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Cosas extraordinarias

Volvimos a nuestro juego de cartas, lamentando que sin lluvia, no habría torta fritas.

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| MARTA TOLEDO

Hace unos días estábamos en el campo con mis sobrinos. Félix, el más chiquito, tiene ocho años. A la tarde empezó a armarse una tormenta, el cielo cada vez más negro.

Llamá a la abuela para que corte la tormenta, le dije a Félix. Él fue corriendo a dar el mensaje, sin entender qué le estaba diciendo, pero como van los niños, de comedidos, porque les parece divertido ser los mensajeros. Mi mamá, que estaba en el fondo, dándole comida a las gallinas, vino con un hacha. Félix al lado suyo, intrigado por eso que iba a suceder.

Se hace así, le dijo mi madre: primero hay que orientarse de frente a la tormenta, después, en esa dirección, dibujar una cruz tres veces clavando el hacha, con el último hachazo se deja ahí metida en la tierra. Lo hizo y Félix siguió atento los movimientos, inclinando la cabeza para no perderse detalle. Al ratito, como ocurre cada vez que mi madre hace “el secreto”, la tormenta se abrió en dos y se alejó. Se lo mostramos a Félix que observó con los ojos llenos de asombro. La abuela, además de ser una gran cocinera, resulta que era medio bruja, medio maga, medio super heroína.

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Volvimos a nuestro juego de cartas, lamentando que sin lluvia, no habría torta fritas.

El calor de esta semana en Entre Ríos es insoportable. Parece que estamos adentro de Ladrilleros, le digo a una amiga. Wasapeo con Danilo, que también es de mi pueblo y estuvo por acá unos días. Él ya de vuelta en Buenos Aires, me dice que hace muchísimo calor. Al menos te vas al sur, le digo. Yo de aquí me voy al Chaco. O sea: de este infiernillo al gran infierno. ¿Te acordás que al barrio El Tiro también le decían Infiernillo?, le digo. No, no se acuerda. Por las dudas lo checkeo con mi madre. Sí, me dice, porque la gente vivía toda amontonada y había muchas peleas, por eso, era como un infierno chiquito.

El Infiernillo, levantado en las tierras del tiro federal, fue lo más parecido a una villa que hubo en este pueblo de gringos inmigrantes y gente del campo. No sé de dónde habían venido esas personas, trabajadores pobres que se fueron instalando allí en casitas de chapa. Los hombres eran changarines y las mujeres mucamas. El barrio quedaba en la periferia, así que cada mañana los hombres se juntaban en un bulevar, cerca de un corralón, en el busto de Sarmiento. Allí los iba a buscar quien necesitara sus servicios.

Después, a mediados de los ochenta, la municipalidad construyó el barrio Las Malvinas, cerca de la casa donde crecí, y mudó a los del Tiro (o Infiernillo). Algo de revuelo se armó, los prejuicios siempre, pero la convivencia fue armónica y con el paso del tiempo ya nadie se acuerda que existió ese otro barrio. A mí me apena no recordarlo con claridad, aunque fui algunas veces porque ahí vivía el curandero, un viejo flaco y borrachín, de uñas largas, que nos curaba de los parásitos.

A la noche, mientras hacemos la sobremesa, mi madre come un higo. Le digo que la flor del higo es la pulpa y hablamos de esa creencia de que sólo se puede ver la flor de la higuera la noche de San Juan, después de batirse a cuchillo con el diablo. Félix escucha. Mi madre dice que cuando el abuelo era joven estuvo a punto de quedarse a la noche con otro peón, enfrentarse con el diablo, pero al final no se animaron. Él no creía en esas cosas, pero… dice y deja flotando, abierta, la posibilidad. El abuelo era el séptimo hijo varón, por eso su padrino había sido un presidente, para que no fuera lobizón. Hablamos del lobizón también. Félix piensa y dice:

Viene a ser como Wolverine.

Nos reímos. Sí, algo así.