jueves 26 de mayo de 2022
COLUMNISTAS opinion
12-03-2022 23:55

Cuando los descontentos vienen marchando

12-03-2022 23:55

El jueves 10 la Cámara de Diputados accedió al acuerdo con el FMI y, por el momento, nuestros representantes evitaron el default. A la mañana, fui a la marcha organizada por diversas ramas de la izquierda y de los movimientos de base.

Les pregunté a unas cincuenta personas, casi todas mujeres cuyo predominio era ostensible, sobre el motivo de esa movilización y solo dos o tres (no exagero lo exiguo de la cifra) pronunciaron FMI o sonidos parecidos. Señoritas de capas medias, diferentes de esas mujeres pobres con quienes yo hablaba, iban de acá para allá con cuadernitos donde pude ver que anotaban nombres. Respeto el trabajo de las señoritas que acabo de mencionar. Pero resulta desmoralizador que la gente que marcha no tenga idea del motivo de su presencia, como si solo fuera un intercambio cruel entre plan social y asistencia obligatoria.

Creo que ninguna marcha puede improvisarse y que debe organizarse para que no sea un fracaso o un descontrol, como sucedió el jueves cuando se enfrentaron grupos que no mencionaré simplemente porque lo que vi no coincide del todo con los nombres que aparecen en la prensa, ni hay suposiciones sobre provocadores que no pertenezcan a organizaciones de izquierda, un ingrediente que es necesario tener en cuenta en el escenario de las movilizaciones, y que hoy parece olvidado como si fuera una posibilidad pretérita.

Escuela de militantes. El siglo XX conoció revoluciones cuyos militantes eran instruidos para merecer el lugar de conductores de obreros y trabajadores a quienes el ideal político también impulsaba a instruir. Y, sin embargo, en, aquellos escenarios gloriosos como la Revolución Rusa, un siglo después estamos viendo los resultados autoritarios, expansionistas y tan crueles como lo fue el zarismo.

El miércoles pasado, Rusia bombardeó un hospital materno-infantil en Mariúpol, ciudad ucraniana. Los cadáveres todavía están esparcidos entre las ruinas. Putin es el jefe de estos ataques terroristas y carga con la responsabilidad moral. Se preveía lo peor, porque el nuevo zar supera todas las hipótesis, pero bombardear un hospital y elegir como objetivo un edificio donde hay mujeres por parir, chicos recién nacidos y sus hermanos, es propio de un exasperado que no conoce límites. Muerte al que le toque, si el destino lo puso donde cayó la bomba. Los ucranianos huyen sin saber donde encontrarán la muerte antes de encontrar un refugio.

También en el siglo XX hubo persecuciones raciales, campos de concentración y asesinatos masivos, pero lo que hoy sucede es algo nuevo. No es suficiente con pensar en Hitler. Autócratas como Putin son terroristas caóticos, que matan o hieren a la mayor cantidad de gente que esté a su alcance, sean chicos, mujeres embarazadas o familias que transportan a una abuela moribunda en el carrito de las compras. Son asesinos exhaustivos y sin plan.

Qué fue Rusia. Ya era difícil entender el desmembramiento del imperio ruso, que llevaba el nombre de Unión Soviética. Los que siguieron ese proceso, si no eran especialistas, solamente registraban el carisma, la inteligencia y la audacia de Gorbachov, el último político moderado y audaz al mismo tiempo que dirigió ese final, escuchó algunos de los reclamos separatistas de regiones que habían sido sojuzgadas desde el remoto tiempo de los zares, y gobernadas con violencia desde entonces. Gorbachov fue el diestro y astuto timonel del deshielo soviético en un proceso que tuvo una dimensión ideológica fuerte y también una dimensión territorial.

En el campo de las ideas, la disolución de la Unión Soviética fue el capítulo final del llamado marxismo leninismo. En nombre de esa teoría, que tuvo un comienzo complejo y genial en Marx, ya no sería posible invadir, ni sojuzgar, ni matar gente. Marx fue un gran filósofo del siglo XIX que tuvo la desgracia de que su nombre se expropiara para unirlo al de Lenin, un político de gran inteligencia, convencido de que la razón de la historia estaba de su lado y que era necesario imponerla. Quienes fueron marxistas leninistas (no me excluyo de ese grupo que tuvo dimensiones planetarias) creían que sus principios teóricos eran suficiente motivo para la violencia revolucionaria. Ese era el nombre romántico que recibían sus intervenciones sobre poblaciones civiles y naciones limítrofes. El nuevo estado soviético expropió la etiqueta de socialismo. Stalin fue el sucesor de Lenin, después de cruentos enfrentamientos y liquidaciones humanas públicas y secretas.

Vuelvo a esa historia para recordar que en nombre de la revolución socialista se fusiló y se persiguió. Se esquilmaron las cosechas de muchas poblaciones campesinas, que se insubordinaron y fueron meticulosamente reprimidas como contrarrevolucionarias. En Ucrania, justamente, un movimiento campesino, al que le expropiaran su cosecha, se levantó tras la consigna “soviets sin bolcheviques”, cuestionando así no la nueva organización de trabajadores sino su dirigencia política, que ya respondía a un centralismo de acero.  

Por el momento nuestros representantes evitaron el default

Desde mediados de los años ’20, cualquier insurgencia era caratulada y engañosamente confundida con una conspiración externa. Stalin fue un experto en esta transformación de rusos y otras nacionalidades en enemigos del socialismo. Los lideres soviéticos comenzaron a sentirse amenazados por todo el mundo, en especial si de ese mundo participaban opositores internos. Era el centralismo concentrado y paranoico.

Incluso Lenin se impacientó con los artistas de las hoy consagradas vanguardias estéticas. Peor les fue con la llegada de Stalin, porque esas formidables vanguardias eran precisamente una ruptura con el pasado y no se inclinaban hacia la veneración marxo-populista de la propaganda oficial, que comenzó con obras de grandes artistas y terminó expulsándolos. Esta sumaria mención de lo que significaron los artistas rusos en las vanguardias estéticas europeas es indispensable para recordar que la anterior Rusia y sus naciones dominadas no fueron solo un territorio primitivo y campesino. En Moscú y Petrogrado las vanguardias ya estaban preparando sus dispositivos de ruptura estética. Y muchos padecieron por ello.

La revisión de la historia nos indica que Rusia era una parte de Europa, con el agregado simbólico y material de sus culturas populares y de los rasgos de estilo y los relatos de la Europa Oriental. Rusia fue un territorio preparado para dar lo que dio en los años 20 y 30 hasta que comenzaron las persecuciones, los exilios y los suicidios, como el del poeta Maiakovski. De ese país, con ese pasado, estamos hablando. De un país que había dado dos grandes novelistas como Tolstoi y Dostoievski, que representaron tanto a las elites aristocráticas como a subjetividades populares y a las nuevas capas medias. Todo ese prodigioso movimiento intelectual y estético fue liquidado en la Rusia soviética.

Los años de Stalin esparcieron sal sobre la tierra donde había crecido esa cultura. Bujarin, un gran expositor del materialismo dialéctico, estrenó el guión de las autocríticas. Ante el tribunal que lo juzgaba declaró, con la ilusión de salvarse: “Lo que hice y lo que dije hasta hoy fue un grave error del cual me arrepiento”. Por supuesto, de nada le valió el arrepentimiento.

Los que huyen. Este somero resumen es indispensable cuando pensamos en el presente. Las fuerzas sociales y culturales fueron reprimidas por décadas y el autoritarismo no terminó con la muerte de Stalin, aunque el posterior gobierno de Kruschev pareció más amable y menos dispuesto a anular no solo las conciencias sino también los cuerpos de hombres y mujeres que anunciaran el menor gesto de libertad.

Hoy resulta muy difícil unir en una línea la historia de Rusia y sus dominados satélites con el presente de los pobres chicos que marchan acarreando el carrito con una abuela adentro, precedidos por madres o padres, que arrastran bolsos con lo poco que pudieron salvar de ropa o de comida, huyendo de los pueblos donde vivieron sus antepasados. Difícil unirlos con un poeta de gran inteligencia que no le impidió escribir en 1934: “Lenin y la muerte son palabras enemigas / Lenin y la vida son camaradas”. Una comparación que podría entenderse a la inversa.

Todo eso ha desaparecido. Incluso Putin ni debe recordar esos versos sobre Lenin, aunque, si los recordara, le gustaría que se le aplicaran. Se siente un superhombre y la desgracia es que siga actuando poseído por ese rol. Como Stalin, que nunca se acercó a los frentes de batalla de la segunda guerra, pero construyó uno de sus mitos apropiándose del heroísmo de los soldados rusos que, en el frente oriental, detuvieron a los nazis.