La mística que doblegó al Papa: cómo Catalina de Siena rescató la Iglesia de las ruinas
La joven Caterina Benincasa, hija de un tintorero, desafió la pestilencia y la corrupción de la corte papal de Aviñón y se convirtió en la voz que obligó a los Papas a regresar a una Roma devastada.
Caterina Benincasa era una mujer de treinta años, hija de un tintorero pobre de Siena. Sin embargo, fue esa joven, hoy conocida como Santa Catalina de Siena, quien logró lo que reyes, cardenales y diplomáticos no pudieron: convencer al Papa de abandonar el lujo de la sede de Aviñón y regresar a una Roma en ruinas que se creía abandonada por Dios.
Los Papas vivían y gobernaban desde Aviñón desde Clemente V en 1309. Roma era entonces el dramático escenario de una batalla de facciones políticas, lideradas por ricas familias aristocráticas, como los Orsini y los Colonna, que buscaban controlar la ciudad. La primera decisión de Clemente fue no dirigirse a Roma para tomar posesión de la cátedra de Pedro, porque creía que los conflictos internos hacían peligroso el ejercicio del poder papal.
En su lugar, ante el asombro de los romanos, Clemente emprendió un lento regreso a su Francia natal, fue coronado en Lyon y vivió un tiempo en Burdeos, Poitiers y Toulouse buscando la tranquilidad que la caótica Roma no le ofrecía.
Finalmente, el papa instaló su corte en Aviñón. Para el cronista florentino Giovanni Villani esto fue "el comienzo de la desdicha de Roma, pues la ciudad, privada de su pastor, cayó en manos de los lobos". Con su decisión, dijo el gran poeta y humanista Francesco Petrarca, Clemente "abrió las puertas a la desdicha de la Iglesia… Roma fue abandonada, y la santa ciudad cayó en ruinas, llorando la ausencia de su pastor".
La ciudad del Ródano se transformó pronto en la esplendorosa corte de los Papas. Clemente VI (1342-1352) vivió rodeado de un lujo que Francesco Petrarca no dudó en denunciar como la "Babilonia de Occidente". En sus escritos, el poeta describió un lugar donde "el vicio se disfraza de virtud y la corte del Vicario de Cristo se asemeja más a un mercado de ambiciones que a un templo de fe".
Pero mientras los cardenales vestían sedas y celebraban banquetes en la exuberante Aviñón, Roma comenzó a desmoronarse. Sus iglesias quedaron vacías y sus habitantes, como diría Petrarca, morían sin consuelo "como si Dios y el Papa los hubieran olvidado". El 6 de diciembre de 1352, Clemente VI murió, pocos días después de que Santa Brígida tuviera una visión en la que Cristo sentenciaba: "Ha llegado la hora de la ira. Juzgaré a este papa, que ha dispersado el rebaño de Pedro".
A Clemente VI le sucedió Inocencio VI (1352-1362), quien, a pesar de sus febriles esfuerzos por erradicar los abusos y disminuir el esplendor papal, no pudo evitar el declive del prestigio de la Iglesia.
En Roma, la situación social y política se había tornado más grave. Los peregrinos quedaban impactados por la ruina y la decadencia de la ciudad.
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Inocencio VI envió al cardenal Gil Álvarez de Albornoz para pacificar militarmente los Estados papales italianos, buscando un orden que permitiera el retorno. Pero su cautela le valió el desprecio de los místicos; Brígida de Suecia llamó al Papa "más abominable que los usureros judíos, más traidor que Judas, más cruel que Pilatos" y que a su muerte fue "arrojado al Infierno como una piedra pesada".
El nuevo papa, Urbano V (1362-1370), definido por el historiador John O’Malley como un hombre de "personalidad obstinada, obsesiva, paranoica y propensa a violentos arrebatos de temperamento", reinó durante una época oscura para Europa. Después de la Peste Negra, las ciudades sufrían de pobreza, hambre y anarquía y muchos creían que Dios había abandonado al mundo y se preguntaban qué sería de ellos.
Según Eric Frattini, Urbano "creía que regresando a la sede romana, la Iglesia volvería al recato y a la humildad" y decidió viajar en abril de 1367, pero su intento terminó en un fracaso humillante.
En Roma se encontró con un panorama desolador: "Las casas se derrumban, las murallas caen, los templos se vienen abajo, los santuarios se desploman y las leyes son pisoteadas—había escrito Petrarca—. Letrán está en el suelo, y la Madre de todas las iglesias está expuesta, sin techo, al viento y a la lluvia. Las santas moradas de San Pedro y San Pablo se tambalean y lo que hasta hace poco era todavía templo de los Apóstoles es hoy informe montón de piedras y escombros que mueve a la compasión".
Espantado por la anarquía romana y temiendo por su vida, Urbano V huyó de vuelta a Francia pese a que Santa Brígida le escribió para advertirle que si abandonaba Italia moriría pronto. Desoyendo las advertencias de la santa sobre la ira divina, regresó a Aviñón y falleció poco después en 1370. Su muerte fue considerada como un castigo de Dios por dar la espalda a Roma.
Pasaría casi una década hasta que el papa Gregorio XI (1370-1378) dio el paso histórico y definitivo de regresar a Italia y restablecer la sede papal en Roma. Ya habían pasado setenta años desde que los papas habían abandonado la Ciudad Santa a su suerte para entregarse a los placeres mundanos en Aviñón, construir palacios, celebrar grandes banquetes, cosechar amantes y mucho dinero a cambio de indulgencias y cargos eclesiásticos.
Para cuando Gregorio XI llegó al trono, Roma, al igual que varias regiones de Italia, estaba sumida en una agitación política y social cada vez mayor. En ausencia del Papado, la ciudad había perdido su esplendor y era el escenario, no solo de sangrientos enfrentamientos entre facciones que buscaban controlar la ciudad, sino también de la más absoluta decadencia. Todavía persistía entre los romanos la creencia de que la gran epidemia de la Peste Negra, surgida a finales de la década de 1340 y que sembró muerte en casi toda Europa, era un castigo divino.
Aviñón, en cambio, era descrita por Petrarca como la ciudad donde "se desprecia a Dios, sólo se venera al dinero y se pisotea la ley de Dios". "Todo allí respira la mentira: el aire, la tierra, las casas y, sobre todo, las alcobas papales", escribió el poeta. (...) En ese lugar todo bien se pierde: primero, la virtud, y, luego, sucesivamente, la tranquilidad, el gozo, la fe, la caridad y el alma, ¡pérdidas terribles!"
Catalina de Siena, una santa nacida en un mundo de oscuridad y dolor
En ese mundo caótico nació Caterina, en 1347, mientras la peste mataba a más de la mitad de la población de su ciudad. Las escenas de enfermedad y muerte que contempló en su infancia despertaron su espíritu caritativo.
El dominico Raimundo de Capua, consejero espiritual de Catalina y autor de La vita di Santa Caterina da Siena, relató que ella tenía unos seis cuando vio en el tejado del convento dominico de Siena a Cristo sentado en un trono junto a los santos Pedro, Pablo y Juan. "¿Qué esperas para seguirme?", le dijo. Impresionada, la niña decidió entregar su vida a Dios desafiando la voluntad de sus padres, que querían casarla con un hombre viudo. Los biógrafos de Catalina aseguran que sus padres se opusieron a la idea de que consagrara su vida a la iglesia y la encerraron en un galpón, con agua y pan como único alimento, con el fin de que cambiara de idea.
Catalina resistió años en su celda hasta que, a los dieciséis, ingresó en la Tercera Orden de los Dominicos, lo que le permitió seguir una vida consagrada sin entrar en un convento, combinando oración, penitencia y servicio a los pobres. Cuando no estaba cuidando enfermos de la peste, la joven practicaba un ascetismo riguroso, incluyendo ayunos tan extremos que, según los cronistas, en los últimos años de su vida apenas consumía agua y la Eucaristía.
"El cuerpo debe ser disciplinado para que el alma pueda volar hacia Dios", decía ella.
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También se sometía a duras flagelaciones, que creía necesarias para purificar el alma y unirse al sufrimiento de Cristo. "Se flagelaba tres veces al día--relató Raimundo de Capua--. Una por su propia alma, otra por los vivos, y otra por los muertos. Usaba una cadena de hierro alrededor de su cuerpo, que le causaba gran dolor".
Pronto en toda Siena se hablaba de la piedad y la santidad de Catalina, que se hizo famosa por sus visiones, los largos períodos en éxtasis durante los que parecía ajena al mundo físico, y las advertencias que recibía del cielo.
"Ella se retiraba a su celda, donde, inflamada por el amor divino, se entregaba a la oración con tal fervor que parecía no estar en este mundo, sino en la presencia de Dios", relató Raimundo. Allí fue donde, según aseguró, Jesús bajó del cielo para consumar con ella un "matrimonio místico" en presencia del Espíritu Santo, la Virgen, los ángeles, los santos y los mártires.
Catalina de Siena siente "el olor del pecado" en Aviñón
Después de enfrentar a la enfermedad y la muerte durante la plaga, Catalina manifestó que Dios la llamó para hacer frente a la profunda crisis de corrupción que atravesaba el Papado de Aviñón y comenzó a denunciar los pecados y las perversiones del clero, reclamándoles a ellos y al papa, en nombre de Jesucristo, que volvieran a Roma.
La santa se sentía llamada a "abrir las puertas de las almas" y comenzó a rezar, ayunar y autoflagelarse con mayor intensidad por la salvación de una Iglesia que creía condenada. La fuerza de su testimonio llegó a oídos de Gregorio XI, con quien comenzó un intenso intercambio epistolar. El Papa, que era francés y amaba profundamente la corte papal en Francia, decía que quería regresar la Santa Sede a Roma pero que el temor a los peligros y las amenazas de los territorios de Italia paralizaron su decisión una y otra vez.
La posición del Papa era complicada: la curia, compuesta mayormente por franceses, lo presionó para que se quedara en Aviñón y el rey Carlos V de Francia envió a su hermano para convencerlo de que no se marchara. La noble familia del papa, que ejercía una enorme influencia sobre él y se beneficiaba económicamente de ello, también lo presionaba para quedarse.
Aunque se negó a escuchar a sus oponentes, Gregorio XI sí prestó su oído a santa Brígida de Suecia, que años antes había clamado ante Urbano V para abandonar "ese lupanar en que se ha convertido la Iglesia". Cuando Brígida murió, en 1373, Catalina de Siena tomó su lugar y, con dulce firmeza, comenzó a interpelar a Gregorio para que regresara a Roma.
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En uno de sus llamados más dramáticos, definió a la abandonada Roma como "un jardín regado con la sangre de los mártires, que todavía está hirviendo y llamando a otros a seguir sus pasos".
En sus cartas al papa, Catalina se presentaba como una "sierva y esclava de los siervos de Jesucristo" y "su pobre desdichada hija indigna" para pedirle al pontífice: "Ayuda a eliminar el vicio y el pecado, el orgullo y la inmundicia que proliferan entre el pueblo cristiano, especialmente entre los prelados, los pastores, y administradores de la santa Iglesia que se han dedicado a comer y ¡devorando almas, no convirtiéndolas, sino devorándolas. Todo proviene de su amor egoísta por sí mismos, del cual el orgullo es y la codicia y la avaricia y la impureza espiritual y corporal".
En otra carta, citada por Stephanus Baluzius en Vita Gregorii XI, Catalina lo urgió a dejar de vacilar: "No temáis las tormentas de Italia, pues Dios os guiará y la paz será vuestra recompensa".
Pese a la feroz oposición interna, Gregorio XI fue convencido por Catalina y en mayo de 1372 anunció sorpresivamente que toda la sede papal volvería a Roma. Pero el anuncio quedó en nada: la oposición unánime de los cardenales y la falta de fondos para costear el traslado de toda la corte paralizaron la decisión durante cuatro años más.
La mudanza a Roma se pospuso ante las advertencias cada vez más fuertes de Catalina: "Cumpla con su promesa hecha a Dios —le dijo al papa en una carta en la que le reprochó su cobardía e indecisión— ¡Ánimo, virilmente, Padre! Que yo le digo que no hay que temblar".
En las siguientes cartas, la santa fue todavía más dura con el pontífice, reprochándole el no saber usar el poder que Dios le dio para gobernar a la Iglesia: "Puesto que Cristo te ha dado autoridad y tú la has aceptado, debes usar el poder y la fuerza que te pertenecen. Si no tienes la intención de usarlo, sería mejor y más para el honor de Dios y el bien de tu alma renunciar... Si yo estuviera en tu lugar, tendría miedo de incurrir en el juicio divino".
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Más adelante en la misma carta, reprendió a Gregorio por su vacilación: "¡Maldito seas, porque el tiempo y el poder te fueron confiados y no los usaste!". Considerando que estaba siendo mal aconsejado por hombres que "abandonaron sus sedes por amor al lujo y la comodidad de Aviñón", Catalina le dijo al papa: "Me parece que eres como un cordero entre lobos".
Viendo que sus súplicas desde Siena no lograban el efecto esperado, en junio de 1376 Catalina aprovechó un viaje a Aviñón para convencer personalmente a Gregorio XI de ir a Roma.
La ciudad la recibió con hostilidad y los hombres de la corte papal la menospreciaron. Un grupo de teólogos fueron a verla al sitio donde se hospedaba la santa y atacaron su opción de vida, sus ayunos extremos, sus visiones y sus penitencias. La creían una loca, querían arrancarle alguna confesión que pudiera servirles para la acusación de herejía y deshacerse de ella. Pero después de horas de discusión, según el relato de Sigrid Undset, "cuando los dos sabios se despidieron de ella, iban convencidos de que ‘la insignificante mujercita’ penetraba en las cosas espirituales más profundamente que ningún doctor en teología. Y como eran hombres justos y realmente sabios, fueron a decírselo al Papa".
Raimundo de Capua describe con gran detalle el encuentro de Catalina con mujeres de la corte de Aviñón, algunas de las cuales eran favoritas de religiosos: "Cuando Catalina se encontró con ciertas mujeres de Aviñón, cuyo comportamiento era notoriamente pecaminoso, exclamó con gran dolor: ‘¡Oh, cómo apesta el hedor del pecado en este lugar! Vuestras almas están envueltas en tinieblas, y el olor de vuestros pecados ofende a Dios’".
El episodio también es mencionado en el Libellus de Supplemento de Tommaso Caffarini, otro dominico que recopiló testimonios sobre santa Catalina: "En Aviñón, Catalina no temió reprender a las mujeres que vivían en el pecado, diciendo que su corrupción era una afrenta a la santidad de la Iglesia. Muchas, tocadas por sus palabras, buscaron la penitencia".
La franqueza de la santa también incomodó a aquellos que se beneficiaban financieramente del ambiente de Aviñón, pero ella permaneció imperturbable: "No es mi voz la que habla, sino la de Aquel que me envía para despertar a las almas dormidas", dijo.
Gregorio escucha la "voz de Dios" en Catalina de Siena
De pie ante Gregorio XI en el palacio papal de Aviñón, Catalina le reprochó que todavía mantuviera el Papado en el exilio y en un ambiente de tanta extravagancia: "Quisiera verte con espíritu viril, libre de miedos y egoísmos y libre del amor carnal a tus parientes", le dijo.
Poniéndose de rodillas, le suplicó: "Las Llaves del Reino que le entregó el Señor están oxidadas. El bien de la Cristiandad exige tu presencia en Roma. En el nombre de Dios, te suplico por tu regreso".
En otro encuentro, cuando el Papa le expresó su amor por su país natal y sus parientes, ella le aconsejó: "Para cumplir tu deber, santísimo padre, y obedeciendo la voluntad de Dios, cierra las puertas de este vuestro castillo que tanto amas; abandona a tu familia, tus amistades, tu bella tierra, y emprende el camino de Roma, donde la soledad de las ruinas, el vértigo de las facciones, la volubilidad del pueblo, el aliento de la malaria, la tribulación, la Cruz, te esperan y solicitan, en trueque de tu paraíso de Aviñón".
A pesar de los obstáculos lingüísticos que existían ante ambos, el papa comprendió espiritualmente las dulces advertencias de Catalina. Según Sigrid Undset, el papa quedó "sorprendido de la sólida inteligencia y de la profunda penetración espiritual de esta mujer". "La voz de Dios habla en ella", le dijo a los cardenales.
Lo que siguió fue tormentoso para Gregorio XI. El Papa aceptó las reprimendas de Catalina y le comunicó su decisión. Los cardenales protestaron violentamente y amenazaron con quedarse en Francia, romper con el Papa y provocar un cisma. Hubo conspiraciones, calumnias y severos augurios de un final trágico: algunos le advirtieron dramáticamente a Gregorio que corría el riesgo de morir envenenado si se obstinaba con regresar la corte a Roma.
"Muchos cardenales, especialmente los franceses, se opusieron al traslado, argumentando que Roma estaba sumida en el desorden y que Aviñón ofrecía seguridad y estabilidad--relató el erudito Stephanus Baluzius-- Pero Gregorio, movido por el celo de la reforma y las súplicas de Catalina, resolvió partir".
El 13 de septiembre de 1376, Gregorio XI dejó Aviñón pese a los ruegos de religiosos, nobles y comerciantes. Cuando salió del palacio, su anciano padre se arrojó al suelo para impedirle el paso: "Pasa sobre mi cuerpo si te atreves, antes de dejar nuestra amada Francia, y de separarte de tu anciano padre, que nunca jamás volverá a verte", le dijo. Según Baluzius, el pontífice lo apartó suavemente y siguió su camino.
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Fue un viaje muy peligroso: la galera que condujo por mar al Papa y a su corte sufrió feroces tormentas y casi naufragó. Durante el lento trayecto por tierra, el calor enfermó a muchos miembros de la corte. Se cuenta que tres cardenales ancianos murieron durante la travesía y que el resto de los que integraban el séquito le advirtieron a Gregorio que se trataba de la ira de Dios.
Agotado y medio enfermo, Gregorio desoyó las súplicas de un regreso intempestivo a Aviñón y entró solemnemente a Roma en enero de 1377. Instalado en el palacio del Vaticano, escribió: "Abandoné una patria hermosa, un pueblo piadoso y agradecido y muchas otras cosas preciosas, cerrando los oídos a la oposición o a los ruegos de reyes, príncipes y cardenales… con el firme propósito de reparar los males causados por los regentes de la Iglesia".
Lo que Catalina no podía saber es que su victoria sería incompleta. El regreso del Papa a Roma no trajo la paz inmediata a los estados pontificios, ya que las hostilidades, como la masacre de Cesena, exacerbaron las tensiones y obligaron a Gregorio a refugiarse temporalmente en Anagni. Además, toda Italia todavía era un campo de batallas y se cree que Gregorio XI hizo planes secretos para abandonar Roma y volver a su amada Aviñón.
Desde Siena, Catalina le escribió a su amigo nuevas cartas, instándole a mantenerse firme en su decisión, "con solicitud, sin negligencia, sin temores, a fin de arrancar vicios y de plantar virtudes, en el huerto de la Iglesia".
Tras la muerte de Gregorio XI, la elección de su sucesor desató el Cisma de Occidente: la Iglesia se partió en dos, con papas rivales gobernando desde Roma y desde Aviñón al mismo tiempo. Catalina, que había dado todo para reunir lo que estaba roto, se trasladó a Roma para defender la legitimidad del papa romano, Urbano VI.
Viajó de Siena a Roma "para sostener la barca de Pedro, que estaba siendo sacudida por las olas de la división", según Raimundo de Capua. "Allí, con sus oraciones y exhortaciones, trabajó incansablemente por la unidad de la Iglesia", escribió.
Catalina trabajó sin descanso, pero su cuerpo ya no la acompañaba. Años de flagelaciones, ayunos extremos y noches sin dormir habían cobrado su precio. Murió el 29 de abril de 1380, a los 33 años, con el mismo nombre en los labios con el que había comenzado todo: Roma. "Santísimo Padre —le escribió al Papa en sus últimos días—, fortalezca su corazón en la verdad de Cristo crucificado, pues la Iglesia, su esposa, sufre y necesita de su firmeza".
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