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CóRDOBA / Opinión
domingo 4 agosto, 2019

La ideología compite contra la irrelevancia electoral

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por Redacción Perfil

Si las campañas no ofrecen propuestas, no hay que pedirle a los medios que centren su cobertura en lo que no existe. Foto: Cedoc Perfil
domingo 4 agosto, 2019

Hay campañas que llaman la atención. Se convierten en un punto de referencia internacional, en casos de estudio. Innovan en estilo. Rompen la inercia de lo que se acostumbra a ver. Dan que hablar. Bueno, no es lo que pasa en esta campaña.

Tras la debacle en la aceptación gubernamental del oficialismo en todo el 2018 y en el primer semestre de 2019, pareciera que se está reestructurando una fuerte polarización, tanto en votos -que habrá que ver confirmarse- como en el discurso, lo que es visible y evidente. Las estrategias son lógicas: simples y obvias, no por ello malas, al contrario. Lógicas implica reconocer que se plantean como de manual, en la necesidad ineludible de ser como son. Si además fueron efectivas lo dirán los votos. Entonces voy a posarme en las pocas cosas relevantes que me llamaron la atención y que están dadas en la esplendorosa vida que el debate ideológico ha tomado en el país.

El rol ideológico no es novedad en las voces opositoras, pero sí es novedoso -y extremo- el rol que tomaron las vocerías del oficialismo. Vocerías son sus candidatos, los roles discursivos de múltiples actores y las voces orquestadas en el mundo digital. Antes el posicionamiento ideológico era indirecto. Se asumían como postideológicos. Ahora combaten discursivamente a un sector ideológico ubicado claramente en la izquierda según su encuadre discursivo. Y si el clivaje -postura dicotómica- pasado versus presente perdió algo de efectividad, tanto como el de república versus populismo, aparecieron visiones más corridas hacia la derecha para revivir el blanco y negro nacional.

En pleno 2019 la palabra marxismo sonó vehementemente en la contienda electoral. El keynesianismo surgió como insulto. El progresismo como degradación. Un mundo triunfante que se ufana de ubicar a Argentina en el rumbo en el que nunca estuvo y siempre debió estar. Un rumbo casi como proclama cultural que significa caminar por el desierto un rato -cueste lo que cueste- para llegar al paraíso. Hay algo de latinoamericanización en la discursividad conservadora que usa libremente la idea de marxismo cultural como la versión más peligrosa del populismo que no sólo penetra la política y la economía, sino también en parte en la familia a través de leyes que impactan lo religioso, las libertades, la sexualidad y la educación. Lo más soft de esta denuncia puede ser el adoctrinamiento. Lo más heavy no tiene límites y las fakes news se sonrojan con algunos argumentos. Y ese rol ideológico, en parte, también es tomado por el sistema de medios. Generalmente los medios tienen dos tipos de sesgos típicos en la cobertura electoral. El primer sesgo es la enorme asimetría de la cobertura estratégica, aquella que ve a la campaña como una carrera de caballos sustentada en estrategias y tácticas, por un lado. Y la cobertura tres o cuatro veces menor dedicada al eje pragmático, racional, o de propuestas que signifiquen una futura agenda de políticas públicas. Numerosos estudios de encuadre sustentan esta afirmación, que se da incluso en los principales medios del país. Esto sucede desde hace rato y en esta campaña peor.

¿Es toda la culpa de los medios en esta cuestión? En absoluto. Si las campañas no ofrecen propuestas, no hay que pedirle a los medios que centren su cobertura en lo que no existe. Igual, hay responsabilidad editorial en hacer -o no- pedagogía electoral. No obstante, como desde hace décadas a la fecha, las campañas muestran que las referencias a la imagen de las personas casi duplican a la política programática, la de las propuestas. Quedó viejísima y casi supeditada a un ideal, aquella definición que ubica a las campañas como un debate temprano de las futuras políticas públicas por venir. Incluso más, no sólo las campañas no priorizan las propuestas, sino que son procesos más bien retrospectivos que discuten, debaten y despedazan el pasado desde filtros ideológicos. Cada campaña tiene una obsesión por resignificar la historia presente y tiene muy poca voluntad de modelar un futuro con pistas más claras y racionales, con menos apelación voluntarista y emotiva, de lo que sería la Argentina si gana tal o cual. Y no solo se debate el pasado, sino que, como lo demostramos en escritos académicos anteriores junto a Natalia Aruguete, el “ataque”, la negatividad está vinculado en su totalidad a “hechos pasados”. Ello equivale a plantear que la función retrospectiva aparece como elemento negativo del cual se diferencian las campañas o los candidatos.

¿Y cuánto de negativo tienen las campañas? No digo todo porque sería erróneo, pero decir “casi todo” quizás no llegue a dar cuenta del exceso de la función adversarial, de descalificación del otro, de la generación de miedo como categoría central de la diferenciación.

Y volviendo al sesgo de los medios, el otro sesgo es producto de los efectos de la polarización ideológica y de la sobrecarga de negatividad a la que recién se aludía, que ubica a los medios como verdaderos actores políticos, lo cual no es ninguna novedad, pero si es novedad que pierdan la sutileza, que traspasen la línea de la postura editorial, para  actuar con un sesgo político partidario o ideológico hacia alguno de los actores de modo explícito y constante, transversalmente, en la mayor cantidad de noticias. Esta campaña es sólo el primer paso. Habrá que ver si los resultados promueven algo diferente. Si el incentivo es a una mayor polarización, quizás todo lo expuesto tienda a profundizarse.

Mario Riorda es director de la Maestría en Comunicación Política. Universidad Austral y presidente de Alice.
 


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