Vivimos un tiempo paradojal: nunca hubo tantas herramientas para mejorar la vida humana y, sin embargo, la época que nos toca vivir está marcada por una tensión profunda entre progreso y precariedad, entre bienestar y necesidades, entre innovación y humanidad.
Allí aparece una de las preguntas centrales de nuestro tiempo: ¿Qué ocurre con una sociedad cuando deja de organizarse en torno al bienestar común para quedar subordinada únicamente a la administración de sus necesidades?
Hoy queda claro que gran parte de la sociedad organiza su vida en torno a necesidades básicas, lejos de cualquier bienestar y progreso. Sobran los datos oficiales que marcan la precarización y empobrecimiento en el que han caído una porción relevante de los argentinos.
El salario ya no garantiza dignidad. El trabajo deja de ser un contrato social y pasa a ser una mera táctica de supervivencia. En ese plano, la libertad política se reduce. Si con una jornada completa no se cubren las necesidades básicas, no solo fracasa la economía: se rompe el pacto social.
Llaryora: "Yo no me voy a quedar callado, se están llevando puesto al INTA"
Así, la necesidad urgente disciplina, ya que quien apenas puede sostener su presente pierde fuerza para discutir su futuro. Cuando eso ocurre, se debilitan las posibilidades de poner condiciones políticas y las opciones se reducen solo a las elecciones.
En ese escenario, el deterioro democrático no siempre llega bajo formas explícitas de censura o violencia. A veces se presenta como agotamiento económico y social, resignación o indiferencia.
La democracia necesita de mucho más que el voto: requiere escucha, deliberación, ciudadanía activa. Si las sociedades quedan atrapadas entre urgencias materiales, frustración política y sobreinformación emocional y fragmentada, escuchar se vuelve un lujo, y pensar colectivamente, una rareza.
Es allí donde prospera la percepción de que nada cambia, de que las élites se reciclan, que las instituciones no resuelven, abriendo paso a liderazgos que capitalizan el desencanto antes que resolverlo. Es en este punto donde la política se reduce sólo a administración de escasez.
Pero reducir el problema solo a una dimensión política puede ser insuficiente. También es moral. La crisis de representación que caracteriza a este tiempo con dirigentes que no superan el 50 por ciento de imagen positiva pone de manifiesto el cansancio social de sentirse defraudado por gobernantes que no estuvieron a la altura ética de gobernar los destinos de un país, más allá del color político o partido de pertenencia.
Este es un combo peligroso ya que una sociedad que solo vive para resolver necesidades inmediatas, con sentimiento de fracaso eterno y sin tiempo para la reflexión, ni horizonte de trascendencia, se vuelve vulnerable a cualquier forma de manipulación y nuevos engaños.
En este marco emerge la inteligencia artificial como símbolo máximo de nuestra época: una tecnología capaz de ampliar la frontera de posibilidades del ser humano de forma inédita, mientras pone en crisis condiciones esenciales.
La IA vino a mejorar la calidad de vida de los humanos. Pero también desafía “la cantidad de vida” en términos ambientales, energéticos y humanos, ya que su expansión exige recursos materiales inmensos —agua, tierra, energía— y plantea una cuestión ética fundamental: ¿puede llamarse progreso a toda innovación técnica, incluso si erosiona las condiciones físicas o simbólicas de nuestra humanidad?
Más aún: la IA aparece en un tiempo donde lo humano mismo está en discusión. Ciudadanos replegados en burbujas ideológicas, participación política menguante, educación convertida muchas veces en mera formación técnica. Frente a ello, la gran tarea no es solo tecnológica, sino profundamente educativa. ¿Cómo formar personas capaces de comprender, gobernar y humanizar estas transformaciones? ¿Dónde se enseña hoy a distinguir entre información y sabiduría, entre eficiencia y dignidad?
Quizás allí reaparece una verdad antigua pero urgente: mientras muchos buscan dejar un mejor planeta para sus hijos, la verdadera responsabilidad consiste también en dejar mejores hijos para ese planeta. Es decir, formar ciudadanos con criterio, coraje moral y capacidad de convivencia. La familia, la escuela, la sociedad civil y las instituciones tienen allí una misión indelegable.
El desafío es construir un nuevo poder en el país que reconozca esta crisis. Un nuevo poder que recupere el pudor para que el sentimiento de impunidad no se vuelva costumbre. El camino contrario conduce a la corrupción económica, pero también a una corrupción más profunda: la de sentido como país.
Sin pudor, sin límites, sin responsabilidad, toda sociedad corre riesgo de convertir la libertad en laberinto. Campo fértil para la idolatría política —seguir personas antes que principios— que no ofrece caminos, sino callejones.
Las convicciones democráticas son brújulas indispensables para evitar tanto la barbarie de la necesidad absoluta, como la anestesia del bienestar vacío. Son las que permiten sostener la esperanza sin banalizarla con soluciones inmediatas o salvadores circunstanciales.
Nuestro tiempo exige entonces una nueva síntesis: defender el bienestar sin caer en su comodidad paralizante y desconectada socialmente; enfrentar la necesidad sin aceptar que ella clausure las ideas; abrazar la innovación sin renunciar a la humanidad; sostener convicciones sin fanatismo; recuperar la política como espacio de transformación y no solo de administración del malestar.
Una sociedad verdaderamente libre no es aquella que solo puede consumir, ni aquella que solo logra sobrevivir. Es aquella capaz de pensar, escuchar, construir y proyectar. En definitiva, una sociedad donde la dignidad humana siga siendo más importante que cualquier algoritmo, cualquier líder o cualquier urgencia.
* Luis Dall' Aglio - director Consultora Delfos