Un equipo internacional de científicos identificó el cráter de asteroide más antiguo del mundo y logró fecharlo con alta precisión en unos 3.020 millones de años, lo que lo convierte en el registro más remoto conocido de una colisión extraterrestre en la Tierra. El hallazgo se localiza en la región de Pilbara, en Australia, dentro de una estructura geológica conocida como el Domo del Polo Norte. El descubrimiento aporta nueva evidencia sobre la intensidad y frecuencia de los impactos cósmicos que marcaron las primeras etapas de formación del planeta.
La investigación permite responder una pregunta clave que los geólogos se hacen desde hace décadas sobre cuándo y cómo ocurrieron los grandes impactos que marcaron la superficie del planeta. Aunque se sabía que la Tierra fue bombardeada por rocas espaciales durante gran parte de su historia temprana, la erosión, el calor y los movimientos tectónicos habían borrado casi todas las huellas de esos eventos.
Según el estudio, la estructura australiana se originó cuando una roca espacial de gran tamaño impactó contra la superficie terrestre en un período en el que los continentes recién comenzaban a formarse. A pesar de que miles de millones de años de procesos geológicos modificaron el terreno, el impacto fue lo suficientemente intenso como para dejar señales microscópicas que sobrevivieron hasta hoy.
El trabajo fue liderado por el geólogo Chris Kirkland, quien explicó que este descubrimiento permite observar una etapa de la historia terrestre para la cual existen muy pocos registros directos.
Cómo se descubrió el impacto ocurrido hace más de 3.000 millones de años
Durante años, los científicos sospecharon que la cúpula del Polo Norte en Pilbara podía haber sido escenario de una antigua colisión cósmica. Sin embargo, hasta ahora no existía evidencia concluyente que permitiera asignarle una edad precisa al evento. La clave estuvo en el uso de técnicas avanzadas de datación mineral aplicadas a rocas profundamente alteradas.
El equipo logró identificar lo que describen como un “reloj mineral” oculto en el interior de las rocas dañadas por el impacto. El elemento central de ese hallazgo fue el circón, un mineral extremadamente resistente capaz de conservar su estructura durante miles de millones de años incluso bajo condiciones extremas.

Al analizar muestras extraídas del área, los investigadores detectaron cristales de circón con formas inusuales, caracterizadas por ramificaciones y estructuras esqueléticas. Para el profesor Kirkland, se trata de “cristales modificados por impacto”, generados cuando el calor extremo de la colisión rompió circón antiguo y provocó su recristalización parcial.
Lo decisivo fue que estos cristales pudieron ser fechados en un evento ocurrido hace alrededor de tres mil millones de años. Dado que no existe otro proceso geológico conocido capaz de producir una transformación tan drástica en el mineral, los científicos concluyeron que la causa más probable es el impacto de un meteorito de gran escala.
El análisis se reforzó con el estudio de un segundo mineral, la apatita, que se formó cuando fluidos calientes circularon a través de las rocas fracturadas tras la colisión. Este mineral arrojó una edad similar, lo que consolidó la hipótesis de un único evento catastrófico. “La concordancia entre dos sistemas minerales diferentes nos da la certeza de que estamos presenciando la huella de un único acontecimiento importante: el impacto de un meteorito”, afirmó Kirkland.
Un evento clave de la prehistoria y su relación con otros grandes impactos
La datación ubica al cráter dentro del eón Arcaico, una etapa fundamental de la historia del planeta en la que se formaron los primeros continentes y comenzaron a establecerse las condiciones para la vida microbiana. En ese contexto, los impactos de asteroides pudieron haber tenido un rol mucho más complejo que el de simples eventos destructivos.
Según explicó Kirkland, el impacto habría generado un sistema de fracturas de larga duración que luego fue reutilizado por fluidos. “En la Tierra primitiva, ese tipo de proceso podría haber influido en el intercambio químico entre las rocas y un océano primitivo, provocando la alteración de los minerales y modificando potencialmente los entornos disponibles para la vida microbiana”, sostuvo el investigador.
La superficie de la Luna, que conserva un registro mucho más estable de impactos, sugiere que el sistema solar interior fue bombardeado intensamente durante ese período. Aunque no todos los científicos coinciden, algunos vinculan este fenómeno con el llamado Bombardeo Intenso Tardío, un evento cataclísmico en el que cambios en las órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno habrían desestabilizado el cinturón de asteroides.

De acuerdo con esa teoría, miles de rocas fueron lanzadas hacia el sistema solar interior, impactando contra la Tierra y otros planetas. Estos choques habrían contribuido a moldear la corteza terrestre primitiva, creando cuencas, fundiendo rocas y activando sistemas hidrotermales.
Kirkland remarcó la dificultad de encontrar pruebas de ese período en nuestro planeta. “La Tierra debe haber sufrido ese bombardeo, pero la mayor parte de las evidencias han sido destruidas”, explicó. Por eso, el hallazgo del Domo del Polo Norte resulta excepcional: “Con 3.000 millones de años, es la estructura de impacto más antigua reconocida en la Tierra y una de las pocas ventanas que nos permiten comprender cómo los impactos afectaron a la Tierra en el Arcaico”.
El descubrimiento también permite poner en perspectiva otros eventos mucho más conocidos, como el impacto del asteroide de Chicxulub, ocurrido hace 66 millones de años en el actual Golfo de México. Aquel choque desencadenó una extinción masiva que eliminó al 75% de las especies y abrió el camino para el desarrollo de los mamíferos.