La dificultad para acceder a una vivienda propia dejó de ser un problema individual para transformarse en uno de los principales desafíos sociales de la Argentina. Según datos relevados por la Fundación Tejido Urbano, cerca de cuatro de cada diez jóvenes argentinos no logra independizarse, una situación que impacta directamente sobre los proyectos familiares, laborales y personales de toda una generación.
Para Fernando Álvarez de Celis, director de la fundación especializada en políticas urbanas y habitacionales, el fenómeno refleja una transformación profunda en las condiciones de acceso a la vivienda. Lo que décadas atrás representaba una meta alcanzable para amplios sectores medios hoy aparece cada vez más distante. “La vivienda se convirtió en una de las principales barreras para el desarrollo de los jóvenes. No estamos hablando solamente de comprar una propiedad, sino incluso de poder sostener un alquiler sin que eso implique destinar la mayor parte de los ingresos”, sostuvo en Punto a Punto Radio (90.7).
La problemática adquiere una dimensión aún mayor si se considera que el acceso a una vivienda independiente suele ser el punto de partida para otras decisiones relevantes, como la conformación de una pareja, la llegada de hijos o la consolidación de una trayectoria profesional.
Durante décadas, la movilidad social argentina estuvo asociada a la posibilidad de acceder a una vivienda propia. El ahorro familiar, los créditos hipotecarios y determinados mecanismos de financiamiento permitían proyectar la compra de una casa o departamento como una meta razonablemente alcanzable. Sin embargo, ese esquema comenzó a deteriorarse de manera progresiva. La inflación persistente, la pérdida del poder adquisitivo, la volatilidad económica y la escasez de financiamiento de largo plazo terminaron por modificar completamente el escenario.
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Para los jóvenes que hoy intentan ingresar al mercado habitacional, el desafío es doble. Por un lado, deben enfrentar precios de alquiler cada vez más elevados respecto de sus ingresos. Por otro, encuentran prácticamente cerrada la posibilidad de acceder a créditos hipotecarios tradicionales.
Álvarez de Celis señala que la consecuencia directa es la prolongación de la permanencia en los hogares familiares. “Según los datos oficiales, el 40%, es decir 4 cada 10 sigue viviendo con sus padres. Obviamente ahí la cuestión económica prima, también hay otras cuestiones culturales, que los estudios se alargan y demás, pero la principal cuestión es la dificultad de los jóvenes para poder emanciparse en función de la cuestión económica”. Y añadió: “Hicimos un estudio posterior y nos muestra que, si un joven con un salario para esa edad alquilara, tendría que gastar aproximadamente el 62% de su salario en alquiler y eso lo hace imposible”.
Alquileres que absorben ingresos
El alquiler se consolidó como la principal alternativa para quienes buscan independizarse. Sin embargo, también allí aparecen dificultades crecientes. En los principales centros urbanos del país, el costo de alquilar una vivienda consume una proporción cada vez más significativa de los ingresos mensuales. A eso se suman expensas, servicios, transporte y otros gastos asociados a la vida cotidiana.
La situación resulta particularmente compleja para quienes se insertan por primera vez en el mercado laboral o desarrollan actividades con ingresos variables. La combinación entre salarios bajos y costos habitacionales elevados genera un escenario de fragilidad que limita la posibilidad de planificar a largo plazo.
Según advierten desde Tejido Urbano, la problemática ya no afecta exclusivamente a los sectores más vulnerables, sino que también impacta sobre amplios segmentos de clase media que históricamente habían logrado resolver el acceso a la vivienda mediante el ahorro o el crédito.
Ahora bien, la crisis habitacional no sólo tiene consecuencias económicas. También produce efectos demográficos y culturales. La postergación de la emancipación modifica las dinámicas familiares, retrasa la formación de nuevos hogares y altera decisiones vinculadas a la maternidad y la paternidad. En muchos casos, los jóvenes optan por compartir vivienda durante más tiempo o regresar al hogar familiar después de experiencias de independencia fallidas.
Para Álvarez de Celis, la vivienda debe ser entendida como una política estratégica para el desarrollo. “Cuando una sociedad no logra ofrecer condiciones para que los jóvenes construyan un proyecto autónomo, aparecen dificultades que terminan impactando en múltiples dimensiones de la vida social”, sostiene. La discusión, agrega Álvarez de Celis, excede el debate inmobiliario y requiere una mirada integral que contemple financiamiento, planificación urbana, generación de empleo formal y políticas públicas capaces de ampliar las oportunidades de acceso.
El desafío de construir nuevas respuestas
La magnitud del problema obliga a repensar las herramientas disponibles. Los especialistas coinciden en que el acceso a la vivienda ya no puede depender exclusivamente del ahorro individual en contextos económicos inestables.
En distintos países comenzaron a desarrollarse programas de alquiler accesible, esquemas de financiamiento mixto, incentivos para la construcción de viviendas destinadas a jóvenes y modelos de colaboración entre el sector público y privado.
En Argentina, el desafío aparece atravesado además por las recurrentes crisis económicas que dificultan la planificación de largo plazo. Al respecto, Álvarez de Celis sostiene que “tenemos datos desde el 2003 y la verdad es como una olla a presión lenta, porque los datos van mostrando que cada vez la situación empeora. En algún momento los alquileres bajaron un poquito, pero en promedio el alquiler ha rondado siempre en torno al 40% de los ingresos, con lo cual son datos estructurales, no son datos de una coyuntura económica”.
17 años de salarios para acceder a la vivienda
Como parte del estudio que presentó la Fundación Tejido Urbano, se destaca la cantidad de años que tarda una persona en adquirir una vivienda de acuerdo al ingreso salarial promedio en el país. “En la década del ‘90 se calculaba que, de acuerdo al salario promedio, se necesitaban nueve años para comprar un departamento. En el año 2011, llegamos a 23 años de salario promedio para comprar un departamento”, precisó Fernando Álvarez de Celis. Y añadió: “Hoy estamos en un promedio de 17 años, lo que refleja la tremenda diferencia entre el ingreso y el valor de las propiedades”.