SOCIEDAD

Liberaron al filósofo tumbero

Conocido como “Camilo Blajaquis”, en la cárcel se hizo poeta. Fotos Galería de fotos

En casa. César en el barrio Carlos Gardel, en Morón, hoy urbanizado, donde creció como un pibe complicado y violento hasta terminar en la cárcel.
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Los tipos entraron a la casa. Nadie los había invitado. Tiraron la puerta de chapa abajo.
De fondo se escuchaba un helicóptero. Patearon sillas, pisaron juguetes.
— ¿Qué tiene ahí señora? –dijo uno, que miró la cuna en medio del comedor.
—Es mi bebé. Por favor no lo toque –contestó la madre.
—No le creo –fue la respuesta.
Y no le creyó. Con el arma larga corrió la sábana y dio vuelta el cuerpo. Si, era su bebé. Pero no era a quien venían a buscar. Buscaban a su hermano de 16 años y al que le seguía de 14.
— ¿Ustedes son policías? Porque se tienen que identificar –les dijo la madre a los hombres con pasamontañas.
Ninguno contestó. No hubo tiempo para la presentación, del comedor se fueron directamente al cuarto. Tampoco había mucho para recorrer: dos ambientes pequeños bajo un techo de chapa, entre paredes de ladrillo y madera. En la habitación, junto a sus cinco hermanos, estaba acostado César González, uno de los que buscaban. Estaba recién venido del hospital, con muletas y cuatro balas en las piernas.

—Por favor no lo tiren al suelo. No puede caminar sin muletas –les pidió Nazarena.
Al suelo lo tiraron nomás.
Ese día César cayó preso y su hermano Leonardo también. Por la edad de cada uno, terminaron en distintos institutos de menores. En ese momento, para algunos, empezó una pesadilla y para otros se hizo justicia.
Para César, ese día fue el principio de algo. El aún no sabía de qué.

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“Abandono el hábito innecesario de todos los días
para masturbarme con la fragancia a revista
que tienen las estatuas de mujeres que viven dentro de mi pared”.
—Nada por aquí. Nada por allá.
El mago Patricio “Merok” Montesano hacía desaparecer una moneda. Esa moneda no estaba en una mano, no estaba en la otra. Aparecía detrás de la oreja de uno de sus alumnos del curso de magia. Alto y flaco, el mago era amante de la lectura, cariñoso, contador de chistes y de todo lo que se le viniera a la mente.

“El aturdimiento se toma una siesta, mientras cuatro botas se fuman un cigarro
mirando el encierro desde abajo de una baldosa.
Una escoba escapada del geriátrico recolecta los cuerpos de las cucarachas caídas en el combate de ayer frente al veneno y se corre el rumor de una posible venganza de las ratas anfibias adictas al agua podrida”.

—Chicos, ¿ustedes conocen al Che?
El mago, entre truco y truco, les hablaba de Nietzsche, Marx, Foucault, Walsh y el Che. Casi ninguno de sus alumnos conocía al Che Guevara. Se lo confundían con Bob Marley. Al principio, cuando llegaba a la institución, pocos bajaban a su clase. Hasta que él decidió subir al pabellón. Si bien le ponía el cuerpo a la situación, había algo que no podía hacer desaparecer: el encierro. Sus alumnos no eran libres, eran chicos del Instituto de Menores General Manuel Belgrano, ubicado en el barrio de Once.

Uno de ellos era César González, aquel joven flaco, moreno y con tatuajes detenido esa fría noche de mayo de 2005 por robo y secuestro extorsivo. Ya hacía algunos meses que estaba preso. Había caído por hacer el llamado para pedir el rescate de un empresario brasilero que tenían secuestrado en el barrio Carlos Gardel, donde nació y vivió toda su vida.

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Días atrás había salido del hospital por seis tiros que le había pegado la policía en todo el cuerpo tras una persecución por un robo de un auto en Ramos Mejía. Cuatro de ellos habían sido en las piernas, por eso le decían “el rengo”. Pero esa no era su única particularidad, era conocido por su fama de “rocho”: un delincuente piola.

“La voz afónica de un pájaro insensible me recuerda al sabor que tiene caminar con las manos sobre un precipicio con los ojos vendados y los pies atados. Aunque podría sonreir si la humedad de las ventanas emanara cianuro exterminador de dispositivos controladores o si una ráfaga de cumbia colombiana sepultara para siempre el vicio de quemar con agua hirviendo la espalda de la ignorancia”.

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