Puzzolo y Sacco, un diálogo entre el silencio y el grito
El Centro de Arte Contemporáneo Chateau Carreras inauguró “Arte. Acción y pensamiento crítico”, una exposición que reúne por primera vez la poética de Norberto Puzzolo y la fuerza de Graciela Sacco.
Hay silencios que aturden y gritos que, plasmados en una pared, logran detener el tiempo. En las salas del Centro de Arte Contemporáneo, el aire parece espesarse de una manera distinta desde el pasado 25 de marzo.
No es solo el peso de la historia; es la vibración de dos trayectorias que, aunque nacidas en Rosario, han recorrido el mundo desarmando la indiferencia.
Curada por Alejandro Dávila, la muestra pone a dialogar a Norberto Puzzolo —referente de Tucumán Arde— con la obra de la recordada Graciela Sacco. Juntos, trazan un mapa que va desde la agitación de los años 60 hasta las sutiles pero feroces críticas a la desigualdad contemporánea.
La sensibilidad de lo no dicho
Para Dávila, la unión de estos dos nombres fue una decantación natural de sensibilidades compartidas. “Considero que ambos tienen una sensibilidad social muy particular; Puzzolo a través de la fotografía y Graciela a través de sus heliografías. En la obra de él podemos ver los paisajes, el silencio, la ausencia, el que no está, o el que estuvo... la silla vacía”, explica el curador.
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La selección de piezas evita caer en la obviedad del mensaje político directo para apostar por la potencia del símbolo. Dávila es tajante en su criterio estético: “A mí no me gusta el arte panfletario porque me parece una obviedad. Esto es un grito desesperado”.
Al recorrer las salas, las famosas “Bocanadas” de Sacco —esas bocas abiertas en un reclamo mudo— conviven con instalaciones de cucharas heliografiadas. “La cuchara, la boca, la comida... ella siempre estaba preocupada por la hambruna del mundo. En un país como este, que tenemos comida para tirar al techo, eso es un despropósito”, reflexiona Dávila.
El reencuentro con la memoria
Para Puzzolo, esta exposición tiene una carga emocional que trasciende lo profesional. Una sola frase de Dávila al fotógrafo bastó para obtener el “sí”. “Alejandro me llamó y me dijo ‘quiero hacer una muestra de Graciela y tuya’. Y yo tengo un gran afecto y un gran dolor porque Graciela ya no esté entre nosotros", confiesa el artista con una voz que trasluce la nostalgia.
El vínculo entre ambos se remonta a los años de formación de Sacco: “Graciela fue la primera persona que investigó sobre Tucumán Arde siendo estudiante. Después tuve una amistad, ella desarrolló su obra y siempre confió en mí para que le fotografiara su trabajo. Me sentí muy orgulloso de que confiara en mi mirada”.
La silla: de la calle al paisaje de la ausencia
Uno de los ejes centrales de la puesta son las sillas, un elemento recurrente en la producción de Puzzolo que ha mutado su significado con el paso de las décadas. “En los años 60, las sillas amarillas de la vidriera fueron un trabajo colectivo. Eran para que la gente se sentara a mirar la calle, porque el arte ya no estaba en las paredes del museo, sino en los movimientos estudiantiles y obreros”, recuerda el fotógrafo.
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Sin embargo, el tiempo y la dictadura resignificaron ese objeto cotidiano. En 2014, Puzzolo retomó el concepto para el Museo de la Memoria: “Dije, bueno, voy a hacer una silla, como aquella amarilla pero pintada de negro, dentro del paisaje. Tenía que ser bello pero conmovedor, que impactara por esa silla vacía”. Y añade una definición ética sobre su proceso creativo: “Es la mirada del otro la que termina de construir la obra. Pero yo trabajo mucho en lo que no quiero que se vea. No quiero que nadie se imagine que en esa silla vacía pueda haber estado Videla sentado”.
La dignidad de los invisibles
En otra de las salas y más acá en el tiempo, la serie “La casa de los otros” rescata la figura del trabajador con una estética que remite al retrato clásico.
Puzzolo decidió enfocar su lente en quienes construyen los edificios de lujo que nunca habitarán. “Esa gente tiene dignidad, y así las quise ver. Que en vez de un príncipe con una espada, el señor fuera el obrero con su serrucho, con su cuchara o su balde de mezcla, posando con dignidad”, finaliza.
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