COLUMNISTAS
Asuntos internos

Paolo Casarini, patafísico

La Patafísica, según Alfred Jarry, es la ciencia de las soluciones imaginarias. No se ocupa de lo que funciona, sino de aquello que funciona de una manera impecable en un plano que nadie pidió habilitar. Es una ciencia posterior o anterior a la ciencia, una disciplina que no corrige errores sino que los lleva a su forma más elegante. Y no hay nada más elegante que la inutilidad. Desde esa definición mínima, todo proyecto que aspire a medir lo inconmensurable, clasificar lo irrelevante o cuantificar lo que jamás se pensó para ser cuantificado entra automáticamente en su jurisdicción.

Paolo Casarini parece operar exactamente ahí, aunque no lo diga. Es físico, pero no del tipo que busca reducir el mundo a ecuaciones tranquilizadoras. Más bien parece haber entendido que el problema no es que la realidad sea caótica, sino que insistamos en aplicarle instrumentos demasiado sobrios para medirla, cifrarla y comprenderla. El Rudolfmetro –una unidad de medida universal basada en comparaciones colectivas– no viene a resolver nada: viene a completar el desastre con método.

La idea es tan sencilla que se vuelve sospechosa. En lugar de preguntar cuánto mide algo, se pregunta con qué otra cosa se lo puede comparar. ¿Es más grande una torre o una emoción? ¿Vale más una Ferrari que el oxígeno? La respuesta no importa tanto como la acumulación de respuestas. El resultado es un número. Un número inútil, pero estable. Un número que no describe el mundo, sino la forma promedio en que la gente lo evalúa cuando se le da permiso para hacerlo mal.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Aquí la Patafísica deja de ser una referencia literaria y se convierte en una técnica de trabajo. Donde la ciencia tradicional elimina el ruido, Casarini lo usa como materia prima. Donde se busca objetividad, él propone consenso. El Rudolf no mide propiedades: mide acuerdos momentáneos. Es una estadística emocional presentada con la seriedad de un instrumento científico, y allí reside su eficacia.

Todo en el ecosistema Casarini funciona así. Un Centro de Estudios Extremadamente Importantes que estudia cuestiones irrelevantes con solemnidad institucional. Un diccionario de palabras que no existen, pero que están definidas con tal precisión lexicográfica que inspira dudas. Una empresa que produce ideas como si fueran objetos industriales. La forma siempre es más importante que el contenido, o mejor dicho: la forma es el contenido. Y como no podía ser menos, todo aquel que aspira a grandes cosas cultiva la novela. Casarini lleva publicadas tres: La città, La grande gara y La festa.

No hay burla explícita ni denuncia. Nadie se ríe de la ciencia, del mercado o del lenguaje. Se los toma al pie de la letra y se los estira hasta que revelan su arbitrariedad. Clasificarlo como humor sería una simplificación. Lo que hay es una insistencia casi administrativa en hacer funcionar sistemas que no sirven para nada, y hacerlos funcionar bien.

El Rudolfmetro, además, necesita participación. Vive de comparaciones rápidas, de clics, de decisiones sin consecuencias, de sospechas. Podría leerse como una sátira del big data o como su versión más honesta: no prometemos verdad, solo acumulación; no fingimos neutralidad, solo ordenamos opiniones y las llamamos escala. En ese sentido, no critica el sistema: lo lleva a su forma más transparente.

Medirlo todo es una tentación antigua. Medir lo que no puede medirse es una forma de rendirse sin admitirlo. Casarini no desmonta el mundo: lo vuelve comparable. Y en ese gesto, perfectamente inútil y meticulosamente organizado, aparece algo serio. No serio en el sentido de grave, sino serio en el único sentido que importa: el de una solución imaginaria aplicada con absoluta convicción.