Mientras la tuberculosis vuelve a crecer en Argentina y afecta sobre todo a sectores vulnerables, un equipo científico de la Universidad de Buenos Aires (UBA) desarrolla una estrategia innovadora para acortar el tratamiento de la enfermedad. La investigación, liderada por la doctora Luciana Balboa, apunta a potenciar las defensas naturales del organismo para ayudar a los antibióticos a eliminar más rápido la bacteria y evitar uno de los mayores problemas actuales: el abandono de tratamientos largos que terminan generando cepas resistentes. El objetivo es reducir los seis meses que hoy demanda el tratamiento estándar.
En un contexto de fuerte desfinanciamiento nacional, la investigación sobrevive gracias a fondos internacionales y al esfuerzo de docentes y estudiantes de la universidad pública.

La tuberculosis no es una enfermedad del "pasado". Según la Organización Mundial de la Salud, casi 11 millones de personas la padecen en el mundo y más de un millón muere cada año. En Argentina, los casos aumentaron de manera sostenida en los últimos años y hoy se registran cerca de 16 mil contagios anuales y unas mil muertes por año.
La clave del descubrimiento reside en el sistema inmunológico. La Dra. Luciana Balboa, investigadora de la UBA y el CONICET, explicó a PERFIL que identificaron ciertos lípidos (grasas) en los pacientes que "desmejoran" la capacidad de los macrófagos, las células encargadas de la defensa, para eliminar a la bacteria que produce la tuberculosis. "Lo que proponemos es utilizar un fármaco que ya está aprobado para el asma, el cual inhibe la producción de estos lípidos y permite que las defensas sean más eficientes", detalló Balboa.
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Esta estrategia de "reposicionamiento de drogas" permitiría acortar el tratamiento actual de cuatro antibióticos. "Los antibióticos matan a la bacteria, pero buscamos que lo hagan de manera más rápida para mejorar la adherencia", señaló la científica, remarcando que el éxito de la cura depende críticamente de que el paciente no interrumpa las tomas.
La enfermedad, causada por la bacteria Mycobacterium tuberculosis, se transmite por vía aérea a través de la tos, estornudos o secreciones respiratorias. Afecta principalmente a los pulmones, aunque también puede comprometer otros órganos como el cerebro, los ganglios o la columna vertebral.
El drama de la vulnerabilidad
Uno de los principales obstáculos para controlar la enfermedad es la dificultad para sostener tratamientos muy extensos. Según Balboa, el abandono del tratamiento ocurre frecuentemente en poblaciones vulnerables debido a obstáculos socioeconómicos y la falsa sensación de mejoría a las pocas semanas.
"Si el paciente suspende la medicación, las bacterias que quedan empiezan a proliferar y se vuelven resistentes", advirtió la investigadora. Este fenómeno obliga a pasar a drogas de segunda línea, que son más tóxicas y costosas. "Reducir el tratamiento no solo beneficia al paciente, sino que también impide que siga propagando bacterias a la comunidad por vía aérea", agregó.

Las consecuencias sanitarias son graves: “Estamos hablando de personas que muchas veces tienen dificultades económicas, problemas de acceso al sistema de salud o trabajos precarios que les impiden sostener durante meses un tratamiento diario”, explicó Balboa
Frente a ese escenario, el equipo de la UBA decidió cambiar el enfoque. En lugar de desarrollar un nuevo antibiótico, trabaja sobre el sistema inmunológico del propio paciente: “Lo que buscamos es complementar los antibióticos fortaleciendo la respuesta inmune. No se trata de reemplazarlos, sino de ayudarlos a actuar más rápido”, enfatizó.
La investigación se encuentra todavía en fase preclínica, pero los resultados iniciales son prometedores. “Los resultados in vitro muestran que los macrófagos logran eliminar mejor a las micobacterias cuando se complementa la acción antibiótica con esta estrategia”, sostuvo la especialista.
Aunque todavía falta un largo recorrido antes de llegar a ensayos clínicos en humanos, el objetivo es claro: reducir significativamente la duración del tratamiento para aumentar las tasas de curación y disminuir la propagación de la enfermedad. “Un paciente que se cura deja de contagiar bacterias a su comunidad. Entonces no solo se beneficia él, también sus contactos y el sistema sanitario”, explicó Balboa.
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La Dra. Balboa hizo hincapié el escenario complejo en el que se desarrolla la investigación por la falta de financiamiento nacional para ciencia y tecnología. La investigadora, quien también ejerce como docente en la Facultad de Ciencias Médicas, describió la precariedad que atraviesa el sector: "Doy clases de Inmunología por un sueldo de 300.000 pesos. Para nosotros es un esfuerzo muy grande, en circunstancias no ideales, tratar de resolver problemas de la sociedad".
El proyecto hoy se sostiene únicamente con financiamiento internacional. "Cuento con recursos para dos años más y tengo que prever cómo continuar. Es inadmisible que no tomemos estas problemáticas con voluntad política seria", sentenció.
Para Balboa, el rol de la Universidad de Buenos Aires es fundamental para marcar una agenda soberana clave y sostener investigaciones orientadas a problemas sanitarios que afectan principalmente a sectores vulnerables, que muchas veces quedan fuera de las prioridades del mercado. En un contexto de recortes y falta de financiamiento científico, el avance del equipo de la UBA expone además la importancia de mantener las investigaciones públicas sobre enfermedades que continúan creciendo en Argentina.