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COLUMNISTAS / Designios
sábado 11 mayo, 2019

Arte verdadero

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por Daniel Guebel

default Foto: CEDOC
sábado 11 mayo, 2019

En el prólogo de su libro Música para camaleones (en mi opinión el mejor de su obra), Truman Capote hace profesión de fe de su arte poética y bellamente dice que cuando Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y este solo tiene por finalidad la autoflagelación.  Dice también que al principio comenzó divirtiéndose al escribir, escribía cualquier cosa, historias de aventuras, novelas policiales, escenas cómicas, y que esa diversión se le terminó cuando aprendió la diferencia entre escribir bien y mal, y luego, cuando descubrió la diferencia entre escribir muy bien y el verdadero arte. Escribe: “Una diferencia sutil, pero feroz. Después de eso, cayó el látigo”.

Durante años, este prólogo me conmovió oscuramente.  Si el lector cambia la palabra látigo por cilicio y la palabra artista por flagelante, puede pensar la condición de escritor como la de un místico que a lo largo de un camino de pruebas y dolor alcanza la verdad de la fe y recibe como entrega la llave de los dones, un camino arduo, donde se pasa del mal al bien, del bien al muy bien, y después, al descubrimiento del rostro de Dios: el verdadero arte.  El resto de ese prólogo magnífico hilvanaba las estancias del recorrido cristiano, un proceso de ascesis de la escritura dirigido a persuadir al lector de que los santos y los grandes escritores se hacen a fuerza de voluntad, experiencia, encono, competencia, fracaso y nuevo intento. Durante años, creí en ese programa ascensional, hasta que me di cuenta de un punto, su límite secreto: la conciencia de sí que obtiene o crea un escritor cuando se vuelve exitoso, la creencia de haber llegado a destino. A medida que pasan los años, sigo releyendo ese prólogo, disfrutándolo y conmoviéndome por la sinceridad de su tono confesional, su apariencia de balance y despedida, y sintiendo también, cada vez más, que no hay punto de arribo, que el verdadero designio de un escritor es aceptar que ese azote no lleva a ninguna parte.


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