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Campo político, crisis y shock

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Casta. El libertario logró que los menores de 30 lo votaran contra todos los demás. | cedoc

La idea de la casta fue uno de los ejes centrales planteados por Javier Milei en la campaña electoral con la capacidad que tienen los conceptos flexibles, para que nadie pudiera definirlo con precisión.

El bien y el mal definen por penal. El símbolo de la casta cumplía con uno de los principios para la emergencia política: diferenciar el nosotros contra ellos. Por parte, del “nosotros” se han señalado a los “argentinos de bien”, pequeña modificación de lo que las clases altas usaban para autorreferenciarse en los años 60: la “gente bien”. El dibujante Landrú dedicó sus mejores viñetas a separar los mersas de la gente bien.

La expresión casta tiene sus orígenes en términos religiosos, pero su aplicación política fue palabra registrada de la agrupación española de izquierda Podemos. Con la crisis de las hipotecas y el movimiento de los indignados que acamparon en las plazas de España en 2011, los intelectuales que formarían Podemos –hoy en vías de extinción– primero asociaron la casta con los banqueros que quitaban las casas a quienes no pagaban sus hipotecas –desahucio– para luego vincular a esos agentes con la cúpula del Partido Popular.  

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El lado oscuro de la fuerza

Siguiendo las presentaciones televisivas de Milei en estos años la idea de casta parece aplicarse a la dirigencia política, aunque también la aplicó a empresarios, sindicalistas y un indiferenciado etcétera. Sin embargo, el concepto generó un sentido tal que hoy es una pregunta común en las encuestas sobre si el ajuste del Gobierno afectó a la casta o a la gente. Ya que mucha gente cree que efectivamente el ajuste se aplica más sobre la gente común, hoy se debate en el Gobierno cómo generar iniciativas que cambien ese nuevo sentido común. La eliminación del Inadi y otros institutos públicos o semipúblicos en días futuros, parecen ser una respuesta a esta necesidad comunicacional. Más allá de las simpatías personales en los últimos años el Instituto contra la Discriminación y el Ministerio de las Mujeres, fueron los blancos de los memes en redes sociales y símbolo de lo inútil del Estado, por lo cual la desaparición de este tipo de organismos solo es lamentada por los sectores más progresistas de la sociedad, hoy definitivamente minoritarios.

Los políticos en el banquillo. El concepto de casta, binario, –se es de la casta o no–, esconde otro más potente que es el del campo político. A lo largo de su obra el sociólogo Pierre Bourdieu ha ido desplegando una idea espacial de la sociedad combinando principios de diversas tradiciones sociológicas. Los campos son un “espacio estructurado de relaciones” que se corresponde con un estado de relaciones de fuerza entre los agentes o instituciones comprometidos en una lucha por imponerse. Como podrá rápidamente observarse, el campo político es integrado por los “políticos profesionales” como los definió Max Weber.  

Normalmente se suele separar a los políticos entre los de derecha y los de izquierda o conservadores y liberales, pero otra forma de caracterizarlos es por la vía jerárquica, según sean dominantes o dominados, es decir líderes o liderados. Lo que nunca cambia en una forma u otra de observarlos es la organización relacional, para que Cristina Kirchner sea de izquierda tiene que existir un Mauricio Macri que sea de derecha. Globalmente hablando el campo político, suele ser medianamente estable en sus jerarquías y con altas barreras de entrada. De aquí surge la pregunta, ¿cómo se pasa de dominado a dominante? Rompiendo las reglas del campo. Y eso es lo que viene haciendo Javier Milei con el mecanismo simple de quitar las distancias ideológicas entre los dirigentes y unirlos a todos en la casta. En efecto, utiliza el mecanismo milenario de “poner a todos en la misma bolsa” y colocarse enfrente: en su lógica no hay pares, ni Macri ni Bullrich lo son. Bajo esta idea se puede observar que un posible cogobierno entre La Libertad Avanza y el PRO está destinado al fracaso.

La Bomba. Los mecanismos históricos de la destrucción de los campos políticos, son las crisis profundas. En la dirigencia política que surge en la posdictadura ya no eran relevantes ni Lorenzo Miguel ni Carlos Perette y mucho menos Isabel Perón, eternamente exiliada en Madrid, así como la crisis de 2001–que se extiende hasta 2003– termina quitando de la cancha, tanto a De la Rúa como a Eduardo Duhalde, entre muchos otros. Todos los protagonistas de la serie “Diciembre 2001” terminan tempranamente jubilados.

Gobierno de audiencias

El campo político tiene una particularidad diferente a otros campos “que no le permite autonomizarse completamente; tiene que remitirse sin cesar a su clientela, a los laicos, y estos laicos tienen en cierta forma, la última palabra en las luchas entre clérigos” (Bourdieu). En otras palabras, y al menos en los sistemas democráticos, el campo tiene que legitimarse entre los votantes, su relativa autonomía se termina el día de las elecciones. Esto explica porqué muchos líderes prefieren no exponerse al dictado de las urnas.

“La teoría de los campos” ha recibido algunas críticas, y una muy importante: ¿qué pasa con los que están afuera del campo, pero siguen teniendo incidencia? Estar fuera de campo en términos políticos significa encontrarse completamente desinteresado, a la política como algo completamente sin significado y ajeno a la vida cotidiana, y, sin embargo, concurrir a votar. Y aquí se encuentra el verdadero milagro de Milei, que los fuera-de-campo hayan incidido decisivamente en el resultado electoral: los hombres de menos de 30 votaron masivamente al libertario por rechazo a todo lo demás.  

La pregunta que puede hacerse es si la crisis del sistema político de 2023, sólo se explica por los fuera-de-campo o si esconde alguna otra variable interviniente, y en ese caso cabe preguntarse si la crisis terminó, o si las políticas de shock que viene planteando el ministro Luis Caputo no pueden profundizarla con finales inesperados. La posibilidad que la estanflación se transforme simplemente en depresión, preocupa no sólo a los miembros del Gobierno menos dogmáticos, sino al FMI siempre fervoroso partidario de los ajustes económicos ortodoxos.

*Sociólogo.