Damián Andrés Cantón Gardés no habla desde la abstracción. Su trayectoria es un mapa en sí mismo: trabajador social de la UBA, magíster en ética en Chile, doctorado en Bélgica y posdoctorado en Barcelona.
De regreso en el país, dedicó los últimos cinco años a desmalezar los prejuicios que pesan sobre quienes habitan los márgenes de la “cultura mayoritaria”.
En diálogo con Perfil Córdoba, el investigador desmenuza cómo nuestra provincia -que a veces se sueña isla- lidia con sus raíces negadas y sus nuevas identidades.
Con la agudeza de quien conoce el paño de la exclusión, Cantón Gardés advierte que el desafío no es solo tolerar al otro, sino entender que ese “otro” es, en realidad, parte constitutiva de lo que somos.
—¿Podrías hacer una aproximación de la composición del mapa cordobés en materia de interculturalidad?
—Más que de interculturalidad, yo hablaría de un mapa de pluralismo. En Córdoba coexisten colectivos en situación de exclusión con una cultura mayoritaria hegemónica, esa construcción histórica del “descendido de los barcos”, blanca y europea. En cuanto a inmigrantes, hay una presencia fuerte de países latinoamericanos: bolivianos, peruanos, paraguayos y venezolanos. Comparado con Buenos Aires, los grupos asiáticos son menores —unos 400 coreanos frente a barrios enteros de la Capital— y las comunidades religiosas, como armenios o judíos, tienen una institucionalidad menos visible. Lo distintivo de Córdoba es la presencia indígena: los comechingones luchan por su reconocimiento frente a una negación histórica, junto a comunidades guaraníes y huarpes. A diferencia del Chaco o la Patagonia, aquí no hay una conflictividad violenta marcada, pero sí tensiones latentes que debemos resolver para que estas identidades sean parte del espacio público.
—¿Cuáles son los desafíos de una ciudadanía multicultural?
—El gran reto es ampliar la mirada y abandonar ese enfoque monocromático que solo ve “argentinos uniformes” porque tenemos una tendencia a homogeneizar la identidad como algo europeo, ignorando la diversidad existente. Como plantea el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, la cultura mayoritaria debe desprenderse de su pretensión de poder absoluto para dar lugar a otros. Siguiendo a Adela Cortina (NdelR: filósofa española), necesitamos dos factores: sentido de pertenencia —que todos nos sintamos parte del territorio— y un sentido de justicia que nos incluya en el debate más allá del voto. El desafío es promover que todos seamos parte de “algo nuevo” y no solo reclamar para el propio colectivo.
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—Actualmente estás trabajando con la población asiática, ¿en qué consiste el trabajo que estás haciendo?
—Investigamos su sustentabilidad económica y cultural. Fue muy difícil lograr que accedan a entrevistas; hay una desconfianza o una barrera idiomática fuerte. Observamos que su identidad está muy fijada por la pertenencia laboral: el japonés vinculado a la tintorería; el chino, al supermercado, y el coreano al sector textil. Esto genera una distancia; el cordobés no suele interesarse por su cultura milenaria y ellos, ante el estereotipo de que “son todos chinos”, responden con indiferencia. Hay mucho prejuicio mediático que asocia lo chino a la pobreza o al comunismo, ignorando la realidad de China como potencia mundial.
—¿Qué aportes hacen los diferentes colectivos a la cultura local?
—Bueno, hablar de cultura local siempre es relativo porque la cultura local se va construyendo. Los inmigrantes aportan diversidad y una experiencia que nos saca de la autorreferencia argentina. Para un venezolano, por ejemplo, ser migrante es como un “segundo bautismo”: no es el mismo que salió de su país. Por otro lado, los pueblos originarios enriquecen nuestra historia. Mientras la cultura mayoritaria narra el país desde 1810, los pueblos indígenas aportan una profundidad histórica y epistemológica mucho mayor. Su gran legado hoy es la conciencia ecológica, el cuidado de la “Pachamama”, que ha permeado incluso en sectores urbanos.
—¿Cuáles son las expectativas de estos colectivos y qué obstáculos enfrentan?
—Cada grupo tiene su “valor horizonte”. El inmigrante busca construir una vida nueva y suele evitar el conflicto político para progresar. Los pueblos indígenas buscan un modo distinto de habitar la tierra; su expectativa es que se respete la Constitución de 1994 que los reconoce como preexistentes. No piden escaños reservados como en Nueva Zelanda, sino que se proteja su territorio frente a las grandes extractivistas.
Por otro lado, tenemos a la población afro, que lucha por ser reconocida en la historia cordobesa, visibilizando que en algún momento fueron el 70% de la población. El obstáculo común es siempre el mismo: una estructura que los prefiere invisibles.
—¿Cómo opera el desconocimiento en esta temática y sobre quién recae la responsabilidad?
—El modelo eurocéntrico se impuso a través de la educación, los medios y las instituciones, corrigiendo cualquier “defecto” que no encajara. Hay mucha gente que ignora porque no quiere salir de su vida confortable. Córdoba y Argentina están muy por detrás de lo que pasa a nivel mundial en pluralismo. Tenemos poca tolerancia al inmigrante latinoamericano y ni hablar de lo indígena. Creo que la responsabilidad es compartida, pero las instituciones deben dejar de crear “mesas de diálogo” que no dialogan y empezar a gestionar espacios de convivencia genuinos.
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—En tu campo de investigación, ¿cómo “encaja” la idea de cultura?
—Bueno, yo cuestiono el término “cultura” porque a veces se usa para decir todo y nada. En nuestras investigaciones preferimos hablar de “colectivos en situación de exclusión”. No son minorías, son grupos que conviven con una cultura mayoritaria que define qué es la “normalidad” y opera con el monopolio de la violencia simbólica, como diría (Pierre) Bourdieu.
—¿Cómo ha evolucionado la multiculturalidad en Córdoba en las últimas décadas?
—Creo que hay más intentos de diálogo y mayor receptividad, pero la visión de lo argentino sigue siendo muy reducida. Pocos saben cuántos pueblos indígenas existen hoy en la provincia; siempre se los piensa como un pasado remoto o se los confunde con la pobreza. Incluso con la población afro pasa algo curioso: muchos no ven a la Mona Jiménez como un referente afro, o ignoran que Bernardino Rivadavia lo era. Falta una necesidad real de aprendizaje sobre la diversidad.
—En un mundo tan atomizado y polarizado, ¿sobre qué elementos se podría establecer un nuevo contrato social?
—Rousseau lo decía bien claro: el ser humano es bueno y la institución lo corrompe. Entonces, creo que el concepto de contrato social de Rousseau sigue siendo útil porque conjuga la dimensión política con el compromiso de convivencia. Debemos trabajar en lo institucional y en la educación para que el cambio de percepción sea real. En sociedades que promueven el individualismo, una visión republicana debe fomentar una convivencia que no anule las diferencias, sino que se enriquezca de ellas; porque la diversidad está presente aunque no se la quiera ver. En este sentido, creo que el contrato debe ser el puente para salir de la apatía.

Encuentro. Un encuentro de Comechingones de la comunidad de Paravachasca con el nahuan (cacique) ONAM.