domingo 29 de enero de 2023
CóRDOBA NUEVO CAMINO DE VALORES

Los tres campeones: ¡no todo es igual, bobo!

18-12-2022 00:27

“Primero hay que saber sufrir / después amar / después partir/ y al fin andar sin pensamientos”.

“Naranjo en flor”, de Homero y Virgilio Expósito, cantado por el Polaco Goyeneche.

La Argentina eligió un Padre de la Patria y se ha esmerado en no hacer propios sus valores. José de San Martín se caracterizó por el coraje, el orden, la previsión, la responsabilidad, la honradez, el desprendimiento, la austeridad, la humildad, la tolerancia, el tesón, la discreción, la perseverancia, el trabajo en equipo y por un profundo rechazo a la desunión entre hermanos.

No parece ser un buen espejo donde mirar los usos y costumbres cotidianos de la sociedad argentina y mucho menos de su dirigencia. Aunque, quizás valga recordarlo, suele haber una íntima relación entre dirigentes y dirigidos, pues de hecho los primeros no llegan en naves intergalácticas a los puestos de decisión, sean políticos, empresarios, sindicalistas o cabezas de cualquier organización. Aunque, también lo sabemos, a los dirigidos les gusta encontrar chivos expiatorios de sus propias deficiencias y tener con quien descargarse y echarle todas las culpas.

La Argentina acaba de quebrar un maleficio con el título en Qatar: el del falso binarismo a la hora de elegir caminos. Ahora tenemos algo más parecido a un arco iris y la elección no solo se hace más rica, sino más realista y permite salir del encierro de optar entre dos opciones.

A partir de las copas mundiales de fútbol ganadas hasta hoy, en 1978 y en 1986, era factible postular ciertos enfrentamientos que han quedado perimidos con este nuevo título. Por ejemplo: Menotti o Bilardo, Maradona o Messi. Se ha abierto la posibilidad de no tener que elegir entre lo malo y lo muy malo o entre el existismo y el éxito verdadero.

El mundial de 1978 quedó para siempre cargado por su relación con la dictadura y el propio Menotti declaró, recordando su foto con Videla, que lo usaron políticamente a él y a los jugadores. En cuanto a la eterna discusión entre los dos más grandes jugadores argentinos de la historia y posiblemente del mundo ahora se puede dar una estadística concluyente: con esta conquista Messi suma 41 títulos internacionales, entre selección y clubes, mientras que Maradona apenas llega a 11. ¡30 menos!

Hasta hoy esto se disimulaba y se ponía en cuestión porque a Leo le faltaba la copa del mundo y por eso no llegaba a equiparárselo cuando se planteaba la disputa. Algo difícil de entender, pero sucedía que quienes pretendían la superioridad de Maradona, asentaban la supremacía en la no obtención de un mundial por parte de Messi.

Ahora tiene todos sus títulos y una treintena más. Fin de la discusión, el menos en términos estadísticos. Aunque haya otros parámetros para discutir. Después viene la subjetividad de los gustos y eso es perfectamente aceptable. Hay grandes conocedores de fútbol que cuando se alude a estos temas lanzan al ruedo los nombres de Di Stéfano, Pelé y Cruyff. Una discusión absurda y anacrónica porque cada época ha sido muy distinta y al argentino que brilló en el Real Madrid, por ejemplo, lo vieron jugar muy pocos y casi no hay registros fílmicos.

Otra opción, otro ejemplo.
Lionel Scaloni, el conductor del equipo consagrado, con su simpleza de hombre común, de padre amoroso de sus dos hijos (volvió a llorar junto a ellos después del partido de la final), técnico ordenado, discreto, modesto pero firme y decidido, da a la Argentina un modelo de conductor a seguir que no es ni el de quien se arrepiente de fotografiarse con un dictador ni de quien impuso el "todo vale" para ganar un partido.

Bilardo se cansó de enarbolar actitudes como darle un bidón al rival con agua con sustancias para perjudicarlo, entre muchas otras. Por desgracia, tanto la utilización política del deporte como las malas artes para ganar han tenido mucha tolerancia y consenso en el país, buena prensa y aceptación social. Hoy surge otra opción, otro ejemplo. Y la ejemplariedad puede ser una clave del futuro.

Está bueno, entonces, que quienes vibran con la pasión deportiva futbolera tengan opción de un referente más virtuoso, menos rimbombante y sonoro, pero tan efectivo como los otros a la hora de ganar. Porque hay que aceptarlo: en el deporte de alta competición, el peso simbólico del triunfo es determinante e ineludible. Salir segundo o ser el campeón moral se pierde en la tormenta del festejo del éxito.

No habría escrito esto si el Dibu Martínez en el último minuto del alargue no hubiera tenido una atajada de otro planeta. Ojo, éxito, palabra que significa salida, avance, superación y no exitismo que es "el afán desmedido de éxito", es decir su deformación, su borrachera, su utilización innoble.

En estos días podemos asociar a Lionel Messi, y de hecho se ha universalizado de un modo notable, a la famosa frase: "¡Qué mirás, bobo. Andá p'allá!". No le dijo al holandés ni siquiera boludo o hijo de puta: ¡bobo! Contrasta bastante con la oferta maradoniano de los jarrones con cocaína de Guillote, la zaga familiar del Pájaro Caniggia, su mujer y su esperpéntica descendencia, la multiplicidad de hijos de Diegote diseminados por ahí, por no hablar de sus escandalosos amoríos, alguno incluso delictual.

¿Habrá llegado un tiempo de personas simples, excepcionales en lo deportivo, pero más humanos, pedestres, esforzados, voluntariosos, grises en su existencia extra futbolística, aunque sea brillante para las revistas del corazón? Más parecidos, si se quiere, a la mayoría de los seres humanos.

El fútbol siempre ha sido una gran metáfora, porque los juegos en general lo son, de la existencia humana. Y el fútbol, tal como se ha dicho en esta columna, es esa "dinámica de lo impensado" consagrada por el maestro Dante Panzeri, donde el que juega peor un partido puede ganarlo, algo que no sucede en otros deportes.

Hoy se comprobó. Argentina debería haber ganado en los noventa minutos y después en el alargue. Pero todos debimos sufrir hasta los penales. Y esto da una incertidumbre que se parece a la vida misma y genera la magia del interés por el fútbol. ¿Será premonitoria la conquista del tercer título argentino, al menos en lo futbolístico, del quiebre de esa identidad binaria, pesimista, tramposa, engañosa, prepotente, prostibularia, que siempre deja como bobos a los esforzados, los ordenados, los serios, los consecuentes, los leales, los humildes?

Quizás la máxima metáfora de esta situación sea la figura de Diego Armando Maradona y la demolición de su mito que ha reinado en soledad por años. No porque haya perdido nada de todo lo bueno que tiene y de las alegrías que deparó. Sino porque el advenimiento de Messi con este título lo deja tan atrás en conquistas deportivas y pone al frente el contraste entre los valores y ahí el Diego pierde por goleada.

Contrasta la "mano de Dios" frente a Inglaterra en 1986 y el "corte de piernas" después de la salida vergonzosa conducido por una asistente estadounidense rumbo al doping con la recuperación después de la derrota ante Arabia Saudita en Qatar, de la remontada después del empate sobre la hora frente a Países Bajos con el liderazgo de un capitán que juega con un equipo que lo acompaña. Y ni hablar de la infartante final, donde se ganó la tercera copa después de la agonía de los penales.

Roto el maleficio deportivo, liberado de la opción binaria, ojalá el futuro inmediato le depare a la Argentina un proceso virtuoso donde la sensatez le gane a los relatos y las fantasías populistas. Porque está claro que nunca se está condenado a lo malo, siempre hay un modo esforzado de buscar caminos más virtuosos. Ojalá empiece otra era, inspirada por estos chicos, que festejaron con sus pequeños hijos en la cancha hablándole al futuro, y conducidos por Scaloni y por Messi.

(*) Esta columna se publica, además, en Mendoza Post.

En esta Nota