Evelyn Ferreira tenía ocho años cuando el 9 de octubre, y a pocos metros de su casa de Llavallol, le robaron sus recuerdos y sus juegos, y su historia por venir. Esa mañana había salido a comprar una lata de tomates por encargo de su abuela, pero no volvió: una mano vecina la arrastró hacia la vivienda donde apareció muerta el lunes 30, semienterrada en un patio maldito.
El caso de Evelyn no es el primero. Ni el segundo. Se estima que en la Argentina un niño desaparece cada doce horas, según el registro elaborado por la ONG Red Solidaria a partir de las denuncias recibidas. Cada cuatro meses, uno de esos chicos buscados aparece muerto.
“La mayor chance de encontrar a un menor sano se da dentro del primer año”, señala Juan Carr, titular de Red Solidaria. “Junto con Missing Children seguimos buscando a chicos que desaparecieron hace más de 12 años, y cuyo destino tal vez haya sido el peor. Pero hay que seguir”, sostiene.
Según las estadísticas de su entidad hermana, Missing Children, al territorio bonaerense corresponde el 70 por ciento de estos casos de niños que se hacen humo. A ese universo oscuro, el de la desaparición, ingresó el 27 de junio la pequeña Ruth Salazar. Con diez años, cursaba el quinto grado en una escuela de Villa Madero, donde vivía con sus padres. Esa tarde dijo que iba a llevar las bolsas de basura de sus vecinos hasta un contenedor que estaba a 150 metros. Con las propinas, Ruth se compraba lápices y hojas para la escuela. Pero el camino se hizo eterno. Nueve días después su cuerpo apareció flotando en el río Matanza, a la altura de la localidad vecina de Transradio. El examen de ADN confirmó que era ella. Y la autopsia, que la habían violado.
Manos sucias. ¿Por qué pasan estas cosas en la Argentina? ¿Cuán cerca están nuestros hijos de un loco, un abusador, un asesino? La pregunta sobrevuela a padres, madres y docentes.
Aunque no hay datos oficiales ni números privados, se estima que en el país se denuncia apenas uno de cada diez casos de abuso sexual infantil. La muerte de la víctima es, muchas veces, la consecuencia no premeditada de ese acto de extrema violencia.
“El abuso y el crimen de niños es un fenómeno en crecimiento, y se da en un contexto de una gran violencia social”, asegura la jueza Zulita Fellini, titular del Tribunal Oral de Menores Nº 2 de La Plata. “La indefensión despierta mayor placer en estos psicópatas. Cuanto más daño pueden causar, más atractiva se vuelve para ellos la víctima”, añade.
Según la Asociación Pro Naciones Unidas de Argentina (ANUA), nacida al amparo de la ONU, en el 90 por ciento de los casos el victimario es un varón del entorno íntimo del menor. Esto incluye desde familiares directos (padre, abuelo, tío, hermanos mayores) hasta parientes más lejanos, amigos y vecinos. Es decir, personas que tienen trato cotidiano con el niño. Y, por lo tanto, le inspiran confianza.
El 26 de marzo, Milagros, de cuatro años, jugaba con sus primitos en la vereda de su casa, en Rafael Calzada, cuando un vecino de 16 años la invitó a pasar a la suya, con el pretexto de regalarle ropa. Desde afuera, los chicos escucharon el llanto de Milagros y corrieron a pedir ayuda. La escena que encontró la Policía al llegar desencajó al barrio entero: el adolescente estaba sentado en una silla, como esperando algo. Milagros había sido estrangulada, golpeada y metida en un viejo lavarropas.
Destinos parecidos, horribles, alcanzaron también durante este año 2006 Lucas Flores, de 8 años, y Florencia Marcela Cuevas, de 12. Al niño, sus padres adoptivos lo llevaron muerto el 27 de febrero al hospital Arturo Illia, de la localidad de La Calera, en Córdoba. Había sido golpeado en la cabeza, y ciertos indicios condujeron a la Policía a detener a sus familiares. Florencia, a su vez, apareció asesinada el 6 de marzo en un río de Tres Arroyos, tras estar desaparecida por varias horas luego de ir a un cumpleaños. La habían violado más de una vez.
Más y peor. “En la Argentina el ataque es cada vez más violento. Siempre hubo abusos de menores, pero ahora viene acompañado con torturas y muerte”, se asombra la socióloga Clarisa Voloschin, profesora de Sociología de Infancia, Adolescencia y Juventud de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. “En las clases bajas, el varón tiene mucha dificultad para aceptar la independencia de la mujer, y el abuso es una demostración de fortaleza –explica Voloschin–. Esto se relaciona con otro elemento de la subcultura de América latina, que es el de la iniciación sexual de un menor por parte de parientes o personas cercanas”.
En la mayoría de los casos, las secuestradas y abusadas son las niñas, que soportan y ocultan el horror durante años, y algunas toda la vida. El 60 por ciento de las búsquedas encaradas por Missing Children corresponde a nenas desaparecidas. Aunque también hay varones atacados.
Santiago Miralles, de cinco años, fue visto por última vez el 13 de julio de 2005 cuando jugaba en la esquina de su casa, en la localidad bonaerense de Canning. Su cuerpo apareció cuatro días después, en el interior de un pozo ciego ubicado en el fondo de la casa de un vecino, a 50 metros de la suya.
A mediados de octubre, el horror también caló hondo entre los vecinos de la hasta entonces tranquila localidad correntina de Mercedes. Cerca de las vías del tren, en un baldío que da al fondo de una vivienda, fue hallado el cadáver de Ramón González, un chico de 12 años que había desaparecido unos días antes. Su atacante le provocó cortes en la cara y en el cuerpo, y lo decapitó. El dueño de la casa fue quien dio aviso a la Policía.
Cómo son. “Hay mucha exacerbación de la pedofilia, que es un tipo de parafilia, de desviación sexual”, señala el criminólogo Raúl Torre. “En la Argentina, si una modelo quiere hacerse famosa, aparece en las revistas disfrazada de nena o colegiala. Además, la mediatización de estos casos también estimula las conductas de imitación criminal.” ¿Por qué estos agresores se ensañan con los niños? “Atacan a los menores porque éstos son víctimas ‘precipitatorias’, es decir víctimas fáciles, al igual que los ancianos o las prostitutas”, responde el criminólogo Torre.
Por lo general, se trata de hombres solteros que tienen entre 25 y 35 años al momento de su primer ataque. “Tienen personalidades sociopáticas, pero no provienen del hampa necesariamente”, precisa Torre. Y explica que hay dos estilos: los organizados y los desorganizados. El que planifica el hecho; y el otro, aquel al que le surge, ante la falta de vigilancia de adultos, la posibilidad del abuso y del crimen.
“Los perversos no sienten culpa y son poco sensibles al estrés, no se alteran mucho por nada. Por eso, muchas veces el mismo abusador ayuda en las tareas de búsqueda de los niños desaparecidos. Esto es muy impactante”, define la psiquiatra y psicoanalista Silvia Michalewicz de Lajonquiere, docente de la carrera de Psicología de la UBA.
“Son sujetos manipuladores, que parecen muy sociables. El perverso obtiene una satisfacción personal ante la angustia de su víctima. Necesita dominar, y ese dominio puede pasar por la agresión psicológica, física, por los abusos o el homicidio”, agrega la experta.
¿Cómo evitar que los más chicos corran riesgos? La División de Delitos contra Menores de la Policía Federal recomienda a padres y maestros la incorporación de ciertos ítems para que inculquen a los más chicos. Entre ellos, se aconseja que salgan a la calle siempre acompañados por familiares o amigos, no subir a autos de extraños ni aceptar sus regalos. Es importante explicarles que no deben permitir a personas extrañas que les toquen las partes íntimas del cuerpo ni que les saquen fotos sin autorización de sus padres. En el caso de los más chiquitos, es bueno que aprendan su nombre y su apellido, y la dirección de su hogar.
“Es fundamental que los padres estén muy atentos y, si están en el trabajo, que los llamen varias veces al día. Son dolorosos y terribles los episodios de estos últimos días, pero tampoco podemos encerrar a nuestros hijos. Si el niño siente que todo se le prohíbe, o si los padres violan su intimidad, la búsqueda de cuidado se nos puede volver en contra”, argumenta Michalewicz. El criminólogo Torre coincide: “ Lo importante es acompañar a los menores, saber dónde están, con qué amiguitos juegan. Son chicos, tienen que estar vigilados, siempre”.
Chicos negros y pobres, víctimas en Brasil
En Brasil los asesinatos de menores son un hecho cotidiano. Según el “Estudio de las Naciones Unidas sobre la violencia contra niños”, presentado hace algunas semanas, 16 chicos y adolescentes fueron asesinados por día en el 2000. De este total, 14 tenían entre 15 y 18 años, y el 70 por ciento de las víctimas era negro.
Según declaró Cenise Monte Vicente, coordinadora de Unicef en San Pablo, “la violencia no tiene sólo edad, tiene color, raza y territorio. Las víctimas son los negros, los pobres y los habitantes de las favelas”. La especialista compara esta realidad con otras tragedias de mayor repercusión mediática, como el reciente accidente de avión donde murieron 154 personas. “Si sumáramos las 14 muertes por día, es más de un Boeing cada dos semanas, la mayoría formada por negros. Es importante investigar las causas de esta tragedia, pero en relación con las muertes de jóvenes y negros no tenemos la misma actitud de vigilancia.”
En diciembre del año pasado, un grupo de narcotraficantes invadió una favela vecina y capturó a trece chicos y jóvenes de entre 13 y 28 años. Diez de ellos habrían sido torturados y descuartizados. Los testigos declararon que había miembros de la policía involucrados.
Según un informe de Amnistía Internacional, la violencia tanto criminal como policial en las favelas de Río de Janeiro es extremadamente alta. “La implicación de agentes de policía en el tráfico de drogas y armas ha minado la capacidad del Estado de combatir la criminalidad. De los miles de casos de homicidios registrados en las favelas, pocos se investigan adecuadamente. Quienes hacen campaña por la justicia sufren amenazas e intimidaciones”.
En Italia lo siguen llorando
El 2 de marzo de este año comenzó una etapa de vigilia para toda la sociedad italiana, cuando fue secuestrado cerca de Parma Tommaso Onofri, un bebé de 18 meses que sufría epilepsia. Durante un mes hasta que lo encontraron muerto, todos los italianos seguían preocupados por las crónicas del rastrillaje. Hasta el papa Benedicto XVI hizo un pedido para la liberación de Tommaso.
Los medios transmitieron los mensajes de los padres y el pediatra del chico para que los secuestradores le dieran el medicamento para evitar la epilepsia. En los estadios de fútbol se pedía por su liberación y se crearon una página de Internet y un correo electrónico para recibir pistas sobre su paradero.
Al mes, el asesino confesó el crimen y dijo dónde había guardado el cuerpo. Se comprobó que fueron tres los captores que planeaban extorsionar a la familia de Tommaso. Mario Alessi, que había trabajado como albañil en la casa del niño y fue uno de los instigadores del secuestro, admitió que lo mató a golpes con una pala porque “no soportaba su llanto”.
El funeral, en la catedral de Parma, fue multitudinario. Más de 50 mil personas se acercaron a despedir al chico, y los vecinos llenaron de flores el sitio donde fue encontrado el cadáver. Allí también el Papa hizo llegar un mensaje.