Cuando estamos en el colegio soñamos con la universidad. En la universidad soñamos con el título. Con el título soñamos con casarnos. Al casarnos soñamos con tener hijos.
Cuando tenemos hijos… soñamos con volver al colegio.
Siempre lo próximo. Siempre lo que viene. Siempre lo que falta.
Vivimos proyectados hacia adelante, convencidos de que la próxima estación será la definitiva. Que allí, recién allí, podremos descansar. Que cuando llegue ese momento diremos: ahora sí.
Pero el momento llega y no nos dio lo que prometía.
El deseo se desplaza. La meta se corre. La promesa se mueve unos metros más allá.
Y sin darnos cuenta, convertimos la vida en una sala de espera permanente.

No importa cuánto hayamos logrado, cuánto hayamos construido, cuánto amor nos rodee. Siempre parece haber algo que no tenemos. Algo que falta. Algo que, si lo alcanzáramos, finalmente nos daría tranquilidad.
Pero casi nunca ocurre.
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Lo que hoy no me mira me seduce. Lo que no poseo me promete felicidad. Sin embargo, la experiencia demuestra algo inquietante: aquello que deseo solo me fascina hasta que lo obtengo. Después, el deseo se desplaza. Y vuelve a empezar la carrera.
Lo que nos seduce desde lejos pierde su brillo cuando lo tenemos cerca.
A veces creemos que eso es ambición saludable. Otras veces —si somos honestos— es simplemente incapacidad de estar en paz con lo que ya tenemos.
El Talmud (Sotá 9:2) nos deja una verdad que cala hasta los huesos: “Todo aquel que pone sus ojos en lo que no le pertenece, no solo no obtendrá lo que busca, sino que incluso perderá lo que ya tiene”.
¿Cuánta tierra es suficiente?
El cuento de León Tolstói, ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, no hace más que dramatizar esa advertencia.
A un campesino le dijeron que todo lo que lograra recorrer en un día sería suyo. Desde el amanecer hasta la puesta del sol.
Una sola condición: debía regresar al punto de partida antes del atardecer. Nada más.
Salió con paso firme. La mañana era fresca. La tierra se extendía abierta, generosa, casi infinita.
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Cada paso era promesa. Cada metro, futuro.
Al principio pensó: esto es suficiente. Pero entonces miró un poco más allá.
A lo lejos había una franja todavía más verde, más fértil, más perfecta. “Si camino un poco más…”, se dijo. Solo un poco.
Y caminó.
El sol subió. El calor apretó. El sudor comenzó a pesarle en la espalda. Pero ahora veía colinas suaves que parecían mejores que el llano ya marcado. “Sería un error dejar eso afuera”, se convenció.
Y caminó un poco más.
No era codicia —se repetía—. Era visión. Era inteligencia. Era aprovechar la oportunidad. ¿Cómo conformarse con menos si podía tener más?
Al mediodía estaba lejos. Demasiado lejos. Cuando miró hacia atrás, el punto de partida era apenas una línea borrosa en el horizonte.
Sintió una punzada en el pecho. Un aviso. Una advertencia.
Pero la silenció con otra frase: “Ya que llegué hasta acá… un poco más no cambia nada”.
Y caminó. Hasta que el sol comenzó a descender.
La luz cambió. El aire dejó de ser amable. Y entonces lo comprendió.
No se trataba solo de avanzar. Había que volver.
Lo que había sido ambición serena ahora era urgencia. Lo que había sido cálculo ahora era miedo.
Aceleró el paso. Luego trotó. Después corrió.
El corazón golpeaba con violencia. El aire ardía en los pulmones. Las piernas apenas respondían.
El sol bajaba sin negociar.
Cada metro ganado por ambición se convertía ahora en una deuda. Cada “un poco más” de la mañana se transformaba en un “demasiado” por la tarde.
Corrió con desesperación. Ya no pensaba en la tierra. Pensaba en no perderlo todo.
Divisó el punto de partida cuando el sol tocaba el horizonte.
Un último esfuerzo. Un último latido. Llegó.
Y cayó. Muerto.
Había ganado todo lo que recorrió. Pero al final, solo necesitó dos metros de tierra.
La tragedia no fue que caminara. La tragedia fue que nunca supo detenerse.
La ambición no siempre es un vicio. A veces es crecimiento. A veces es superación. Pero cuando el “un poco más” se convierte en incapacidad de decir basta, cuando el deseo de expandirse borra la conciencia del límite, cuando ganar se vuelve más importante que regresar, entonces comienza la pérdida.
Perdemos paz. Perdemos presencia. Perdemos gratitud. Y, sin darnos cuenta, empezamos a perder incluso lo que ya era nuestro.
El Talmud lo advirtió hace siglos: quien pone sus ojos en lo que no le pertenece termina vacío. La pregunta no es cuánta tierra necesita un hombre.
La pregunta es más directa, más incómoda: ¿Vas a aprender a decir “es suficiente” mientras todavía estás a tiempo… o esperarás a que el sol empiece a ponerse?
Buen fin de semana.
Rafael Jashes - Rabino en Córdoba