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tensa relación

El dilema del mesías

Romper la ley está en la naturaleza mesiánica. El acatamiento es al individuo, no al precepto.

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Javier Milei. | Pablo Temes

Para tratar de entender el estado actual de nuestra cultura política quizá se requieran nuevos esfuerzos intelectuales. Aunque con una premisa: lo que está ocurriendo no constituye ninguna novedad; se trata apenas de una reproducción de procesos políticos que han ocurrido, y ocurren, en otros países occidentales en los últimos años. Estos procesos giran en torno a un fenómeno notorio: la democracia liberal perdió sustento social y está siendo desafiada por movimientos de ultraderecha que contradicen sus valores y proponen cambiarlos, con métodos autoritarios, por otros, considerados verdaderos e irrefutables.

Tal vez la sociología de la historia ayude a comprender esto. Una de sus tareas es comparar culturas, estableciendo líneas de continuidad y quiebre, a la búsqueda de rasgos comunes y divergentes entre ellas. Decir que la derecha radicalizada es un fenómeno singular del siglo actual, que guarda sin embargo afinidades con los fascismos del siglo pasado, constituye una observación típica de la sociología histórica. Esta disciplina es aleccionadora: muestra la capacidad de transformación, tanto como los límites de los proyectos humanos, exhibe aspectos constantes de la conducta de las élites y de los pueblos, desconfía de las refundaciones y de la jactancia de los imperios. Le cabe el corsi e ricorsi de Vico, tanto como el escepticismo del Eclesiastés.

Empieza a ser como un político astuto que evalúa las consecuencias de sus actos

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Los movimientos políticos populares, las religiones de salvación y las sectas, los milenarismos, los tipos de liderazgo y de adeptos, y los contextos de donde surgen, siguen pautas histórico-universales. Si se las considera para abordar a la nueva derecha, se observa que es una construcción narrativa que pretende conjugar temas pretéritos de las religiones universales –de donde proviene la apelación a “las fuerzas del cielo”–, con ideologías del siglo pasado, como la teoría de la enemistad política de Karl Schmitt, el dispositivo comunicacional del fascismo, aggiornado por las redes, y la más reciente razón populista de Laclau. Son mitos de guerra y redención. De allí el parecido de Milei, Trump o Néstor Kirchner con los salvadores antiguos y contemporáneos.

Los antecedentes religiosos remiten al mesianismo, que es un movimiento de creyentes seducidos por un jefe carismático, ajeno a la medianía cotidiana, cuya misión fundamental es la salvación de sus fieles. Estos conforman el pueblo elegido, en nuestro caso “los argentinos de bien”. Ellos nunca serán considerados responsables de los males que los aquejan, sino víctimas a las que hay que explicarles por qué son desgraciadas habiendo cumplido los preceptos. Cuando el sufrimiento se ha vuelto insoportable, la tarea de los Milei de este mundo es resolver la discrepancia entre mérito y destino, excusando al pueblo y culpando a los opresores de turno.

Hoy la “casta”, antes “los sectores concentrados”: adjetivos indispensables en el relato del populismo, un concepto polisémico sobre el cual, sin embargo, existe acuerdo en un punto: el cabecilla se entiende directamente con la masa de seguidores, obviando las instituciones. Él dictamina lo que está bien y lo que está mal. Resulta clave para su éxito que las instituciones estén separadas por un abismo de la sociedad. Todas ellas, no solo las políticas, son la “casta empobrecedora”. En la Argentina, como en otros países, el desprestigio de estas es absoluto: desde los policías hasta los jueces, y desde los empresarios hasta los sindicatos. La mayoría los detesta.

En el trasfondo de este drama existe un conflicto fundamental en torno a la legitimidad, un término más mencionado que entendido. Una institución o un caudillo son ante todo legítimos, porque los súbditos les delegan su confianza, considerando que reúnen los atributos para hacerse acreedores a ella. Aquí aparece una bifurcación problemática, que el diccionario de la RAE refleja: lo legítimo es “lo conforme a las leyes”, pero también “lo lícito, cierto, genuino y verdadero”. Frente a los Milei, la legalidad institucional parece haber caducado. La legitimidad no depende de ella, sino de la persona y la doctrina del líder: él representa lo genuino, lo lícito y lo verdadero.

El mesías y la ley nunca se llevaron bien: romperla o doblegarla está en su naturaleza. El acatamiento es al individuo que ejerce la jefatura, no al precepto dictado por una autoridad abstracta. Es coherente, entonces que, en una cuenta de X atribuida, según un rumor, al consultor estrella del Presidente, se escriba: “El sistema necesita cambios que no se pueden hacer respetando las reglas del sistema. La única manera de avanzar en la dirección correcta es doblando la ley”. El sábado fue hecho para el hombre, no el hombre para el sábado: transgredir la ley le cabe al salvador, cuyo ámbito de acción no es de este mundo.

Sin embargo, al mesías, según enseña la sociología, lo acecha la rutinización. Es decir, la necesidad de dotar de estructura a su movimiento, si desea perdurar. La organización vence al tiempo, decía con sabiduría Perón. Cuando Milei empieza a mirar 2025 como la oportunidad de consolidar su dominio, está entrando, acaso sin advertirlo, en un terreno que contradice al personaje que creó: el de la “rosca” y la opaca construcción de poder. Cuando posterga aumentos de tarifas, actualiza jubilaciones, propone un juez sospechoso para la Corte, despluma sus bases refundadoras a ver si se las aceptan, empieza a parecerse a un político astuto y calculador que evalúa las consecuencias de sus actos.

Deberá aceptar los métodos de la política, el trato con seres que considera infames

¿Querrá eso Milei? Deberá pensarlo bien, porque el tiempo es implacable: si desea ir más allá que sus compulsivas interacciones en X y de su débil partido, deberá aceptar condiciones y rigores que le repugnan: los métodos de la política, el trato con seres que considera infames. La tosquedad de los humanos, no la superioridad de los dioses. Y el reconocimiento de los límites legales, en lugar de la presunta convicción de su gurú. La alternativa a eso es la inmolación, porque el carisma irremediablemente se desgasta.

Nuestra hipótesis es que el Presidente se vale de un método para postergar la resolución de su dilema: provocar, a través de su vocero y las redes, distrayendo de la inevitable rutina, a los políticos, las mujeres, la cultura, el periodismo, los progresistas y a cualquiera que lo contradiga.

Este recurso es, sin embargo, endeble. Porque, paradójicamente, en el nuevo tiempo de la antipolítica que inauguró Milei urge respaldar el carisma con una sólida organización política. No alcanza con los tuits, si uno no tuvo la precaución de ser peronista.

* Sociólogo.