Elecciones en Colombia: los candidatos buscan alianzas externas bajo la presión de la violencia política y el crimen organizado
A menos de un mes de la primera vuelta, los candidatos proyectan sus campañas hacia el exterior para inscribirse en las grandes corrientes ideológicas del momento. Pero la disputa real sigue marcada por la violencia, el crimen organizado y el desgaste del oficialismo.
A menos de un mes de la elección presidencial en Colombia, los candidatos ajustaron el timing de campaña y proyectaron sus estrategias hacia el exterior. Desde Washington hasta Brasilia, pasando por Barcelona y Buenos Aires, los aspirantes a suceder a Gustavo Petro mostraron su actividad en las redes: viajes, reuniones y fotos con protagonistas de la escena política mundial, en una búsqueda por inscribirse en un mapa más amplio, donde los alineamientos ideológicos vuelven a cobrar peso en un momento de redefinición del orden global.
En ese tablero, Iván Cepeda, que encarna la continuidad del oficialismo con matices, aparece abrazado a Lula da Silva y Pedro Sánchez, referentes del progresismo internacional, de cara a la primera vuelta electoral del 31 de mayo. Quien le sigue en las encuestas, el abogado mediático Abelardo de la Espriella, se muestra con Donald Trump en su búnker político en Mar-a-Lago y emula el modelo de seguridad de Nayib Bukele, alineándose con la derecha conservadora global.
Abelardo de la Espriella, el outsider colombiano que quiere meterse en el balotaje el 21 de junio, se reunió con Donald Trump y Marco Rubio en enero.
Paloma Valencia, figura del espacio del expresidente Álvaro Uribe, ensaya su propio recorrido dentro de ese escenario polarizado, incluyendo gestos hacia la oposición venezolana y fotos con María Corina Machado (condicionada tras el acuerdo entre el presidente estadounidense y la cúpula chavista), en un contexto donde Venezuela sigue siendo una variable sensible en el país que albergó a la mayor parte de su diáspora.
Pero detrás de esa proyección externa, la pregunta es otra: cuánto de esa construcción incide realmente en una elección atravesada por una crisis interna cada vez más profunda, marcada por la renovada violencia política, con denuncias de amenazas de muerte y la sombra del asesinato del candidato Miguel Uribe el año pasado; sumado al desgaste de la política de "paz total" tras los fracasos en las negociaciones con disidencias de las FARC y a las denuncias de corrupción que golpean al primer gobierno progresista en la historia reciente del país sudamericano.
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El mapa internacional de los candidatos a la presidencia de Colombia
Cepeda, senador y figura histórica de la izquierda colombiana vinculada a la defensa de derechos humanos, eligió mostrarse con figuras como Pedro Sánchez y Luiz Inácio Lula da Silva. en una secuencia que también incluyó referencias a Claudia Sheinbaum y su participación en espacios de articulación progresista en Europa, como la cumbre de Barcelona, donde también se cruzó con Wado de Pedro, quien llevó la agenda de la expresidenta Cristina Kirchner, y el gobernador bonaerense Axel Kicillof.
En tanto, no se trata solo de fotos: es una narrativa. La de un candidato que busca inscribirse en la continuidad del ciclo político que encarna Gustavo Petro, pero con proyección regional y legitimidad internacional, en medio de un contexto doméstico complicado. En ese registro, la política exterior funciona como espejo de una identidad política: progresismo, multilateralismo, agenda social.
Iván Cepeda y Lula da Silva se reunieron en la
Del otro lado, De la Espriella, abogado mediático sin trayectoria política tradicional, irrumpió desde afuera con un discurso confrontativo anclado en el orden. En enero apareció junto al español Santiago Abascal, líder de Vox, y firmó la Carta de Madrid que busca posicionarse contra las ideas que encarnan el Foro de San Pablo o el Grupo de Puebla, y que también integran el presidente Javier Milei o la premier italiana Giorgia Meloni.
Junto al encuentro con Donald Trump y Marco Rubio en Miami, forma parte de una estrategia que combina alineamiento ideológico con un discurso de mano dura. "A los bandidos no se les premia, se les encierra. Y se les encierra lejos, donde no puedan seguir delinquiendo, intimidando ni burlándose del país", planteó al defender la construcción de megacárceles en zonas aisladas al estilo del salvadoreño Nayib Bukele.
Abelardo de la Espriella y Santiago Abascal en Madrid.
En el medio quedó Valencia, senadora y heredera política del uribismo, articula su propio recorrido en ese espacio polarizado. Su cercanía con María Corina Machado y el envío de una representante a Argentina forman parte de esa estrategia. La visita de la senadora electa María Clara Posada, prevista para el 27 y 28 de abril, fue presentada como una misión para exponer en Buenos Aires, muy activa en custodiar procesos electorales de la región, las "preocupaciones" sobre el proceso electoral colombiano. También se hizo referencia a amenazas contra la propia candidatura de Valencia y al impacto de episodios recientes, como el asesinato de Miguel Uribe.
Más allá de las fotos, de las narrativas y de los gestos con algunos de los protagonistas de la política global, la clave de la elección parece jugarse en el terreno de la política doméstica, más allá de la legitimidad externa. Así lo plantea el analista internacional Ignacio Labaqui, profesor universitario de la UCA y la UCEMA.
"A De la Espriella o a Paloma Valencia probablemente no les reste tener el apoyo de Trump o Abascal porque sus votantes son anti Petro. Los núcleos duros de los candidatos de la derecha con chances de pasar a la segunda vuelta y de Cepeda, que va a estar en segunda vuelta, no cambian por el endorsement de Lula, Trump o Abascal. Los alineamientos son claros", puntualizó en un intercambio con PERFIL.
En otras palabras, el mapa internacional ordena, pero no redefine porque la elección se juega en las mismas variables que definieron el mapa político colombiano en las últimas décadas la negociación con las FARC, el crimen organizado y la corrupción frente a un escenario de violencia política y desigualdad territorial.
Las encuestas capturan parte de esa tensión. Según Atlas Intel, al 9 de abril de 2026, Cepeda lidera con el 37,8% de intención de voto, seguido por De la Espriella con 27,2% y Valencia con 22,9%, en la previa de una elección dominada por la inseguridad, la violencia política y el avance del crimen organizado, con una segunda vuelta en el horizonte donde los alineamientos ideológicos ya aparecen consolidados.
Paloma Valencia y María Corina Machado.
El fantasma de la violencia política domina la campaña en Colombia
En las últimas semanas, el propio Petro aseguró que la CIA le habría transmitido información sobre un posible atentado contra Cepeda. El candidato calificó la advertencia como “grave”, mientras tanto De la Espriella como Valencia denunciaron amenazas en redes sociales. El gobierno reforzó los esquemas de seguridad, en un contexto donde incluso actores externos comienzan a intervenir discursivamente: desde Estados Unidos, el funcionario Michael Kozak advirtió sobre posibles represalias ante cualquier alteración del proceso democrático.
El telón de fondo no es menor. En 2025, el asesinato del dirigente Miguel Uribe (atribuido a disidencias de las FARC) reactivó fantasmas que remiten a la historia colombiana reciente. La violencia política, lejos de ser un capítulo cerrado, vuelve a instalarse como variable estructural, con ecos de las décadas del 80 y 90, cuando la política y el narcotráfico se entrelazaban de manera brutal.
A eso se suma un contexto más amplio que condiciona cualquier lectura electoral. Según el último informe de 2025 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, Colombia continúa siendo el principal productor mundial de cocaína, en un escenario de expansión sostenida de la oferta global. En paralelo, el índice global de crimen organizado de la Iniciativa Global contra el Crimen Organizado Transnacional ubica al país entre aquellos con mayor presencia de redes criminales complejas, con estructuras que combinan narcotráfico, economías ilegales y control territorial.
Además, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos viene documentando el asesinato sistemático de líderes sociales, mientras que cifras del Departamento Administrativo Nacional de Estadística reflejan persistentes niveles de pobreza y desigualdad. Es en esa superposición de crisis, entre seguridad, economía ilegal y fragilidad institucional, donde se define la elección.
En ese contexto, lo internacional funciona más como refuerzo que como motor. Ordena identidades, proyecta señales, construye legitimidad hacia afuera. Pero la disputa real —la que define votos— sigue anclada en el territorio: en la seguridad, en la violencia, en la capacidad del Estado para recuperar control. Colombia, otra vez, vota mirando al mundo. Pero decide puertas adentro.
CD/ff
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