Sus ojos color celeste saturado como un pomo de témpera pura presentan la dualidad de la omnipotencia: no pasan inadvertidos y lo pueden percibir todo. “Conmigo todo pasa por los ojos y la fotografía es lo ideal para expresarme.”
Cora Reutemann (37) está presentando en la galería Maman (Av. del Libertador 2475) My vision, una exposición fotográfica sobre la Fórmula Uno que fue presentada por primera vez en 1999 en Mónaco y ya vendió piezas entre 5 mil y 15 mil euros. En un español nasal, la describe así: “Es una búsqueda para tratar de entender la pasión de mi padre que fue siempre un enigma para mí. Ahora se siente menos, pero en la época de papá se llegaban a matar, la muerte estaba siempre presente y no era algo tan importante”.
—¿Qué entendiste?
—No sé si entendí algo, pero es como que presencié lo que no había vivido de chica. Nunca lo acompañé a las carreras, era un mundo de grandes, muy riesgoso, pero estamos hablando de que se mataban, nos tenían muy protegidas a mí y a mi hermana Mariana.
Como la mayoría de los chicos, Cora tampoco sabía a qué se dedicaba su padre. “Si vos vivís con una persona que está concentrada en algo que muy bien no sabés lo que es, pero que es diferente a lo que hacen los otros, es un enigma... Probablemente sentía que cada vez que se iba quizá tenía chances de no verlo más.”
La primera vez que lo vio correr fue en Mónaco y tenía doce años. La fotografía fue lo que le permitió entrar en ese mundo enigmático y una vez que entró, se quedó: durante diez años se dedicó a cubrir carreras. “Es tratar de ponerse en la piel del otro y entender qué es lo que busca.”
— ¿Qué te dijo tu papá acerca de tu trabajo?
—Esta muestra todavía no la vio. No hablamos mucho. En mi familia somos medio púdicos. Se muestra, se siente, pero no se habla mucho. Pasa por otro lado, él sabe que me marcó mucho pero que estoy cerrando ese círculo. Evidentemente, si pasé diez años de mi vida buscando algo en la Fórmula Uno era porque tenía mucho que ver con él.
Nació en Santa Fe por casualidad y la mayor parte de su vida la pasó en Montecarlo, al que describe como “un pueblo donde el viejito va a comprar pan”. Ahí se casó y hace cuatro años se divorció. “Estuve casada un año y medio. Era un amigo de la infancia con el que nos volvimos a encontrar y pensamos que podía funcionar, pero no. Todo bien con él, fue una de esas cosas románticas que no pudieron seguir, pero todo bien.”
—La mayoría de las figuras públicas quieren borrar la imagen de “hijo de”, vos en cambio...
—Es ficticio. En el fondo seguís atado, ir muy lejos de lo que hacía tu padre o tu madre o ir muy cerca es lo mismo. Yo hago lo que siento, lo que sentía, quise entrar, ir a ver, vi, y pude expresarlo.
—¿Qué te pasó cuando te dijo que se iba a dedicar a la política?
—Yo vivía en Europa en ese momento, él estaba en ese mundo y yo en el mío, y cada cual tenía su vida. Yo estaba haciendo lo de la Fórmula Uno y él lo suyo. Cuando estás a 16 mil kilómetros podés hablar no muchas cosas.
—¿El mundo de la política no te interesó?
—¡Una cosa a la vez, creo! No, no estoy siguiendo los pasos de mi padre.