“Una milanga napolitana irresistible, un sandwich de jamón crudo que trae como 742 fetas. Porciones suculentas, poderosas y sabrosas. En El Bar del Gallego es todo a lo grande. Porque el Gallego es un grande.” Así se describe al entrañable bodegón que desde hace ocho meses tiene presencia en Facebook y por el cual su dueño rechazó una oferta millonaria del empresario Eduardo Eurnekian para comprar la esquina palermitana de Bonpland y Honduras.
Es uno de los tantos viejos –clásicos– restaurantes que hace más de 30 años aguantan el paso del tiempo y las modas, con una imagen detenida en otra época, y que resisten a la modernidad de barrios glamorosos como Palermo Hollywood, Las Cañitas y Recoleta. Abarrotados de clientela fiel que disfruta de la buena comida, surge la pregunta: ¿cuál es la clave? Hay una respuesta sencilla, pero de largo recorrido.
Va y viene con pasitos sigilosos y su pelo blanco, sirve un vaso con soda, sifón en mano, a sus clientes, posa para la foto y después de hacer un café en la máquina, Emilio Sangil, de 80 años, dueño de El Bar del Gallego, se refriega los ojos y dice sonriendo: “Yo estoy desde las 7 de la mañana hasta las 9 de la noche acá desde el año ’78, pero en un ratito me voy a la cama. Esto es mi vida. Estoy en el mostrador, cocino con el cocinero, sirvo, trabajo con los proveedores desde temprano. No hay magia, todo se hace trabajando con ganas”.
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