Concluyó la “semifinal” del siglo. Algunos jugadores argentinos desplegaron sobre el campo una bandera con una leyenda inequívoca. El partido había terminado y, sin embargo, decidieron enviar un último mensaje cuyos destinatarios habitan en todas las latitudes del planeta. Se convirtieron así en portavoces de una nación adolorida y en espera. La rivalidad deportiva había agotado momentos antes su misión, pero aquella imagen volvió a poner en escena un reclamo histórico que continúa abierto: la soberanía sobre las Islas Malvinas y la necesidad de alcanzar una solución justa y pacífica.
El partido no fue la continuación simbólica de una guerra fallida ni los rivales deportivos se transformaron en enemigos. El abrazo sentido y sin estridencias entre ambos capitanes dejó en claro que se trató de un encuentro extraordinario entre dos grandes selecciones.
De la cancha a la diplomacia
Pocos meses después de que Inglaterra obtuviera su única Copa del Mundo, en 1966, el Reino Unido aceptó negociar la controversia de soberanía sobre las Islas Malvinas conforme al marco establecido por la Resolución 2065 de las Naciones Unidas. A partir de entonces, la soberanía comenzó a discutirse bilateralmente e, incluso, un acuerdo llegó a ser considerado posible.
Después sobrevendrían reiteradas dilaciones, resumidas en condicionar cualquier arreglo al “deseo” final de los isleños. Sin embargo, las Naciones Unidas dejaron en claro que se trata de una controversia que debe resolverse respetando la integridad territorial argentina y resguardando los intereses de los habitantes de las islas, mas no sus deseos. Ante el estancamiento, la irracionalidad ganó posiciones y desembocó en el fallido conflicto de 1982.
Concluida la guerra, la Argentina recorrió su propio camino. Condenó el recurso a la fuerza, juzgó a sus responsables, recuperó plenamente la vida democrática y se ajustó al orden internacional. La ONU instó reiteradamente a reanudar las negociaciones, comprometiendo incluso los buenos oficios de su secretario general. Sin embargo, todas esas gestiones diplomáticas chocaron con la negativa británica.
Una causa que atraviesa generaciones
Intentando comprender la intensidad emocional que despierta la cuestión Malvinas, debiéramos reconocer que tanto aquella semifinal como las vigilias previas al 2 de abril evidencian que la causa de “nuestra hermana perdida” forma parte constitutiva de la identidad nacional. Revelan la existencia de un pueblo que se resiste a aceptar que la igualdad soberana proclamada por las Naciones Unidas termine siendo una promesa retórica, aplicable solo cuando favorece a las potencias.
Los Estados Unidos concibieron el apoyo logístico y militar brindado al Reino Unido durante la guerra como una obligación derivada de su alianza en la OTAN, pero entendían que la resolución definitiva del conflicto solo podía surgir de la reanudación de las negociaciones. Las resoluciones posteriores de la Asamblea General, aprobadas con el voto afirmativo de Washington, exhortaron a retomar ese camino. El Reino Unido, sin embargo, se negó.
Ninguna nación puede exigir el cumplimiento de las reglas mientras considera opcionales los compromisos que libremente asumió. Ningún orden internacional puede sostenerse sobre semejantes estándares. Ese es el mensaje que la Argentina continúa enarbolando frente al mundo: no reclama privilegios, sino igualdad, respeto pleno a su integridad territorial y el cumplimiento efectivo del derecho internacional.
La llave de la “otra final”
Para resolver el desafío Malvinas, la Argentina necesita de la solidaridad consciente y efectiva de las restantes naciones del planeta. Pero, sobre todo, de los Estados Unidos.
En esa tierra habrá de disputarse la “finalísima” del Mundial. Y, por paradójico que resulte, es también el país que conserva una de las llaves maestras para favorecer la resolución definitiva y pacífica de esta controversia.
Todo indicaría que ha llegado la hora de que los Estados Unidos dejen de asumir los costos residuales de aquel conflicto y promuevan, ante su contraparte británica, el cumplimiento de los compromisos asumidos por entonces.