Salud mental

Asesinato dentro de una escuela: el silencio que no sabe interpretarse

Decir “¿cómo nadie la vio venir?” es una simpleza, porque “un docente no es un detector de riesgo”, dice la autora. Muchas otras veces ni una familia puede interpretar lo que les pasa. Y acá es cuando debería aparecer un trabajo institucional coordinado entre educación, salud y seguridad.

Fachada escuela de Santa Fe - San Cristóbal Foto: La Capital

Hay tragedias como la de San Cristóbal, en Santa Fe, que no empiezan el día del disparo. Empiezan antes. Bastante antes. Empiezan en ese lugar incómodo donde alguien ve algo raro, algo que no termina de cerrar… pero no lo dice. O no sabe cómo decirlo. Después pasa lo que pasa, y aparecen las explicaciones de siempre: la familia tendría que haberlo visto, la escuela tendría que haber actuado, los docentes tendrían que haberse dado cuenta. 

Y yo me pregunto algo más simple, pero más incómodo: ¿por qué seguimos creyendo que alguien necesariamente podía verlo y/o avisar? Porque la verdad es que muchas veces ni en la propia casa se detecta lo que está pasando. Hay adultos que viven años en situaciones que intuyen peligrosas. Lo sienten. Lo registran. Y aun así no pueden salir. No es falta de inteligencia. Es miedo, es confusión, es dependencia, es no tener una salida clara. Incluso cuando aparece la decisión de irse, muchas veces llega tarde o llega bajo amenaza. Entonces, si eso pasa en vínculos cercanos, ¿de verdad creemos que un docente, con un aula llena, puede anticipar algo así?

No se trata de sacarle responsabilidad a nadie. Se trata de dejar de pedir lo que no se puede dar. Un docente no es un detector de riesgo. No puede leer intenciones ocultas ni anticipar lo que no se expresa. Y ninguna inteligencia artificial —por más sofisticada que sea— puede hacerlo con certeza total. La idea de que alguien debería haberlo visto todo es, en el fondo, una forma de tranquilizarnos: pensar que esto es evitable si alguien hubiera estado más atento. Pero no siempre es así.

¿De verdad creemos que un docente, con un aula llena, puede anticipar algo así?"

Sin embargo, hay algo que sí se repite casi siempre después de estos hechos: alguien sabía algo. Un comentario. Un cambio raro. Una frase que quedó dando vueltas. Un gesto que no encajaba. Y sin embargo, no se dijo. No porque no importara, sino porque decirlo tiene un costo: exponerse, equivocarse, generar un problema mayor, quedar señalado. En el mundo adulto eso ya es difícil. En la adolescencia, donde la pertenencia y la mirada del otro pesan tanto, es aún más complejo. Ahí está el punto. No es que nadie ve. Es que muchas veces no se puede hablar sin riesgo.

Entonces, tal vez la pregunta no sea solo cómo detectar, sino cómo permitir que lo que ya está siendo visto pueda decirse. Y ahí aparece una posibilidad concreta que hoy casi no existe de forma estructurada: un canal anónimo real dentro del ámbito educativo.

No como consigna ni como gesto simbólico. Como sistema. 

Sin embargo, hay algo que alguien sabía, un comentario, un cambio raro, una frase que quedó dando vueltas. Un gesto que no encajaba y sin embargo, no se dijo"

Un número gratuito, accesible también por mensajería. Un acceso simple a través de códigos visibles en cada escuela. Un formulario sin nombre, sin registro, sin exposición. Un mensaje claro, repetido, presente: “si algo te preocupa, contálo. No hace falta que digas quién sos”. Ese simple gesto puede abrir una puerta que hoy está cerrada. 

La violencia no siempre se esconde detrás de una máscara de calma. A veces está a la vista y no se la quiere ver; otras, duerme donde nadie sospecha. No alcanza con decir “era una persona tranquila” ni con leer actitudes como si fueran señales claras. La violencia es como una hoja seca en un pinar: está ahí, aparentemente inofensiva, hasta que una chispa, un rayo de sol mal dirigido o un viento inoportuno la convierten en incendio.

Por eso necesitamos un detector real: una línea única, accesible desde teléfonos y aplicaciones, incluso de forma anónima, donde cualquiera —alumno, docente, asistente, familiar— pueda decir lo que vio o lo que sintió, sin miedo y a tiempo. Un lugar común para que esas señales no se pierdan

Después vendrá lo más difícil: ordenar la información, distinguir lo urgente, identificar patrones, evitar que lo importante se pierda entre lo irrelevante. Ahí la tecnología puede ayudar, pero con un límite claro: no decide, no juzga, no actúa por sí sola. Solo organiza. Las decisiones siguen siendo humanas, con criterio, con responsabilidad y también con prudencia. Porque intervenir mal también puede generar daño.

Ayuda una línea única, accesible desde teléfonos y aplicaciones, donde cualquier anónimo —alumno, docente, asistente, familiar— pueda decir lo que vio o lo que sintió, sin miedo y a tiempo"

Sí, va a haber errores. Sí, va a haber información que no sirva. Sí, va a haber exageraciones o interpretaciones equivocadas. Pero el objetivo no es construir un sistema perfecto. Es algo mucho más básico y, al mismo tiempo, más difícil: que lo que alguien sabe no se pierda en el silencio.

Esto no reemplaza a la familia. No reemplaza a la escuela. No reemplaza el trabajo cotidiano que implica educar, acompañar, escuchar. Nada de esto evita todo. Nada lo hace. Pero entre exigirle a las personas que vean lo que muchas veces es invisible, y crear un espacio donde lo poco que alguien ve pueda decirse sin miedo, hay una diferencia concreta.

También hay una responsabilidad institucional que no puede quedar diluida. Este tipo de herramientas no pertenece a una sola área. Involucra educación, seguridad, salud, y requiere coordinación real. Y ahí aparece otro problema conocido: cuando algo es responsabilidad de todos, muchas veces termina sin un responsable claro. Sin embargo, eso no debería ser excusa para no intentar.

Porque muchas tragedias no ocurren porque nadie vio nada. Ocurren porque alguien vio… y no tuvo dónde decirlo sin ponerse en riesgo.
Tal vez no se trate de pedir más percepción, ni de confiar en que alguien va a anticiparlo todo. Tal vez se trate de algo más concreto y, por eso mismo, más incómodo: crear condiciones para que la verdad pueda aparecer antes de que sea tarde.

Porque cuando nadie puede decir lo que pasa, no es que no haya señales. Es que no hay dónde ponerlas. Y el silencio, cuando se acumula, no desaparece. Se transforma.

Porque hay algo en estas situaciones que no es fácil de nombrar. No aparecen de golpe, no irrumpen como un ruido fuerte que todos escuchan. Se van formando de otra manera, más silenciosa, más difícil de señalar. Son como un gel transparente: se adhieren de a poco a una persona, a un vínculo, a un grupo. Se expanden sin hacer ruido, se mezclan con lo cotidiano, y por eso mismo cuesta verlas desde afuera. Cuando alguien finalmente percibe que algo no está bien, muchas veces ya está demasiado avanzado, o demasiado enredado como para intervenir con claridad.

Y ese es justamente el problema. No es solo la violencia en sí, sino la forma en que se instala: sin estridencia, sin evidencia clara, sin un momento preciso donde alguien pueda decir “acá empezó”. Por eso, esperar que alguien lo detecte a tiempo como si fuera un hecho evidente es, en muchos casos, pedir algo que no responde a cómo funcionan realmente estas situaciones.