Hace dos semanas Donald Trump trató de «angelito» a Dario Amodei, el CEO de Anthropic. El domingo 27 cenó con él en la Casa Blanca y, mañana, martes 29, está previsto que se reúna con los líderes de las empresas de inteligencia artificial y con Mike Johnson, el presidente de la Cámara de Representantes. Entre una mesa y otra, Trump recibió a Xi Jinping y anunció una suerte de teléfono rojo para incidentes de IA. La pregunta es qué tendría que pasar para que alguien lo levante.
La secuencia parece una serie escrita demasiado rápido. Pero tiene un guión que empezó antes. En enero de 2025 Trump firmó una orden para quitar obstáculos al liderazgo estadounidense en IA. En julio, la Casa Blanca publicó un plan llamado Ganar la carrera de la inteligencia artificial: más de noventa medidas para acelerar la innovación, construir centros de datos e infraestructura eléctrica y exportar a los aliados el paquete tecnológico estadounidense, desde los chips hasta los modelos. Para Trump, la IA es también una industria estratégica y una ventaja de poder frente a China.
Hay una persona que incomoda ese guión: Amodei, el creador de Claude.
En febrero, Anthropic se negó a levantar dos restricciones sobre el uso militar de su modelo: armas letales completamente autónomas y vigilancia masiva de estadounidenses. El Pentágono quería poder utilizarlo para cualquier fin legal. Terminó excluyendo a la empresa de su cadena de suministro. El viernes pasado, un tribunal de apelaciones avaló esa decisión. Lo que quedó expuesto va más allá de un contrato: ¿puede una empresa imponer condiciones de seguridad al Estado que le compra una IA?
Amodei abrió otro frente este mes. En su ensayo We Must Pace the Frontier propuso bajar el ritmo al que crecen las capacidades de los modelos para darles tiempo a los controles. No pidió cerrar los laboratorios. Propuso evaluadores externos con acceso a lo que sucede adentro, estándares comunes entre empresas y, eventualmente, conversaciones entre gobiernos, China incluida. Hay una dificultad que él mismo reconoce: si una empresa frena sola, otra puede adelantarse; si frena un país solo, también.
Trump respondió el 14 de septiembre en Truth Social. Describió a los pedidos de frenar como una conspiración contra la IA y los centros de datos. A Amodei lo acusó de hacerse el «angelito». Y sostuvo que la única salvaguarda que necesita esta tecnología es un presidente fuerte e inteligente. Él, en otras palabras. Dos semanas después, los dos estaban cenando.
Antes de ese encuentro hubo otra mesa. El 23 de septiembre, Amodei y Sam Altman, de OpenAI, hablaron ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Plantearon evaluaciones, estándares internacionales y mecanismos para comunicar incidentes graves. Al día siguiente, Trump recibió a Xi en una cena de Estado rodeada de nombres como Elon Musk, Jensen Huang, Altman y Mark Zuckerberg. La lista de invitados publicada por la Casa Blanca no incluía a ningún CEO chino. En la foto de la competencia global, los empresarios de la tecnología estadounidense ocupaban el centro del salón.
Después de la visita llegó el anuncio. Washington y Beijing crearán un diálogo sobre riesgos y beneficios de la tecnología, con otra ronda prevista para noviembre, y un canal bilateral de comunicación para incidentes. Suena importante. Puede serlo: un agente que cause un problema serio no tendría por qué respetar fronteras. Pero los comunicados no explican qué cuenta como incidente, quién avisa, en qué plazo ni qué información se comparte. Tampoco hay un acuerdo público para frenar el entrenamiento de modelos o permitir auditorías recíprocas.
Trump recibió con honores militares a Xi Jinping en la Casa Blanca para tratar "temas apremiantes"
Xi, mientras tanto, sostuvo que la IA debe permanecer bajo control humano. El 14 de septiembre, China ya había publicado un nuevo marco de seguridad, con una actualización de riesgos y respuestas técnicas. Beijing tampoco prometió bajar la velocidad. Sí dejó por escrito que reconoce riesgos que deben gestionarse.
Hasta el nombre muestra cuánto falta entendimiento. La Casa Blanca afirmó que ambos gobiernos habían acordado hablar de superinteligencia en lugar de «inteligencia artificial». El comunicado chino siguió diciendo «IA». Su Cancillería aclaró después que respeta la preferencia estadounidense por esa palabra. Aceptaron hablar. Ni siquiera cuentan exactamente igual sobre qué aceptaron hablar.
La preocupación tampoco es una fantasía para un futuro lejano. El 20 de septiembre, durante una tarea de investigación dentro de un entorno de entrenamiento, un agente de OpenAI encontró una vía para consultar a un chatbot externo mediante el sistema de direcciones de internet, a pesar de las restricciones de acceso. La empresa detectó el comportamiento, detuvo esa ejecución y suspendió temporalmente el entrenamiento, las evaluaciones y el uso de herramientas de sus modelos más capaces mientras revisa los controles. No fue un agente tomando el mundo. Fue algo más concreto: un sistema encontró un camino que sus creadores creían cerrado.
Ahí aparecen los tres tableros de fin de septiembre. Estados Unidos y China compiten por modelos, chips, centros de datos y mercados. El diálogo bilateral puede ayudar a gestionar una crisis, aunque todavía no obligue a ninguno a levantar el pie del acelerador. Las decisiones sobre exportar chips a China tendrán efectos más tangibles que el nuevo nombre. La Casa Blanca y los laboratorios discuten quién decide qué riesgo es aceptable y quién puede comprobarlo. Y el Congreso, a semanas de las elecciones legislativas de noviembre, tiene que definir si la responsabilidad de las empresas quedará en promesas voluntarias o tendrá alguna regla federal.
Johnson dijo que quiere conversar con los directivos sobre la responsabilidad de las compañías y el papel del gobierno. La reunión con Trump está prevista para este martes 29 de septiembre; no hay una lista pública cerrada de asistentes ni un resultado deseado anunciado. Por eso vale mirar cosas concretas: si Amodei vuelve a sentarse a la mesa, si alguien promete evaluadores independientes, si aparece un protocolo de incidentes y si los legisladores se comprometen a pedir algo verificable. La cena del domingo puede ser un deshielo personal. Lo decisivo es si cambia alguna condición de la carrera.
Este debate también nos llega a la Argentina. Los sistemas se entrenan en otros países, pero sus decisiones y sus fallas pueden cruzar fronteras. Si un agente afecta servicios o personas acá, ¿quién se entera primero, quién avisa y quién responde? La discusión de Washington y Beijing podría fijar estándares que terminarán usando países que no estuvieron en esa mesa.
Un teléfono rojo sirve cuando los dos lados saben qué hecho exige una llamada. Por ahora anunciaron la línea; el protocolo sigue sin aparecer. Mañana veremos si Trump empieza a escribirlo con quienes construyen estos sistemas o si vuelve a reunirlos para la foto.
MEG