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ESPECTACULOS / unipersonales
viernes 15 diciembre, 2017

El stand-up se subió al circuito comercial

El fenómeno de shows casi autobiográficos que se apoyan sobre el humor. Sebastián Wainraich, Dalia Gutmann, Martín Pugliese y Juampi González hablan de sus espectáculos y reflexionan sobre el género.

Analía Melgar

Humores. Dalia Gutmann, Sebastián Wainraich, Juampi González y Martín Pugliese. Foto: tamephoto

En la cartelera del teatro Maipo, cuna del género de revistas y emblema de la escena comercial, cuatro espectáculos comparten el hecho de ser monólogos humorísticos escritos por los propios intérpretes, con elementos extraídos de sus vidas personales. Cada uno de ellos mantiene cierta relación, histórica o presente, cómoda o distante, con el género de stand-up. Ya no están en el off, con entradas módicas o incluso a voluntad. El género creció, está en el circuito comercial y se encuentra entre los más convocantes.

Sebastián Wainraich presenta Frágil como “un unipersonal, una obra de teatro, en la que van surgiendo cuatro personajes; bailo, canto, actúo; además, hay monólogo, stand-up o como quieran llamarlo. En el stand-up, la persona está arriba del escenario contando su visión del mundo; a eso le agregué personajes, una trama, algo que se va hilvanando durante toda la obra”.

En su séptimo año, Dalia Gutmann dice que su Cosa de minas ha ido mutando: “Hago stand-up, pero necesité apoyarme en escenografía, pantallas, canciones, porque al público hay que darle estímulos, para que el que se está aburriendo se despabile. Así que hago stand-up con condimentos: hago un show”.

Por su parte, Martín Pugliese presenta su Solo en casa como “un unipersonal de stand-up, con un muñeco que cobra vida y me acompaña, lo que, para los puristas, podría ser una falta de respeto al género. Hablo de cosas que me tocan de cerca: de lo que significa, para un hombre que tiene hijos, vivir sin tiempo y estar solo su casa”.

Y Juampi González cuenta, a sus 29 años, que Soltero es “stand-up, pero también hago personajes, interactúo con el público e improviso desde la espontaneidad; el stand-up es lo que me da la estructura de los chistes que surgieron a partir de irme a vivir solo, sobre el estado civil, las citas”.

—¿Tienen un preferido entre Seinfeld y Louis C.K.? Luego de las denuncias de abuso sexual contra Louis C.K. y de que él las reconociera como ciertas, ¿qué opinan de él?

Wainraich: Seinfeld me parece de lo mejor. Parece una comedia superficial, pero adentro podés ver todo: la soledad en la gran ciudad, la neurosis, la histeria, las relaciones humanas. Louis C.K. tiene una cosa más melancólica, graciosa, incómoda. Pero cuando te enterás de los casos de acoso queda entre signos de pregunta. Merece la condena como cualquier persona, sea un genio, un contador o un arquitecto, pero se hizo cargo, no salió a acusar a la víctima. Y esto no es menor.

Gutmann: Si solo me limito a lo humorístico, Seinfeld y Louis C.K. son referentes. Seinfeld es más prolijo; Louis hace un humor más visceral, hecho con verdad, con cosas que sufre. Pero preferiría ni hablar de Louis.

Pugliese: En Estados Unidos hay grandes comediantes como Sarah Silverman o Louis C.K. Hago un paréntesis con el tema de los abusos; yo puedo separar la obra de la vida de la persona; no se puede negar el talento del tipo.

Gonzalez: Seinfeld fue el primer acercamiento al stand-up; es el clásico, el que permite conocer la estructura. Louis está complicado, pero me gusta su autorreferencia. Senfield es brillante, pero lo ves una hora y media y no sabés nada de él, no cuenta de su vida.

—¿Perciben características del stand-up en Estados Unidos? ¿Características en el humor del unipersonal argentino?

W: Acá es muy variado: tenés Les Luthiers y tenés Carmen Barbieri; los dos son re populares y hasta pueden compartir público. A los argentinos nos gusta reírnos de nosotros mismos, pero si lo hace alguien que viene de afuera, se pudre. En Estados Unidos van a fondo con cuestiones de humor negro; pueden hacer chistes con las Torres Gemelas. A nosotros nos cuesta más hacer chistes con nuestras tragedias.

DG: Es muy diverso el humor en la Argentina. El desafío de los humoristas del unipersonal es buscar y encontrar su público. No es algo popular ni para todo el mundo. Por ejemplo, Pablo Molinari conquistó al público nerd. Cuando el comediante entiende a quién le habla, sucede la magia. Yo le hablo a la mina común, al promedio, a la que sale a laburar todos los días.

P: Es una cuestión de producción y tiempo: acá todavía faltan bares de comedia, lugares donde el comediante pueda trabajar solo, desarrollarse, sin armar grupos de comedia. El stand-up no tiene más de quince años en la Argentina, y no paró de crecer; se amplió el público; estamos viviendo en un buen momento.

JG: Cada región tiene su estilo. Cuando fui a Uruguay era igual. En cambio, cuando fui a Colombia vi que el chiste de doble sentido del argentino no pega tanto. En general, la comedia argentina está por encima de la de otros países, que se quedan en nombrar la observación graciosa; les falta el remate del humor argentino, más trabajado.

­—¿Es posible hacer humor políticamente correcto?

W: En Frágil hablo del mundo Inadi, digo que estamos re zarpados de Inadi. En realidad, que necesites que un instituto venga a decir que no nos discriminemos, que gritar “negro de mierda” está mal, eso ya es una locura. Yo creo que hay que reírse del poderoso, del que supuestamente tiene la razón. Por ejemplo, 300 chicas en la puerta de un hotel esperando a Ricky Martin, de ellas se suele decir que no estudian, no trabajan, que son putas, trolas… Pero a 300 tipos en la puerta de un hotel esperando a la Selección se les dice “la pasión del hincha”. Eso está re establecido.

JG: No me meto con temas muy controversiales: ni política, ni religión, ni enfermedades. Hablo bastante de sexo, hablo de mi sexualidad; creo que con eso no hiero a nadie; me divierten la incomodidad y la risa cómplice. Parto de la base de que lo que escribo es políticamente correcto. Si el público me da otra devolución, si una palabra está mal utilizada, me avisan y se cambia. Obviamente hoy hay que poner la lupa un poquito más que antes y me parece que está bien.

—¿El stand-up carga con el prejuicio de ser un género menor?

P: Es un género mayor. El stand-up bien hecho le pelea a cualquier espectáculo teatral: lo digo en animo de provocar. Mucha gente que viene del teatro no puede hacer lo que hace un comediante de stand-up. Pero hay mucho stand-up malo, y entiendo el prejuicio: tiene su correlato con la realidad. El mal stand-up se queda buscando solo el chiste. Hacer reír es el paso previo. Un cúmulo de cuarenta chistes en 10 minutos funciona bien para arrancar; después, hay que asumir riesgos.


Los referentes locales

W: Tato, Jorge Guinzburg y Enrique Pinti son tres referentes que hay que ver y estudiar. Pinti es el gran monologuista político; Jorge fue un capo para conducir, escribir y armar un show televisivo teatral.

P: Cuando era chico, dentro del género de alguien solo parado hablando, veía los monólogos de Marcos Mundstock en Les Luthiers, o a [Juan] Verdaguer. Pettinato fue el eslabón perdido entre el viejo monologuista argentino y el comediante de stand-up. Como mujeres, estaban Niní Marshall o Gabriela Acher. [En el stand-up] hay machismo en las condiciones estructurales, igual que para acceder a un puesto de jerarquía. Natalia Carulias fue una de las primeras mujeres en hacer stand-up en la Argentina. Ahora están Dalia, Malena Pichot y un montón más, menos conocidas pero muy buenas.

DG: Como referentes, tengo a Juana Molina, Maitena, Vero Lozano. Me interesa el humor hecho por mujeres. Como en todos los laburos, lentamente las mujeres estamos ocupando espacios. Ahora debemos ser unas cien minas haciendo stand-up. [Epocas atrás] a las mujeres se las educó en disimular, evitar el ridículo, ser calladitas y finas. Cuando hacés humor, arrasás con todo eso.

González: “Hay grandes referentes mujeres, como Fernanda Metilli y Malena Guinzburg”.

—¿Se podría establecer una relación entre estos referentes del stand-up con Jorge Lanata?

W: Es probable que sea como un showman. Si bien existía el periodismo antikirchnerista, faltaba una estrella carismática. El se puso en ese lugar, y ahora el público está esperando eso todo el tiempo. Con lo de posverdad, ahora todo el periodismo está puesto ahí: vale más el show, el grito, el dedito levantado que la información, el dato, la posta.


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