La primera novela de Oscar Taborda (Rosario, 1959) es de las mejores que haya publicado un escritor argentino en este siglo. Es cierto que Las carnes se asan al aire libre (1996) es del siglo pasado, pero se reeditó en 2016. La obra de Taborda era escasa (dos poemarios y dos novelas) y lo sigue siendo después de su último libro, Una vida por delante, publicado en 2025 por la editorial rosarina Neutrinos. Además, tiene solo sesenta páginas, que alcanzan para que sea uno de los libros del año que acaba de terminar.
No sé si hay un libro así, que experimente de esta manera. Tal vez se podría invocar a Raymond Roussel y sus famosos “procedimientos”. O a la escritura automática surrealista. Pero tal vez no corresponda. No lo sé. Solo puedo decir que Una vida por delante (ya el título es un enigma o una ironía) propone una literatura alejada de la que se vende, se premia, se reseña y se elogia. Es otra cosa. Está separada en siete capítulos que tienen como título las que podrían ser las primeras letras de los días de la semana (desde “M” para miércoles a “M” para martes) y tienen unas diez páginas cada uno. Todos cuentan las aventuras oníricas del narrador, que va hilvanando imágenes y escenas en las que deambula por lugares que bien pueden ser una versión más bien arcaica de los barrios periféricos de Rosario y de sus alrededores.
La lectura de Una vida por delante es al mismo tiempo agotadora y amena. La condición para hacerla tan atractiva es prestar una atención algo superior a la habitual frente a la ficción. Es que, a diferencia de los libros habituales, aquí las oraciones no están implicadas en los anteriores, no se deducen del contexto ni de algún plan que se adivine tras lo narrado, por lo que se debe deponer la habitual pereza a la que induce la narrativa convencional bajo el pretexto del suspenso que lleva al lector de la nariz y le hace pasar todo por alto. Taborda tampoco usa otros mecanismos habituales que molestan la lectura, como el exhibicionismo lingüístico o el ocultamiento del sentido. La escritura de Taborda es límpida, fluida, divertida, imaginativa, y no padece del vicio de la impostación: es plenamente literaria. Funciona como si el autor hubiera incorporado a la vigilia la capacidad de los sueños de moverse en el tiempo y el espacio sin dejar de ser precisos e intensos cuando se detienen en alguna parte. En esos capítulos puede ocurrir que al protagonista le sucedan diez cosas en cinco lugares, sienta otras tantas emociones y se encuentre con familiares, novias o desconocidos que están en un plano de igualdad como personajes.
Hay otro mérito en Una vida por delante. Se puede pensar en ella como una novela fluvial: el río, los cauces de agua, la navegación están en cada página. También es una novela ferroviaria, aunque más por la presencia de rieles que de trenes, pero esa ausencia está compensada por la multiplicidad de otros medios de transporte: como novela en perpetuo movimiento, no omite los vehículos. Esos elementos dejan un sabor que le da a la arbitrariedad del sueño un arraigo material, que remite al de Las carnes, acaso la novela más material de estos años. Hay una continuidad en el esporádico Taborda, un caso infrecuente de apuesta a la renovación de la literatura argentina. De a sesenta páginas, pero vamos avanzando.