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Aprender a escucharnos sin perder la esperanza

“Vivimos rodeados de llaves para la mente: astrología, numerología, métricas, proyecciones, el control elegante del caos”, dice la autora. Sin embargo, “tal vez no necesitemos empezar el año ‘mejorados’ sino más fieles a nosotros mismos”.

Astroturismo en la provincia de Buenos Aires. Foto: Weekend

En cada fin de año reaparece la misma escena: el mundo lleno de instrucciones. Qué hacer, adónde ir, cómo cerrar, cómo empezar. Hay quienes miran el cielo como si tuviera un Excel oculto. Buscan columnas invisibles, fórmulas astrales, balances kármicos. Otros suman números, restan culpas, hacen malabares con el destino y llaman a eso previsión. 

Como si vivir fuera completar casilleros antes de que cambie el calendario.

Estamos también los que ya gastamos medio año nuevo antes de que termine diciembre. Los que abrimos la agenda como quien abre una herida, con cuidado, pero sin anestesia, y aun así seguimos escribiendo. 

Los que incluso en vacaciones sentimos una culpa extraña por no producir, por no contestar, por no “aprovechar”. Como si el descanso fuera una concesión y no una necesidad básica.

La esperanza insiste incluso cuando no hay datos que la respalden. Por eso es tan incómoda. Y por eso es tan necesaria"

Planificar no es lo mismo que creer. 

Predecir no es lo mismo que sentir.

Vivimos rodeados de llaves para la mente: astrología, numerología, métricas, proyecciones, el control elegante del caos. La mente ama ordenar. La mente, cuando se asusta, se vuelve gerente. Pero para el alma hay otra lógica. Y para el alma hay una sola llave.

Se llama esperanza.

No es lógica. No es prudente. No pide permiso ni garantías. No promete resultados. No tiene manual ni estrategia. La esperanza insiste incluso cuando no hay datos que la respalden. Por eso es tan incómoda. Y por eso es tan necesaria.

En esta época del año se nos ofrece un menú único: viajar, festejar, experimentar, salir, aprovechar. Como si hubiera una forma correcta de atravesar el tiempo. Pero no todos somos iguales. No todos necesitamos lo mismo. No todos descansamos en el mismo clima ni nos reparamos con los mismos rituales.

Hay personas que necesitan ruido para encontrarse. Y otras que necesitan silencio para no perderse. Hay quienes buscan calor, contacto, movimiento. Y quienes buscan frío, pausa, retiro. El problema no es la diferencia. El problema es la culpa de no encajar en la consigna.

En esta época del año se nos ofrece un menú único: viajar, festejar, experimentar, salir, aprovechar. Como si hubiera una forma correcta de atravesar el tiempo"

Desde chicos aprendemos que hay modos “mejores” de vivir cada etapa. Incluso la adolescencia viene con expectativas: experimentar, desbordar, probar. Y sin embargo, hay adolescentes que necesitan libros, quietud, un mundo interior más grande que el exterior. No hay nada mal en eso. Lo que cansa no es ser distinto. Lo que agota es tener que justificarse.

Tal vez por eso las vacaciones deberían ser algo más serio que “tomarse unos días”. Vacaciones no es solo descansar el cuerpo. Es dejar de exigirse sentido durante un rato. Es permitir que la mente baje la guardia. Es escucharse sin corregirse. Es recuperar un derecho que no figura en el contrato social: el derecho a no estar disponible.

No todos descansamos en el mismo clima ni nos reparamos con los mismos rituales"

Basta también haber convivido con animales para entenderlo. Hay perros que esperan. No “proyectan”, no “planifican”: esperan. Con el cuerpo entero. Con una fe silenciosa. Hay perros que esperan que su dueño regrese a casa. Y hay otros ,los abandonados, que esperan, simplemente, tener uno. Gatos que se acomodan cerca de alguien y, sin palabras, apuestan. Animales que no saben de calendarios, pero sostienen la esperanza como quien sostiene la vida.

Tal vez no necesitamos empezar el año “mejorados”. Tal vez necesitamos empezarlo más fieles a nosotros mismos. Escuchándonos. Respetando lo que cada uno necesita sin compararse, sin exigirse, sin culparse.

Porque lo único que no deberíamos perder ,ni en vacaciones, ni en cansancio, ni en duda, es la esperanza. No como consigna, sino como motor. Esa fuerza silenciosa que nos permite atravesar el tiempo incluso cuando no entendemos del todo hacia dónde vamos.
Que el año que empieza no nos encuentre adivinando, sino confiando.
No calculando, sino latiendo.

No obedeciendo una fórmula, sino escuchando la propia voz. ¡Feliz año nuevo! Que la puerta esté abierta. Y que tengamos el valor, tan irracional, tan humano, tan indestructible, de cruzarla sin dejar la esperanza del otro lado.