Perfil
CóRDOBA
PROTAGONISTAS

La era de la “realización algorítmica”: ¿el fin del cine tal como lo conocemos?

El avance de la IA en la industria audiovisual está redefiniendo el papel del creador. El realizador Guillermo Zaballo habla de los desafíos éticos, estéticos y políticos de trabajar con “capas humanas y no humanas”.

28-3-2026-Guillermo Zaballo
Guillermo Zaballo. | Fino Pizarro

La irrupción de la Inteligencia Artificial en los medios audiovisuales está impactando en el modo de crear. Guillermo Zaballo -realizador audiovisual, guionista y profesor universitario- lo denomina la era de la "realización algorítmica", un nuevo escenario donde el software, además de ejecutar órdenes, propone, anticipa y genera variantes que intervienen directamente en la obra.

Mientras Hollywood advierte sobre el fin de una era, se abre el debate sobre los desafíos éticos, estéticos y políticos de la industria. Sobre este punto, Zaballo apunta que el rol del realizador no desaparece, pero se transforma; ahora debe “diseñar condiciones de trabajo entre capas humanas y no humanas”. La creatividad se desplaza a la elección con criterio. El guionista señala que la singularidad de una obra ya no está garantizada por la herramienta, sino que “hay que producirla activamente”, forzando al sistema a no resolverlo todo desde la lógica dominante.

Zaballo es magíster en escritura audiovisual. Su trayectoria combina la producción artística con la formación académica y la reflexión sobre el lenguaje audiovisual. Trabaja especialmente en guion, realización, narrativa contemporánea y nuevos medios; desarrolla propuestas que vinculan cine, series, plataformas digitales y docencia.

-¿De qué manera está afectando la IA a la producción audiovisual?
-La está afectando la de un modo profundo, pero no tanto porque cambie de raíz la narrativa audiovisual, sino porque transforma la realización. Lo que está variando es el modo de hacer: las condiciones materiales, los tiempos, los flujos de trabajo, la relación entre decisión humana y automatización. Durante mucho tiempo el audiovisual dependió de soportes físicos, de procesos lentos, costosos y en gran medida irreversibles. Después llegó lo digital, que volvió la imagen dato, hizo reversible la edición y permitió integrar en un mismo entorno imagen, sonido, diseño, animación y efectos. Pero hoy estamos en otra instancia: la herramienta ya no sólo ejecuta, también propone, completa, anticipa y sugiere caminos. Eso es lo que entiendo como el pasaje hacia una era de “realización algorítmica”.

-¿Qué ha cambiado desde la producción manual y material hasta hoy?
-El cambio principal es que antes la realización estaba íntimamente ligada a la materialidad del soporte y ahora se organiza cada vez más como un sistema. Antes había película, cinta, laboratorio, montaje físico, copia material. Luego hubo software, timeline, archivo y postproducción expandida. Ahora aparecen sistemas generativos capaces de producir borradores, variantes, referencias visuales, montajes iniciales o estilizaciones. El salto no es sólo tecnológico: es cultural y organizacional. Ya no trabajamos solamente con herramientas, sino con sistemas que intervienen en la forma final de la obra.

Una empresa de aviación civil buscar ser el "salvavidas" de FAdeA: aterriza con una inversión de $250 millones

-¿Cuál es el rol del realizador audiovisual en este contexto donde las máquinas sugieren estructuras?
-El rol del realizador audiovisual no desaparece, pero sí cambia. Ya no consiste únicamente en operar equipos o coordinar personas, sino en diseñar condiciones de trabajo entre capas humanas y no humanas. El realizador pasa a decidir qué se automatiza y qué no, qué sugerencias acepta, cuáles descarta, dónde pone un límite, cómo evita que el sistema imponga su lógica de repetición o de optimización para la visibilidad. En otras palabras, la tarea se desplaza desde la ejecución pura hacia la conducción estética, ética y política del proceso.

-Algunos piensan que la realización audiovisual podría pasar a ser un oficio de ejecución técnica más que creativa…
-No creo que la realización audiovisual esté pasando a ser un oficio meramente técnico. Al contrario: cuanto más automatizada está la ejecución, más valor adquiere la decisión creativa. Si un sistema puede generar versiones, ordenar material o proponer soluciones formales, entonces lo decisivo ya no es producir por producir, sino elegir con criterio, sostener una mirada y construir una diferencia. La creatividad no desaparece: cambia de lugar. Ya no se juega sólo en la fabricación directa de la imagen, sino también en la selección, en la interrupción, en la insistencia sobre una voz propia frente a lo probable y lo estandarizado.

-Como en otros campos aquí también hay dilemas éticos respecto al uso de la IA. Por ejemplo, que el espectador no pueda dilucidar qué es producto humano y qué es una propuesta del algoritmo.
-Creo que ahí hay un punto sensible. No porque todo producto deba llevar una advertencia moral, sino porque en la cultura audiovisual la relación con la imagen siempre estuvo vinculada a una idea de huella, de decisión, de cuerpo y de mundo. Si eso se vuelve opaco, aparece un problema de confianza. Mi posición es que debería haber criterios de transparencia, sobre todo cuando el uso de IA altera sustancialmente la percepción de realidad o reemplaza procesos creativos humanos sin que eso sea visible para el espectador.

-¿Cómo evitar que los productos audiovisuales impactados por la IA sean todos iguales y transmitan una visión del mundo uniforme?
-Hay que recuperar el valor de la intervención. Los sistemas tienden a promediar, a estabilizar, a devolver lo más probable según sus datos de entrenamiento. Por eso, si el realizador acepta sin conflicto todo lo que la máquina ofrece, el resultado tiende a homogeneizarse. La diferencia aparece cuando se trabaja contra esa inercia; cuando se corrige, se limita, se desarma, se desacelera y se fuerza al sistema a no resolverlo todo desde la lógica dominante. La singularidad no está garantizada por la herramienta; hay que producirla activamente.

Redes sociales bajo la lupa: un fallo histórico reabre el debate sobre su impacto en la salud mental

-¿Es posible sostener una visión artística original cuando el “colaborador” algorítmico está entrenado bajo la lógica comercial de las plataformas de consumo masivo?
-Sí es posible, pero no de manera ingenua. Si el colaborador algorítmico está entrenado bajo lógicas comerciales de plataformas masivas, entonces la voz propia requiere más conciencia, no menos. El riesgo existe: que la obra termine pareciéndose a una media estadística del gusto contemporáneo. Por eso hoy la originalidad no consiste sólo en “tener ideas”, sino en construir procedimientos que resistan la estandarización y preserven zonas de incertidumbre, de desvío y de sensibilidad.

-Si el realizador interacciona ahora con modelos entrenados y bases de datos, ¿en qué punto la selección de una sugerencia de la IA deja de ser autoría y se convierte en una simple gestión de datos ajenos?
-En cuanto a la autoría, creo que seleccionar una sugerencia de IA no elimina por sí mismo la condición autoral, pero la vuelve más problemática y exige mayor responsabilidad. Hay autoría cuando existe una orientación de sentido, una decisión consciente, una organización singular del material y una toma de posición sobre lo que entra y lo que queda afuera. Se vuelve mera gestión de datos ajenos cuando el sujeto se limita a administrar opciones producidas por el sistema sin intervenir críticamente en ellas. La diferencia no está en usar o no usar IA, sino en el tipo de relación que se establece con ella.

-Hollywood ha advertido que se acerca el fin de la industria tal como la conocemos, ¿creés que la “realización algorítmica” profundizará la brecha entre un cine industrial automatizado y un cine artesanal que resiste?
-Pienso que la realización algorítmica probablemente profundice la brecha entre un cine industrial automatizado y un cine más artesanal. La gran industria tenderá a incorporar estos sistemas para acelerar procesos, reducir costos y producir contenido escalable. Pero justamente por eso también puede crecer el valor cultural, estético e incluso político de formas audiovisuales que preserven tiempos, cuerpos, territorios y decisiones menos subordinadas a la lógica algorítmica. No veo el fin del cine, sino una reconfiguración del campo: un nuevo escenario en el que será necesario discutir no sólo tecnologías, sino también modelos de producción, formación, autoría y políticas públicas para que la diversidad audiovisual no quede absorbida por una única lógica de sistema.