En la historia de los Mundiales quedará grabado como El Milagro de Atlanta. El triunfo 3-2 de Argentina sobre Egipto, angustioso, heroico, épico, marcó un punto de inflexión en el devenir del seleccionado albiceleste en la Copa del Mundo que ya despidió a sus tres anfitriones: Canadá, México y Estados Unidos. Mal que le pese a Donald Trump, pretendido Sheriff del universo y titular del Comité de Disciplina de la Fifa.
Tras una fase de grupos que superó tranquilo, al trotecito, el equipo dirigido por Lionel Scaloni se topó con la sorprendente Cabo Verde, un alargue inesperado y un llamado de atención. Una luz de alerta que le señalaba que ya nadie gana con la ‘chapa’ y de que era imperioso hacer retoques en el sistema de juego, para no volver a pasar zozobras.
Con el diario del martes, las variantes que el DT dispuso para enfrentar a Egipto no resultaron del todo eficaces. Muestra de ello fue el retroceso sistemático de Lionel Messi, buscando juntarse con Leandro Paredes para armar juego, cuando la pizarra de Scaloni mostraba la fichita ‘10’ en el centro del área contraria, a la espera de que Julián Álvarez hiciera la presión ofensiva y de que Enzo Fernández, Mac Allister y De Paul se liberaran para convertirse en los socios de tres cuartos de cancha hacia adelante.
No alcanzó con que soltaran amarras los volantes de buen pie, y tampoco con las constantes escaladas de los laterales, con más incidencia y protagonismo de Nicolás Tagliafico por el sector izquierdo. El partido imaginado duró apenas cinco minutos, hasta que los egipcios se animaron a achicarle la cancha a los argentinos, sumar voluntades en el mediocampo y buscar los espacios que dejaba el adelantamiento de un rival que, aunque se hacía cargo de la iniciativa, carecía de inventiva, suerte o puntería a la hora de trasladar esa mejor postura en cancha al tablero del Atlanta Stadium.
El prematuro gol en contra en el primer cuarto de hora y el penal que le atajaron a Messi marcaron el presagio de una tarde complicada. Un remate en el palo, otras dos atajadas de Mostafa Shobeir Oufa y una pifia de Julián Álvarez completaron el ‘combo’ del primer tiempo. El gesto de fastidio e impotencia del capitán argentino, cuando sonó el pitazo del primer descanso largo, hablaban por sí solos.

No hubo cambios de nombres en el entretiempo. Argentina buscó el empate con la misma planilla e idéntico sistema táctico, aunque tratando de meter más presión y arrinconar al elenco africano, que se reacomodó al partido anteponiendo un superpoblado vallado de voluntades, cual imaginarias pirámides humanas, delante de su guardameta. Con más apuro que dinámica, y más intensidad que buen juego, Argentina fue en busca del empate y empezó a dejar cada vez más espacios para una contra que Egipto miraba con cariño desde que había vuelto del camarín.
La primera réplica clara de Salah & Compañía terminó con la pelota adentro del arco de ‘Dibu’ Martínez, pero el VAR hizo las veces de jugador número 12 y pateó la pelota alto, fuerte y lejos. Fue un llamado de atención. La siguiente réplica terminaría del mismo modo, aunque esta vez sin reparos de la tecnología. Y se pareció demasiado al principio del fin. De ello dieron cuenta las lágrimas de Messi en la secuencia del final, mientras sus compañeros celebraban sonrientes y abrazados una victoria que era impensada a 13 minutos del final del juego, y con dos goles por remontar.
El descuento de ‘Cuti’ Romero fue un canto de optimismo, un premio para el jugador que le había dicho ‘vamos, acá no pasa nada’ cuando Messi falló aquel penal o Ziko marcó el 2-0, el que se negó a firmar la visa cuando el pasaje de regreso a Buenos Aires parecía estar sellado y lacrado. El 1-2 también tuvo el efecto de desbloquear a Messi, autor de una asistencia perfecta, quien desde ese momento empezó a ganar todos los duelos en los que se entreveraba. Ayudó el ingreso de Lautaro Martínez, clave para que el ataque no fuera tan previsible y para que ‘Leo’ y Julián pudieran salir del área a crear juego sin la necesidad imperiosa de volver para darle la última puntada a la acción. A todo esto, ya estaban en cancha ‘Nico’ González y Montiel, para sumar variantes y piernas frescas por los costados.

De repente, aquel gestó de impotencia se transformó en esperanza. Y fue el propio Messi el encargado de devolverle el alma al cuerpo a los argentinos, con un zapatazo de antología que restauró la igualdad. Egipto se encontró inesperadamente con un león herido, y se le notó en el gesto. Argentina tomó debida nota del asunto y decidió no dejar pasar la oportunidad. Entonces afloraron la historia, los currículum vitae, la vergüenza deportiva, el no darse por vencido, el querer siempre más, la mística y corazón. Las siete diferencias entre ese desangelado juego al que algunos le llaman soccer y esa apasionada forma de vivir que representa el fútbol para los argentinos. Ni alargue hizo falta para que ‘La Scaloneta’ se metiera entre los ocho mejores equipos del Mundial 2026. En otra postal a contramano del partido, Enzo Fernández capitalizó un contragolpe cuando ya casi nada quedaba por jugarse y encendió un enloquecido festejo en celeste y blanco. Y las lágrimas de Messi.
Ahora, que pase el que sigue. El Milagro de Atlanta, en la historia de los Mundiales, hablará del día en que Argentina se puso el traje de candidato a bicampeón. Más allá de la fría referencia del Ranking Fifa, que lo muestra arriba de todos. Los números, se sabe, sólo cierran con la gente adentro.