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Chiloé, un viaje a las culturas ancestrales

Además de recorrer el increíble sur chileno y sus archipiélagos, Chiloé es introducirse en milenarias costumbres agrícolas ganaderas, una gastronomía rica y variada y construcciones jesuítica.

Chiloé
Las típicas y pintorescas casas de madera montadas sobre palafitos, en Chiloé. | CEDOC PERFIL

En el bello e imponente sur chileno existe el archipiélago de Chiloé, cuya principal isla lleva el mismo nombre. Es una tierra rica para pasturas y sembrados, donde todavía se realizan prácticas agrícolas tradicionales y que dan vida a su particular cultura.

La gente de Chiloé se adaptó a las condiciones del archipiélago durante miles de años y aun se pueden observar carretas tiradas por ganado que transportan los productos locales, como el ajo chilote o ajo elefante y las papas, con casi 300 variedades. O ver cómo los pescadores venden directamente su pesca diaria de robalo, pejerrey, trucha, ostras o mejillones frescos, en los mercados locales. 

Las iglesias de madera construidas por los jesuitas y las coloridas casas también de madera montadas sobre palafitos, sobre la cambiante costa marítima, son parte del paisaje de esa región.

En materia de alojamiento, resulta recomendable el all inclusive Tierra Chiloé, que ofrece un programa para conocer la historia de esas tradiciones contada por los mismos chilotes, mientras se saborean las delicias locales.

El programa, de cuatro noches, contempla arrancar con una clase de cotelería típica a cargo del bartender del hotel, para probar los licores locales elaborados con berries endémicos, como murta o calafate; el singular vodka Sirena, artesanal a partir de papas nativas chilotas, o el Nalca Sour y el icónico Ulmo Sour, que combina pisco y miel de ulmo.

Después del almuerzo, se prevé una costumbre que se mantiene vigente y que es fundamental en la familia chilota: al bajar la marea se camina hacia la playa del mismo hotel, donde se pueden recolectar varios tipos de mariscos, en especial choritos. La ‘cosecha’ se lleva a la cocina y así se disfruta de delicias recién sacadas del mar.

Al atardecer, la chef comienza a preparar la especialidad de la zona: el tradicional curanto. Se cocina lentamente con piedras calientes, sobre las que se disponen todos los ingredientes: choritos, carnes, papas nativas, longanizas y los infaltables chapaleles y milcaos, todo tapado con hojas de nalcas que permitirán la cocción al vapor de todos los ingredientes.

En la segunda jornada se hace una excursión a la isla de Quinchao, el verdadero corazón del Chiloé tradicional e indígena. Luego de visitar Curaco de Vélez, con sus casas de más de 100 años que aún lucen sus tejuelas de colores y donde se puede probar una de las delicias locales, las ostras frescas de la zona conocidas por su sabor suave y mineral, se embarca en el ferry para llegar a la isla, un poblado que una vez al año recibe a cientos de turistas en una de las fiestas religiosas más importantes del archipiélago.

Allí se visita el campo orgánico de Sandra, una mujer williche que utiliza prácticas ancestrales de agricultura, se almuerza en su casa y se conocen las técnicas de cultivo que utiliza para dar vida a los famosos cultivos de papas nativas y ajos gigantes.

Por la tarde se viaja por tierra hasta la localidad de Dalcahue, en donde cada semana llegan artesanos desde islas más lejanas para ofrecer sus tejidos, cesterías o maderas talladas en un mercado artesanal de tradición centenaria.

En el tercer día se descubre el patrimonio de Castro, sus tradicionales palafitos, iglesias y los auténticos mercados artesanales. El primero que se visita es el colorido mercado Yumbel, lleno de productos locales, pescado recién sacado y tejidos rústicos, un lugar para lugareños y visitantes.

El último día reserva una excursión muy especial a Mechuque, la isla de los palafitos. Las islas e islotes más pequeños de Chiloé son un tesoro oculto de vida silvestre, patrimonio cultural con paisajes que esperan ser descubiertos. El paseo comienza con un breve recorrido por Tenaún, un pintoresco pueblo portuario con pocos habitantes, con una imponente iglesia en el centro.

A bordo de la embarcación del hotel, la Williche, se viaja durante 45 minutos hacia el archipiélago de Chauques, un laberinto de canales conectados con la tierra. La primera parada es el pueblo de Mechuque.

Por la tarde se puede optar entre navegar en kayak por los serenos canales de Chauques o caminar hasta el mirador de Mechuque, el lugar perfecto para disfrutar de las vistas panorámicas del pintoresco enjambre de islas.

Al regresar al hotel, las alternativas son ir a caballo o en vehículo hasta el pueblo de San José, donde se presencia el ritual de la Chochoca, tradicional preparación patrimonio cultural del archipiélago de Chiloé. Se trata de una masa hecha de papas nativas, harina y grasa de cerdo que se asa al fuego.