Algo de felicidad para el pueblo
“Necesito que muera Adorni”, dice el autor y aclara: “estoy hablando de una muerte espiritual, pero ejemplificadora. Quiero ver su cabeza rodar por el patíbulo de la democracia para que quienes aún creen en ella puedan seguir fantaseando que es ecuánime”.
Queridos jueces de la Nación y fiscales:
En tiempos en donde los voceros no tenían pelo, antes de que los innumerables contratos de la TV pública brotaran para los amigos; incluso mucho antes de que todas las empresas del Estado requirieran servicios de coaching; antes de que "deslomarse" sea sinónimo de viajar al Caribe, o muchísimo antes de que los departamentos instalaran cascadas en las paredes (y acá tengo que parafrasear a Pagni, porque no sé si esto es un atentado a la ética o a la estética), había un señor que predicaba en contra de la corrupción y de la casta. Lo llamaremos "el señor de los perros".
Este señor tenía un esbirro, otro can, podríamos decir, que era la primera línea de batalla de un ejército de trolls.
Sí, dije primera en lugar de primer. Perdón por la cuestión de género en las palabras; seguro sea acusado de ser un wokista del lenguaje. Llamaré a este segundo personaje Calva, para no herir susceptibilidades con muchos hombres que padecen alopecia. Calva, ¡por Dios, no confundamos nunca este nombre con Galba!, ese grandísimo general que derrotó a Nerón y que fue tan bellamente retratado por Cavafis en El plazo de Nerón.
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Aunque bien podría suceder que más de un psiquiatra o psicólogo contemporáneo, con la herramienta del texto escrito, la única que nos permite leer en la distancia de los siglos, encontrase ligeras similitudes entre Nerón y el Señor de los perros.
Pero no voy a enroscarme en juegos de palabras y de nombres propios (o impropios, o improperios). Este texto, esta epístola, esta misiva, o como quieran llamarla, es un pedido simple a nuestros fiscales de la patria, a nuestros jueces, siempre tan prestos a impartir justicia.
Necesito que muera Manuel Adorni, digo Calva. No, no me malinterprete, querido lector, su señoría, señor fiscal. No estoy hablando de la muerte física, del deceso fortuito o de la desaparición corpórea de un sujeto que ni siquiera merece una bala.
¡No! Estoy hablando de una muerte espiritual pero ejemplificadora. Quiero ver su cabeza rodar por el patíbulo de la democracia para que quienes aún creen en ella puedan seguir fantaseando que es ecuánime. No busco con ello nada extraordinario, sino que la propia democracia (el pueblo luminoso) sea capaz de ver el castigo y que pueda saborear el gusto metálico a sangre de su cadáver (político). Pido cárcel o bala.
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A propósito, ¿dónde quedó el último bastión del narcotráfico?, digo, perdón, de la casta, ¡no!, perdón, la libertad avanza, ¡basta!, ya se me chisporrotean las palabras, me brotan, no soy yo, se me escapan, me huyen con insidiosa maldad. Hablo de ese otro pelado, al que cambiamos por un colorado.
Ya que no hay castigo para la casta porque, claro está, ya sabemos quiénes son la casta: los jubilados, los docentes universitarios, los pobres; y que no se instalarán guillotinas en Plaza de Mayo para los políticos que roben (aunque hay argumentos interesantes que dicen que, en Francia, medidas similares, trajeron buenos resultados), al menos quiero ver “morir” a este pobre compadrito que intentó trepar, digamos, para no ser soeces, más alto de lo que le daba el piné.
Este tipo mediocre, al que le costaba hablar cuando hablaba y que ahora le cuesta leer cuando lee lo que le han escrito sus guionistas para que no falle como venía fallando; un tipo limitado que, como expresa el principio de Dilbert, pudo llegar tan alto como su propia ineptitud. Ya que no hay castigo, señores jueces, quiero que caiga Calva.
Como ejemplo y representación de muchos que pueden caer. Quiero que caiga y escuchar el rebote en el piso; el rebote del gato muerto. No será un rebote en pipa de Nike, como dijo el Señor de los perros, pero sí escucharemos los ecos de ese rebote y algo de felicidad nos quedará a los humildes, al pueblo; alguna premisa básica de que la delincuencia no siempre queda impune. De que, a veces, tan solo a veces, algún culpable es ejecutado.
*Ingeniero industrial
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