Señores, nunca salgan de testigos de nada’, y ése es el peor mensaje que se le puede dar a la sociedad. Cómo vas a terminar con la impunidad si no hay quien declare. El testigo es la piedra piramidal. O te absuelve o te condena.”
CASO: MAXIMILIANO KOSTEKI Y DARIO SANTILLAN
* TESTIGO CLAVE: Sergio Insaurralde
* QUE PASO: el 26 de junio de 2002 los piqueteros de la Coordinadora de Trabajadores Desocupados Aníbal Verón participaron de una protesta en el Puente Pueyrredón. En medio de la represión a los manifestantes, ambos jóvenes fueron asesinados en la estación Avellaneda.
* CONDENA: en 2005 el hoy ex comisario de la Policía Bonaerense Alfredo Fanchiotti y el ex cabo Alejandro Acosta fueron condenados a prisión perpetua por los asesinatos de Kosteki y Santillán.
Sergio Insaurralde: "Aviso a la familia de mis movimientos"
Sergio Insaurralde tiene 41 años y una larga historia de militancia dentro del Partido Obrero. Como tantas otras veces, el 26 de junio de 2002 acudió junto a otros manifestantes al corte del Puente Pueyrredón. Sin embargo, ese día fue distinto. La represión desatada lo transformó en víctima y testigo de esa jornada. “Mi testimonio pasó a ser clave en la causa de Kosteki y Santillán porque un balazo me atravesó la cabeza y lo puedo contar. Siento el deber de denunciar lo que ellos no pudieron. Es una cuestión de conciencia”, explica.
Todavía algunas sensaciones siguen intactas: “Cuando me hirieron en plaza Alsina pensé que el policía me había disparado con una bala de goma, hasta que un compañero me agarró y me mostró que era de plomo”, cuenta Insaurralde. La mirada se le enciende y acota: “Las muertes de Kosteki y Santillán no fueron hechos aislados sino que había un operativo armado”.
Ser parte de una organización social lo ayudó a borrar el miedo y las dudas a la hora de declarar. “No tuve temor porque no me sentí solo, claro que era consciente de lo que podía pasar. Pero ese compromiso asumido te fortalece”, asegura. La cicatriz que dejó la bala en su mejilla derecha parece envalentonarlo: “ Recibí llamadas, igual saben que no me van a correr con eso. Ya me pegaron un tiro”.
Sus hábitos casi no cambiaron. Llamar por teléfono a su familia antes de llegar a su casa es el único recaudo tomado. Con cierta resignación, Insaurralde específica: “ Aviso todos mis movimientos. La familia se mueve de esa forma. Más que eso no puedo hacer”.
Antes de convertirse en testigo, su vida transcurría en Berazategui con su mujer y sus seis hijos. Se repartía el tiempo entre su trabajo como mozo y su actividad barrial. Hoy, casi todo sigue igual. “Lo que sí cambió es que en las empresas salta la ficha de que fui testigo y no consigo trabajos buenos.”
“El Estado debería garantizar la seguridad de los testigos”, reflexiona. No obstante, de inmediato aclara que la decisión de no mirar para otro lado es una elección personal. Y concluye: “No es lo mismo vivir que honrar la vida”.
CASO: MIGUEL ETCHECOLATZ
* TESTIGO CLAVE: Nilda Eloy
* QUE PASO: durante la última dictadura militar Diana Teruggi de Mariani, Ambrosio De Marco, Patricia Dell´Orto, Elena Arce, Nora Formiga y Margarita Delgado fueron secuestrados y torturados en centros clandestinos de detención. Hoy están desaparecidos.
* CONDENA: el ex comisario bonaerense y represor Miguel Etchecolatz fue sentenciado el 18 de septiembre de 2006 a reclusión perpetua bajo la figura de genocidio por estos hechos. Además fue condenado por la privación ilegítima de la libertad y la aplicación de tormentos aJorge Julio López y Nilda Eloy.
Nilda Eloy: "El pánico nunca se pierde, pero aprendés a que te motorice"
“Cuando estábamos en el centro clandestino, todos hacíamos ejercicios de memoria. Repetíamos, como si fuera un Arroz con leche, una especie de cantinela donde poníamos nombres, domicilios, teléfonos... porque alguien iba a salir, iba a contar.” En octubre de 1976, cuando tenía 19 años, Nilda Eloy fue secuestrada en su casa de La Plata por un grupo dirigido por el ex comisario Miguel Etchecolatz. Hasta mediados de 1979, Nilda estuvo detenida en cinco centros clandestinos, en la Comisaría 3ª de Valentín Alsina y en Devoto. Luego recuperó la libertad.
Pasaron casi 20 años hasta que Nilda se animó a denunciar esos oscuros recuerdos del horror que mantenía vivos en su memoria. “ El miedo me paralizaba y no entendía a los que se animaban a hablar. Para mí, en cualquier momento volvían los militares y temía por lo que me podía pasar si declaraba. Cuando salieron las leyes de Punto Final y después los indultos me dije: ‘Tengo razón’.” Recién en 1997 se acercó al Juicio por la Verdad, en La Plata, para declarar. Allí conoció a Jorge Julio López y nueve años después ambos se convirtieron en testigos clave y querellantes en el juicio contra Etchecolatz.
“Cuando tomé conciencia de que el primer testimonio con que se abría el juicio para condenar a Etchecolatz era el mío, sentí un peso enorme. Sin embargo, hablé más de dos horas sin parar. Los jueces me ofrecieron un descanso, pero yo no podía, tenía que contar lo que había callado durante tanto tiempo.”
Eloy asegura que fue largo el proceso de preparación: hasta presenció otro juicio contra Etchecolatz, para poder mirarlo a la cara. “Hablar frente a los jueces no es lo mismo que hacerlo en privado. Es muy difícil, porque uno no puede hablar del horror desde afuera, hablás desde el horror. Hay cosas que cuesta decírselas a uno mismo en palabras, animarse a recordarlas. Algunos compañeros declararon no bien se exiliaron, otros lo hicieron al inicio de la democracia. Pero todavía queda muchísima gente que no se anima a hablar y habrá quienes no podrán hacerlo nunca.”
Eloy comenta que las amenazas y presiones fueron una constante durante el juicio. Pero la desaparición de López el día en que se leyó el veredicto fue devastadora: “A mí me amenazaron antes de lo de Jorge y después. 30 horas antes me dejaron un mensaje en el contestador con la voz de una mujer en una sesión de tortura. Pero la desaparición de Jorge cambió todo. Fue como sentir el uno por uno. Nos hicieron ver que por más que nosotros habíamos conseguido un fallo histórico ellos están y todavía pueden hacer lo que quieren”.
Hoy Nilda Eloy vive custodiada por dos efectivos de la Policía Bonaerense, la misma fuerza que la secuestró hace 20 años. Reconoce que sería una inconsciente si no tuviera miedo, pero está dispuesta a seguir adelante: “ El pánico nunca se pierde, pero en algún momento aprendés a que, en lugar de paralizarte, te motorice. No me arrepiento por haber declarado y lo voy a hacer las veces que sea necesario, es mi obligación. Uno jamás declara por uno mismo, pensás en todos los demás, y lo hacés por ellos”.
CASO: MARIA SOLEDAD MORALES
* TESTIGO CLAVE: Mario Casas
* QUE PASO: desapareció el 8/9/1990. Días después su cuerpo apareció mutilado, tirado al costado de una ruta de Catarmarca.
* CONDENA: el 28 de febrero de 1998 Guillermo Luque –hijo del ex diputado justicialista Angel Luque– fue condenado a 21 años de prisión por la violación seguida de muerte de María Soledad. Luis Tula –vinculado sentimentalmente con la joven– fue sentenciado a 9 años. Desde 2003 Tula está bajo libertad condicional y Luque goza del beneficio de salida laboral.
Mario Casas: "Ando armado las 24 horas del día"
“Estoy convencido de que tengo una factura para cobrar por parte de los Saadi y los Luque. Por eso las 24 horas del día ando armado. Si me dan tiempo me defenderé, y si no, me harán boleta. Pero estoy tranquilo con mi conciencia y puedo caminar con la frente alta”, dice con vehemencia Mario Casas. Siempre supo que convertirse en testigo de uno de los casos más resonados de la Argentina, como el de María Soledad Morales, no iba a ser cosa fácil. Sin embargo, mira para atrás y afirma: “ Hoy haría exactamente lo mismo”.
Su situación no fue muy distinta a la de otros testigos. Sufrió amenazas. El Estado no lo amparó. Y tuvo problemas laborales. A esas presiones, se les sumó otra: pertenecía a la Policía catamarqueña que encubrió a los hijos del poder. “Decidí declarar por una convicción personal. Era una descarga emocional y profesional. Hacía años que venía sosteniendo que había hechos de corrupción policial y política. El caso Morales fue la gota que rebalsó el vaso. Los testigos eran amedrentados, entonces pensé que había que juntar coraje y decir la verdad”, cuenta el ex oficial.
En ese momento, él junto a otros compañeros decidieron sublevarse. Ahí comenzó su calvario. “El Estado fue el primero en darme la espalda. Nunca me brindó protección. Tendría que haber valorado que testifiqué, y más siendo policía. Sólo recibí persecuciones y sumarios. Es decir, para ser un buen policía tendría que haber aceptado las barbaridades que mandaba mi jefe. Obediencia debida es lo que te piden. Como no la acepté, pasé a ser el loco”, se indigna.
Para esa época, Casas vivía con su esposa y sus cuatro hijos. “Mi familia estaba desesperada y con mucho temor. Pero como mi mujer sabía que yo estaba convencido, aceptaba todo.”
Su testimonio sobre el encubrimiento policial y político de la muerte de la joven estudiante le trajo muchos conflictos dentro de la Fuerza. Por decisión de sus superiores, pasó al Servicio Penitenciario, llegó a ser subdirector y luego se retiró en 2000. “Estuve un año sin cobrar y tenía deudas por todos lados”, explica. Tiene la certeza de que no sólo él salió dañado: “Mis hijos no pueden entrar a la Policía porque son hijos de Mario Casas. Llevan la cruz del padre. Además, tengo miedo de que en ellos recaiga lo que está preparado para mí”.
Dieciséis años después, vive en la misma casa y se las rebusca en seguridad privada en comercios. Enérgico y tajante, hace un balance de lo vivido: “No me hice rico ni menos pobre. Al contrario, me trajo problemas familiares que aún arrastro. Me podría haber quedado en mi casa y no meterme. Pero quiero justicia”.
CASO: AXEL BLUMBERG
* TESTIGO CLAVE: Ana María Nordmann
* QUE PASO: Fue secuestrado el 17 de marzo de 2004 en Martínez, provincia de Buenos Aires. Pidieron $ 50 mil de rescate. Cuando el padre intentó pagarlo, la operación se frustró. El 23 de marzo apareció su cuerpo con un balazo en la cabeza en un descampado de Moreno.
* CONDENA: Martín “el Oso” Peralta y José “el Negro” Díaz fueron condenados a reclusión perpetua por el secuestro y asesinato del joven. Del resto de los 14 imputados, 10 recibieron penas desde los 20 a los 3 años y seis meses de prisión y cuatro fueron absueltos.
Ana María Nordemann: "Intento superarlo, peor la Justicia no ayuda"
“No te tenés que acordar de nada, no tenés que reconocer a nadie. Bajate y caminá sin mirar para atrás.” A pesar de que ya pasaron tres años, Ana María Nordmann no puede olvidar ese sábado 15 de noviembre, cuando sus secuestradores decidieron liberarla. Ella no sabía de la existencia de Axel Blumberg y menos imaginaba que 4 meses después la misma banda iba a secuestrar y asesinar a ese joven de 21 años que vivía a dos cuadras de su casa.
Su historia y la del hijo de Juan Carlos Blumberg se cruzaron. Y a pesar de que todavía esa advertencia le resuena, no dudó en convertirse en testigo clave del juicio de Axel: “Mis hijos tenían miedo de que si hablaba me volvieran a secuestrar. Pero no lo dudé. Declaré por mí y por mi familia. El mejor ejemplo que les puedo dar a mis hijos es que si uno sabe algo y denunciándolo puede evitar que le suceda a otros, debe hacerlo. También declaré por Axel, para contar lo que él no pudo contar”.
Enfrentarse con sus secuestradores en el tribunal no fue fácil. “Tuve que prepararme psicológicamente. Fue muy movilizante. Días antes de la declaración soñé que mis padres, ya fallecidos, me decían: ‘Estamos con vos’”, confiesa. “ Estuve toda una mañana contando con detalle desde que me secuestraron hasta cuando me reencontré con mi marido y uno de mis hijos, que tiene la misma edad de Axel. Cuando terminé de hablar, se me acercó María Elena, la mujer de Blumberg, que me abrazó y me dijo al oído: ‘Tu hijo debe estar muy orgulloso de vos. El mío ya no me lo puede decir’”.
Para ella, declarar en este juicio significaba también una manera de “cerrar” un capítulo para empezar a reconstruir su vida, aunque reconoce que después de su secuestro nada volvió a ser igual y a veces siente que nunca volverá a serlo. “Esto enfermó a todos. Mi marido tuvo que ser operado del corazón, mi hijo menor continúa con tratamiento psicológico y vivimos vigilados por una custodia privada.”
A pesar de que ella se esfuerza por recobrar la perdida normalidad, el temor de lo que pueda pasar cuando algunos de los de la banda estén libres le pesa, por eso pide no ser reconocida en las fotos. “Pese a que intento superar el miedo, la Justicia tampoco ayuda demasiado. Algunos integrantes de la banda recibieron tan poca condena que en un par de años estarán afuera y yo no sé qué puede pasar.”